sábado, 31 de mayo de 2008

NAOMI KLEIN: el capitalismo del desastre. Entrevista (segunda en la semana)


Naom
i Klein es el símbolo de la antiglobalización y el anticapitalismo. Considerada una de las 15 intelectuales más influyentes del mundo por la revista Prospect, estuvo de paso en Chile promocionando su libro La Doctrina Shock: El Auge del Capitalismo del Desastre. Un trabajo donde expone, con duros argumentos, sus objeciones al neoliberalismo y a la forma espuria en que éste ha logrado imponerse en el mundo de hoy. El economista Axel Christensen debatió con ella.

Por Axel Christensen, Qué Pasa.

Si bien ya he escrito varias columnas, ésta es la primera vez que incursiono en la entrevista. Vaya debut. Nada menos que con la mujer símbolo del antiglobalismo, desde la publicación de su libro No Logo (2000). La canadiense Naomi Klein está de paso por Chile, entre el lanzamiento en Buenos Aires de su nuevo libro -La Doctrina del Shock: El Auge del Capitalismo del Desastre- y su visita a Bolivia, donde quiere expresar su apoyo a Evo Morales en el referéndum del próximo 4 de mayo.

Después de aplicar lectura veloz durante el fin de semana -La Doctrina del Shock tiene más de 600 páginas-, lo primero que salta a la vista es la calidad del periodismo de Naomi Klein, con un respaldo de fuentes y documentos impresionante (en la página web de la autora existen copias de los documentos usados).

Sin embargo, en el análisis económico que desarrolla no cuesta mucho darse cuenta de que, como economista, es una excelente periodista. Si bien le antecedía la fama de activista dura y muy crítica, durante la entrevista fue una grata sorpresa reconocer a una mujer sumamente inteligente y muy entretenida, aunque quizás algo ingenua en su imagen sobre la historia de Chile de los últimos 40 años.

-¿Cómo llegaste a esta conexión entre el "shock físico" y el "shock económico", cuál fue tu inspiración?
-No es original, es una analogía que la gente en Latinoamérica hizo en el pasado. Eso lo cito en mi libro. Particularmente cito a Eduardo Galeano, quien en 1982 escribió que sería imposible imponer estos shocks económicos sin los shocks eléctricos que les daban a los prisioneros en los campos de tortura. Esta analogía surge entre los intelectuales de izquierda en los '70, en Chile, Argentina y Uruguay. Luego, en los 80 y 90 se pierde. La razón por la cual me interesé nuevamente en ella fue porque, cuando viví en Argentina -durante 2002 y 2003-, leí las cartas de Rodolfo Walsh y el ensayo final de Orlando Letelier. Ambos aparecieron en La Nación de Buenos Aires -donde yo era columnista- y ambos documentos entregaban descripciones increíblemente visionarias de lo que después sería apodado como neoliberalismo. Los dos sostenían la tesis de que la violencia no podía ser divorciada de las políticas económicas que se estaban imponiendo. Para los dos fueron sus últimas palabras, lo cual considero bastante escalofriante.

-¿Cómo generalizas esta teoría y la extrapolas desde Latinoamérica a Irak, Polonia o Sri Lanka?
-Nunca planeé generalizar la idea. Pensé que era específica de Latinoamérica. Pero viajé a Irak en el aniversario del primer año de la invasión estadounidense y escribí un ensayo para la revista Harpers donde hablaba de tres formas de shock: entendía que el shock de la guerra -shock and awe- de alguna manera preparaba el terreno para el shock económico -el plan de Paul Bremer, el delegado que llegó con su traje de negocios y botas de combate-, pero no sabía cómo el shock de la tortura -Abu Ghraib- cabía en ese esquema. Esto me dejó el deseo de entender mejor el tema del shock y me puse a leer todo lo que pude sobre la materia, desde manuales psiquiátricos hasta historias de los experimentos que se habían hecho en la Universidad de Mc Gill, etcétera.

"Los ideólogos de la derecha están en crisis"

-A propósito del concepto de shock y la deconstrucción de todo, llama mi atención, y tu lo mencionas a lo largo del libro, que no es sólo el capitalismo el destructivo.
-Toda ideología fundamentalista se dibuja a partir de una sábana en blanco. Ahí tienes a Mao, Stalin, Pol Pot. Mi artículo sobre Irak precisamente lo titulé "El Año Cero de Bagdad", haciendo referencia al concepto impuesto por Pol Pot en Camboya. De hecho, el libro parte señalando que a la extrema izquierda se le ha hecho responsable por los crímenes cometidos en nombre de su ideología, pero a la derecha no. Eso es lo que este libro trata de hacer. Creo que la izquierda mejoró después de asumir estos temas y pienso que la derecha debe confrontar este pasado sangriento, pero también su presente, porque todavía sigue cayendo en las mismas prácticas. Cuando estaba escribiendo el libro, un hecho que me dio confianza para seguir adelante fue el discurso del Premio Nobel Harold Pinter, en 2005. Su tesis era que sólo un lado de la guerra fría se había hecho responsable de sus crímenes y que necesitábamos un total accountability porque esto ponía muchas barreras en nuestro presente. Pienso que la única razón posible por la cual se puede esperar un accountability es porque, pese a que el llamado sistema de libre mercado continúa siendo dominante, los ideólogos de la derecha están en crisis. Entonces, quizás es el momento para que la historia de los "vencedores" sea desafiada.

-O quizás es que ya no son más los vencedores. Tal vez un nuevo referente se está construyendo. Desde hace algunos años vemos movimientos como la "Tercera Vía" o las posturas de centro que proveen puntos de referencia distintos al pensamiento tradicional de derecha o izquierda.
-¿Quiénes serían representantes de lo que tú dices?

-Bill Clinton, Ricardo Lagos o el ideólogo de la "Tercera Vía", Anthony Giddens.
-Lo que yo identifico como neoliberalismo ha sido impuesto por partidos de centro o centroizquierda -como el Laborista inglés- de manera tan entusiasta como lo han hecho los de derecha. Si analizas las políticas de la administración Bush, muchas de ellas comenzaron en la era Clinton. La política clave del neoliberalismo son las privatizaciones y líderes como Tony Blair o Ricardo Lagos nunca las desafiaron. En Chile, de hecho, durante los gobiernos de la Concertación la privatización de las minas de cobre, que son una parte central de la economía chilena, ha ido más lejos que en la dictadura. Entonces el punto de este libro es identificar la ideología y llevarla más allá de los partidos políticos o las personalidades. Pienso que ciertas alternativas están emergiendo, pero no pondría a Clinton o a Lagos en ese paquete. Sí pondría a Evo Morales.

-¿Y qué pasa con Hugo Chávez?
-De todas maneras pondría a Chávez como alternativa. Sus políticas económicas son una genuina alternativa de la ortodoxia neoliberal, como el tema de incentivar las cooperativas. Pero no soy una fan de la concentración del poder, ya sea en la derecha o en la izquierda, y por eso estuve feliz cuando perdió el referéndum constitucional y estuve aún más contenta cuando aceptó el resultado adverso. Pero creo que estás en lo correcto y que ha habido un cambio en el discurso, los ideólogos del neoliberalismo han tomado ciertas precauciones.

-Créeme que el discurso de José Piñera en los '80 es muy distinto al que tiene hoy Andrés Velasco.
-¿Son distintos en qué términos?

-En los términos de cómo hablan y lo que dicen.
-Entrevisté a Domingo Cavallo hace algunos días en Argentina para un documental y me dijo que no había nada como la "terapia de shock", nada como la Escuela de Economía de Chicago y nada como el Consenso de Washington.

-Al parecer él estuvo bajo algún tratamiento de shock
-Exactamente, tiene serios problemas de pérdida de memoria. Este tipo de conversaciones es lo que hace más difícil contar la historia del neoliberalismo, porque son los propios neoliberales los que están permanentemente cambiando la historia, sus nombres y su lenguaje. Pero hay ciertas políticas que se mantienen consistentes aunque se les cambie el nombre. A fines de los '90, el gran debate de la globalización se centraba en la discusión del sistema y de su ideología. Desde el 11/9, todo se ha centrado en la guerra y la seguridad. Y, de nuevo, en las privatizaciones. Lo que ves con la administración Bush es que la guerra, la crisis actual y el estado de emergencia crean el escenario para seguir privatizando. La cantidad de poder y el arsenal de la compañía Blackwater es increíble y nunca hubo un debate sobre si pensábamos que era bueno que el Ejército fuera privatizado. Por eso es peligroso decir que nos podemos relajar porque existe una Tercera Vía y todo ha cambiado. Los antecedentes demuestran que estamos entrando a un terreno, uno donde ciertos sectores de la economía han aprendido a sacar provecho de desastres como el cambio climático, la crisis de alimentos y los problemas financieros.

-¿Existe algún tipo de esperanza? Hablas de que las cosas están cambiando en Latinoamérica, hablas de Evo Morales, quien no pasa por un muy buen momento ahora. Pero insisto en conocer tu contraste entre la Argentina que tu viviste con Menem y lo que hacen los Kirchner hoy.
-Estuve en Argentina después del crash, con De la Rúa, y estuve cuando Kirchner ganó las elecciones.

-¿Crees que las cosas han cambiado? ¿O es la misma cosa, el mismo sistema, pero con cartera Louis Vuitton?
-Hay mucho cinismo. Creo que la situación actual de Argentina es bastante complicada. No sé si me siento calificada para generalizar, pero ciertamente hay desilusión o más bien decepción con los Kirchner. Como todos los peronistas, ellos son excelentes para usar un leguaje populista, pero no están haciendo una distribución real de la riqueza. Lo que ellos hacen es clientelismo. Es decepcionante que no hayan apoyado a los trabajadores que ocuparon las industrias: han ayudado a los desempleados, pero no a aquellos que han intentado fundar cooperativas de trabajadores que podrían ser sustentables si recibieran cierto apoyo del gobierno. Pienso que eso se debe a que las cooperativas no se acomodan al modelo clientelista; de hecho buscan la autosuficiencia y son autónomas, y eso significa que no puedes controlarlas y no puedes contar con ellas para que sean tus soldados en las próximas elecciones. Pero hay una cosa que es rescatable y que menciono al final del libro: tiene que ver con el debilitamiento de las instituciones de Washington, y el hecho de que Argentina se saliera del FMI, que fue muy importante. Realmente, el FMI nunca pudo sobreponerse a eso.

"Con Allende hubo muchísima intervención"

-En tu libro le dedicas bastantes pasajes a Chile, como ejemplo de esta combinación de shock económico con shock físico. Te debo decir que, según mi perspectiva, tienes una visión muy idealizada del gobierno de Salvador Allende. No es que sea un fan de Pinochet, pero es real que en la UP había una gran inflación, pésimas cifras económicas y un clima real de guerra civil.
-Es que existe una sensación de Apocalipsis, nos hacen creer que no existe otra alternativa a este brutal modelo económico. No es algo que yo inventé, sólo tienes que leer los diarios. El neoliberalismo instala la idea de que lo único peor que el capitalismo es la alternativa a éste. En el caso del gobierno de Allende hubo muchísima intervención: huelgas del capital, una huelga de camioneros...

-Sí, pero hay que reconocer que en ese tiempo estábamos frente a un gobierno bastante incompetente. Probablemente fue una responsabilidad compartida entre el gobierno y los grupos que se oponían a él, pero el gobierno no funcionaba.
-Puede ser, pero veo los archivos desclasificados de este país y leo el informe del Parlamento estadounidense y veo esta especie de complot que estaba tomando lugar entre las multinacionales, los empresarios locales y la CIA, antes siquiera de que Allende asumiera el poder... El punto es que nunca sabremos si pudo haber sido un buen gobierno, porque lo que aquí existió fue un impulso terriblemente antidemocrático y un sabotaje. Por eso insisto con el tema de las alternativas al capitalismo que nunca han tenido la oportunidad de llevarse a cabo.

-Esas alternativas de las que hablas en los '70 estaban mirando a las revoluciones como camino para la transformación social. Hoy la presidenta Bachelet es una persona más del tipo reformador que revolucionario.
-Pero hay mucha insatisfacción sobre esto, a pesar de que ella tiene bastante apoyo personal. Creo que las esperanzas de la gente eran mayores. Además Allende representaba una alternativa a la revolución, era un intento pacífico y democrático de imponer el socialismo. De hecho lo que él quería era una economía mixta, lo que no fue aceptada. No hubo revolución en ese tiempo.

-Claro, Chile no fue Cuba.
-No existió una revolución armada. Fue un intento de usar el sistema democrático para cambiar el sistema. A menos que esté equivocada, aquí no hubo un intento por hacer desaparecer la propiedad privada.

-Bueno, parte de su gobierno era más radical que él. Mi punto es que muchos de los shocks que se originaron en Chile fueron consecuencia del miedo que el grupo más radical del gobierno de la Unidad Popular instaló en la sociedad chilena.
-Es aquí donde la propaganda financiada por la CIA -que salió al descubierto en el informe del comité del Congreso estadounidense- funciona. Ellos mintieron de forma deliberada sobre esta amenaza. Es lo mismo que la administración Bush ha hecho con Irán: ellos son la gran amenaza, pero después resulta que los informes de inteligencia revelan que Irán no es realmente una amenaza. Algo similar pasó con Chile: la propaganda financiada por la CIA sostenía que Allende estaba conectado con los soviéticos e iba poner fin a la democracia. Ellos fomentaron el estado de guerra civil. Pero ahora resulta que los informes revelan que Allende respetaba las elecciones democráticas, que no tenía lazos con la Unión Soviética y que el miedo real, como Kissinger dijo a Nixon, era la idea que podía existir socialismo democrático.

La crisis y el miedo

-¿Cuáles piensas que pueden ser los próximos terrenos fértiles para las políticas de shock? Ahora que vas a Bolivia, ¿crees que ahí pueda pasar algo en este sentido o quizás la crisis de alimentos pueda generar ambientes que perjudiquen a los países pobres?
-El New York Times publicó un artículo que contaba cómo la crisis de alimentos está siendo utilizada por las empresas agroindustriales para realizar otro gran empuje para los alimentos genéticamente modificados. Ese es un ejemplo clásico de explotación de una crisis.

-Hay gente que ve crisis, pero otras ven oportunidades.
-Creo que las crisis pueden ser oportunidades. Y la razón por la cual Milton Friedman estaba obsesionado con las oportunidades generadas por las crisis era porque él vio lo que la Gran Depresión hizo por los progresistas y las ideas de Keynes. Él creía que como respuesta a la Gran Depresión el mundo había girado al centro y ahí está la famosa carta que le escribió a Pinochet -y que yo publico en mi sitio web-, donde habla de que la historia da vueltas. Pienso que gran parte del ideario de Friedman era un intento por imitar lo que la izquierda fue capaz de hacer después de la Gran Depresión, en términos de instalar think tanks, asegurándose que sus ideas iban a ser las que estuvieran dando vueltas la próxima vez que hubiese una crisis. Yo veo una diferencia en la forma en que los progresistas respondieron a la Gran Depresión y la forma en que la derecha responde a crisis como la surgida tras el huracán Katrina. La crisis fue usada por la izquierda para profundizar la democracia, lo que terminó finalmente en el "Nuevo Trato", que fue una oportunidad para apuntar a los errores del capitalismo. Lo que describo en mi libro, y que pienso que es inmoral, es usar una crisis y el miedo, tal como pasó en New Orleans, cuando enviaron a toda la gente a distintos puntos del país sin un ticket de regreso para hacer una especie de reingeniería social. Eso es antitético, decirle a la gente: "ustedes no pueden participar de la democracia ahora y nosotros tomaremos las decisiones por ustedes". Creo que es ahí donde la Escuela de Economía de Chicago realmente encaja con la estrategia de que la economía es tan complicada y técnica que gente normal no puede participar en estas decisiones.

Entonces, en un momento de crisis, sólo déjenlo en las manos expertas y tecnócratas, y ellos lo manejan por todos.

-¿Qué piensas acerca de que la democracia y el capitalismo van de la mano?
-Creo que una de las mejores campañas de marketing en la era moderna es aquella que une a la democracia con el neoliberalismo, a pesar de todos estos ejemplos que los ponen en conflicto. Ése es un mensaje que ha sido absorbido por los progresistas. La historia que cuento en este libro es sobre gente que quiere algo diferente, algo como una tercera vía que mezcle diferentes modelos económicos. En particular creo que la fórmula que emerge en cada punto de estos ejemplos es una buena combinación de mercado y cooperativas. Y te hablo, por ejemplo, de Sudáfrica en 1994, cuando el Congreso Nacional Africano fue electo con una mayoría sobrecogedora con una propuesta para nacionalizar la banca y las minas y hacer grandes trabajos sociales. O Polonia en 1989, cuando Solidaridad ganó las elecciones y Walesa aseguró que esto iba a ser mejor que el comunismo y el capitalismo e iban a crear algo nuevo, una verdadera tercera vía, no la de Tony Blair. Pero nada de esto llegó a ser realidad. Todos estos experimentos han sido desacreditados antes de ser llevados a cabo. Podemos decir lo mismo de Evo, que es un desastre, pero ¿por qué es un desastre? Una vez más las elites de Bolivia no están respetando una elección y prefieren inventar una guerra civil.

¿QUE DIFERENCIA A LOS GOBIERNOS DE DERECHA DE LOS DE CENTRO-IZQUIERDA EN AMERICA LATINA?, J.Natanson

Por José Natanson, Página/12

¿Qué tienen en común las políticas económicas de Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales? ¿Qué las diferencia de los gobiernos de derecha de, digamos, Colombia o El Salvador, y qué las distingue del neoliberalismo de los ’90?

Al principio, algunos pensaron que el problema iba a ser el populismo fiscal, pero el tiempo demostró que no es así: Morales tiene el superávit más alto de la historia reciente de su país (4,5 por ciento), Correa cuida las cuentas públicas, Chávez expande el gasto, pero por debajo de los ingresos, y la política económica kirchnerista puede exhibir un superávit que envidiaría Domingo Cavallo. En un artículo publicado en la revista mexicana Nexos, el economista de la Cepal Juan Carlos Moreno-Brid ensayó un ejercicio de comparación simple pero interesante: promedió los saldos fiscales de los países bajo control de gobiernos de izquierda y los comparó con aquellos en poder de partidos de centro o derecha, y llegó a la conclusión de que los primeros tienen más superávit fiscal que los segundos.

La diferencia tampoco es el crecimiento. Según los últimos datos de la Cepal, los países latinoamericanos crecen todos, más allá de la orientación política de sus gobiernos, y en los primeros puestos se ubican tanto aquellos inclinados a la izquierda (Venezuela) como al centro (Perú) o la derecha (Colombia). Y tampoco son los impuestos. Pese a que la construcción de sistemas tributarios más progresivos ha sido uno de los ejes históricos de la agenda de la izquierda, el peso de los impuestos al consumo sigue siendo desmesurado en prácticamente todos los países: entre el 60 y el 75 por ciento.

¿Cuál es, entonces, el denominador común? Mi tesis es simple: la diferencia central es la decisión de los gobiernos de izquierda de apropiarse de una mayor porción del ingreso derivado de la exportación de productos primarios, que en todos estos países constituye la principal –y a veces única– fuente de riqueza. Esa es la línea invisible que los une y la verdadera diferencia con las políticas económicas de los ’90.

Diferentes caminos

Las estrategias seguidas por cada uno son diferentes. En 1998, cuando asumió el gobierno, Chávez se encontró con que Pdvsa estaba totalmente al margen de su control, dirigida por una gerencia que había hecho de la autonomía del poder político el eje de su gestión, y emprendió una dura batalla que solo concluyó cuando consiguió el control total de la compañía. Así se bolivarianizaron los monumentales recursos petroleros, equivalentes al 85 por ciento de las exportaciones.

En Bolivia, el 1º de mayo del 2006 Evo Morales anunció la nacionalización de los hidrocarburos, teatralizada con la ocupación militar de los campos gasíferos operados por Petrobras. Más tarde, en octubre de ese año, decidió nacionalizar las minas de estaño y plata. Esto le permitió incrementar el presupuesto público en un 20 por ciento.

En Ecuador, Correa firmó un decreto que estableció que el 99 por ciento de las ganancias obtenidas por las empresas gracias a los precios extraordinarios del petróleo iría a parar al Estado, en lugar del 50, como ocurría antes. Después, en abril, consiguió que la Asamblea Constituyente votara una ley por la cual los recursos derivados de la exportación de crudo no se destinarían más, como hasta entonces, a una serie de fondos y fideicomisos intocables que funcionaban como garantía para el pago de la deuda externa, sino directamente al presupuesto, cuyo monto total se engrosó, según cálculos oficiales, en un 40 por ciento. Como Kirchner con las retenciones, Correa apeló a medidas impositivas que no alteraron la estructura de propiedad de los recursos.

En Chile, que suele mencionarse como el más neoliberal de los gobiernos progresistas de América latina, la situación no es tan distinta. Es cierto que allí no hubo nacionalizaciones, como en Venezuela o Bolivia, ni nuevos impuestos, como en Argentina y Ecuador, pero por el simple hecho de que desde 1971 el cobre permanece bajo control estatal. Codelco es una empresa pública cuyo presidente es el ministro de Minería. Y –dato interesante para quienes critican el rentismo venezolano– el año pasado representó el 40 por ciento de las exportaciones chilenas. Según estimaciones de su presidente, en el 2007 Codelco aportó al Tesoro chileno un millón de dólares ¡por hora!

Resistencia

Todos estos ejemplos demuestran que la decisión de apropiarse de un mayor porcentaje del ingreso es uno de los ejes de la política económica de los gobiernos posneoliberales. Y suena tonto decirlo, pero a veces conviene aclarar lo obvio: cualquier política en este sentido implica afectar intereses. Lo cual, a su vez, genera reacciones. No solo en Gualeguaychú. El caso más dramático es el de Venezuela. Cuando, en el inicio de su primer mandato, Chávez decidió apoderarse de Pdvsa, la gerencia de la compañía reaccionó con un paro petrolero al que luego se plegó la principal asociación empresaria (Fedecámaras) y la central sindical, que derivó en una huelga general que se extendió durante 63 días. Chávez importó petróleo de Medio Oriente, alquiló barcos, puso a militares a manejar las máquinas y logró derrotar a la conducción de la empresa, aunque a un costo enorme: ese año, el PBI cayó 14 por ciento. Pero la cosa no terminó ahí. En los meses siguientes hubo más huelgas, un intento de golpe de Estado, la ocupación de una plaza caraqueña por parte de un grupo de militares que reclamaban la renuncia del presidente y, finalmente, el referendo de 2004, en el que Chávez se impuso limpiamente.

En Bolivia la resistencia asumió otras formas. Al principio, la reacción indignada de Petrobras, que amenazó con retirarse del país si no se daba marcha atrás con la nacionalización, y del gobierno de Brasil, que hasta amagó con retirar a su embajador. Pero el agua nunca llegó al río y el núcleo opositor se fue trasladando a los departamentos de la Media Luna que, capita- neados por Santa Cruz, reclaman más autonomía y un mayor porcentaje de la renta obtenida de la explotación del gas ubicado en sus territorios. En Ecuador, la oligarquía exportadora de Guayaquil, golpeada por el vendaval antipolítico, no logró articular un movimiento creíble de oposición, al menos no en esta primera etapa, por lo que la resistencia a las políticas de Correa se concentra en las empresas y los bancos privados y algunos medios de comunicación. En Argentina, como cualquier adicto al bife de chorizo sabe bien, el desafío más importante a cinco años de hegemonía K es el movimiento de reclamo sectorial con cortes de ruta liderado por las cuatro entidades del campo.

Balances

La realidad latinoamericana ha cambiado. Por muchos motivos, desde las cláusulas democráticas de las instituciones supranacionales tipo Mercosur hasta las nuevas formas de modernidad líquida, que impiden un autoritarismo a la vieja usanza, el recurso al golpe militar ya no es una opción. Esto ha hecho que los sectores políticos, económicos y culturales que en el pasado tocaban el timbre de los cuarteles cuando un gobierno no les gustaba hoy transiten otros caminos. En los casos virtuosos, se reciclan en opciones políticas democráticas, cuyo mejor ejemplo tal vez sea la derecha de Sebastián Piñera en Chile o el PSDB en Brasil. Pero en otros casos la defensa de sus intereses asume formas menos claras, desde reclamos empresariales que luego derivan en un golpe de Estado que se niega a reconocerse como tal, como en Venezuela, a demandas autonomistas, como en Bolivia, o esa combinación de protesta sectorial con piquete que vivimos en Argentina. Muchas veces, lo que nace como un reclamo puntual por un tema determinado se transforma con el tiempo en un movimiento más amplio e indefinido, que a veces hasta olvida el motivo que lo originó.

Una advertencia necesaria: esto no implica un juicio de valor positivo acerca de las políticas económicas de los gobiernos mencionados. Chávez utiliza la gigantesca renta petrolera para ampliar las misiones sociales, pero también para donar combustible a la ciudad de Londres, comprar submarinos para evitar una improbable invasión estadounidense y fomentar la cooperación con Belarrús; Correa ha destinado parte de los nuevos ingresos a duplicar el Bono de Desarrollo Humano, pero también se gastó 3 millones de dólares en la construcción de Ciudad Alfaro, el edificio donde sesiona la Asamblea Constituyente y a cuya inauguración el presidente llegó montado a caballo; Kirchner sube las jubilaciones, pero también invierte en el tren bala y la obra social de Moyano. En realidad, la decisión de apropiarse de un porcentaje mayor de los recursos nacionales es una condición necesaria pero no suficiente para un buen gobierno. Es el principio, nunca el final de una política económica.

Pero así están las cosas. Siguiendo a Ernesto Laclau, la política supone, entre otras cosas, dos campos enfrentados. Marco Aurelio García, el asesor de Lula en temas internacionales, lo explica bien cuando dice que el PSDB, el partido de Fernando Henrique Cardoso y José Serra, no es un partido de derecha, pero es el partido de la derecha. En otras palabras, a veces no importa tanto la ideología de un partido o de sus líderes sino el lugar político en el que se ubican. La política, mal que les pese a algunos, no es nunca puro consenso. Pero tampoco puede ser pura confrontación. Exige siempre un balance, que no es un fruto divino que cae del cielo, sino el resultado de una determinada correlación de fuerzas que supone decisión y potencia, pero también negociación y cierta astucia para el timming, y que no se expresa en una fórmula matemática sino en un equilibrio complejo. Y transitorio: la fuerza de un momento puede ser debilidad en otro, así como las tácticas –y los hombres– que sirvieron en el pasado hoy pueden resultar completamente inútiles.

7 Preguntas y 7 respuestas sobre la Venezuela de Chávez.

Notas sobre las nuevas izquierdas en América Latina

Cómo es el sistema de Chávez

Pragmática, flexible, muy diferente de la de otras décadas, la izquierda después de la ola neoliberal de los noventa toma formas nuevas. En esta serie de notas, Página/12 plantea preguntas y busca respuestas para entender la nueva izquierda latinoamericana. En el comienzo, la Venezuela bolivariana.

Por José Natanson, Pagina/12.com

1

¿Chávez es
antidemocrático?

Chávez llegó al gobierno de manera perfectamente democrática y ganó nueve elecciones consecutivas, más que cualquier otro presidente latinoamericano en el poder. En el 2006, tras obtener su reelección, elaboró un proyecto de reforma constitucional que incluía, entre otras medidas, la reelección indefinida, lo que hubiera convertido a Venezuela en el único país de América latina –a excepción de Cuba– sin ningún límite institucional para el ejercicio perpetuo del poder. Pero en diciembre del 2007 el proyecto fue derrotado en un plebiscito por un margen ajustadísimo.

Chávez admitió el resultado a regañadientes, pero lo hizo. Sus opositores, en cambio, demoraron seis años en reconocer sus derrotas: recién en las elecciones del 2006 los sectores democráticos de la oposición se impusieron sobre los más recalcitrantes –formados en su mayor parte por ex integrantes del viejo partido Acción Democrática– y aceptaron jugar el juego de la democracia. Antes, lo habían intentado todo: el golpe de Estado en abril del 2002; la ocupación de la Plaza Altamira por un grupo de militares rebeldes poco después; el paro petrolero del verano del 2003; el referéndum revocatorio del 2004, cuyo resultado fue desconocido por los líderes opositores a pesar del aval de la OEA y el Centro Carter, y el boicot abstencionista a las elecciones legislativas de noviembre de 2005.

2

¿Chávez es
antirrepublicano?

Además de la presidencia, Chávez controla la Asamblea Legislativa, las fuerzas armadas (está habilitado para ascender discrecionalmente a los jefes militares) y los gigantescos ingresos petroleros. En cuanto a la supervisión judicial, el Tribunal Superior de Justicia fue ampliado de 20 a 32 miembros y completado con diputados y militares oficialistas, mientras que el otro resorte judicial estratégico, el Fiscal General, único funcionario con autoridad para juzgar al presidente, fue ocupado en los comienzos de la gestión chavista, por... el vicepresidente. Como si fuera poco, Chávez consiguió facultades para legislar por decreto en dos oportunidades, la última de ellas en el 2007, a pesar de que el Legislativo ya estaba integrado exclusivamente por sus partidarios.

“Esto no es una dictadura, como dicen algunos, pero tampoco una democracia en sentido pleno. Chávez tiene un pie en el pedal de la democracia y otro en acelerador del autocratismo, y aprieta uno u otro según el momento”, me dijo Caracas Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual y uno de los pocos líderes opositores capaz de mantener la cabeza fría.

Una explicación histórica ayuda a entender mejor esta situación. Durante la segunda mitad del siglo XX, Venezuela fue uno de los pocos países latinoamericanos que logró mantenerse a salvo de las dictaduras militares que asolaron a la región. En el resto, la experiencia autoritaria hizo que, una vez recuperada, la democracia fuera valorada como un bien en sí mismo, y muchos intelectuales de izquierda que en los ’60 la criticaban por hueca y aburguesada descubrieron que en realidad constituye una garantía para los derechos humanos. Luis Maira, actual embajador de Chile en Argentina, lo resume en una frase: “Después de la segunda sesión de tortura, uno empieza a valorar al hábeas corpus”. A diferencia de países como Chile o la Argentina, la sociedad venezolana no registró este cambio en la mentalidad colectiva: la democracia formalmente impecable que gobernaba hasta el triunfo de Chávez era vista como la verdadera responsable de la decadencia nacional, por lo que nadie se molestó mucho cuando el ex capitán de paracaidistas se propuso cambiarla radicalmente. Es en este tipo de explicaciones donde se encuentran las raíces de la particular situación de Venezuela, más que en los análisis fáciles que atribuyen todo a la maldad intrínseca del caudillo o la perversidad oligárquica de la oposición.

3

¿Chávez tiene una buena
política económica?

Los primeros años fueron francamente malos, en un declive que llegó a su momento más dramático durante los 63 días del paro petrolero del verano del 2003. Pero luego de que Chávez lograra derrotar a la gerencia de Pdvsa las cosas comenzaron a mejorar. Venezuela registró tasas de crecimiento superiores al diez por ciento en los últimos cuatro años y es, según la Cepal, uno de los países latinoamericanos que más crece, en el marco de una política macroeconómica que aumentó el gasto público, pero en menor medida que los ingresos, y que no incrementó explosivamente la deuda externa.

Desde luego, esto es en buena medida resultado del aumento del precio del petróleo, que cuando Chávez asumió el gobierno se encontraba en 9 dólares el barril y que hoy araña los 100. El ingreso masivo de divisas, aunque permitió relanzar la economía, también está generando una sobrevaluación del tipo de cambio que les quita competitividad a las actividades no petroleras, impide que se diversifiquen las exportaciones y contribuye a la desindustrialización y la consolidación del modelo monoexportador. Y además alimenta la hoguera de la inflación: Venezuela batió el año pasado el record de inflación de América latina, con casi 21 por ciento, situación que el gobierno intentó controlar mediante un sistema de precios máximos que generaron una crisis de desabastecimiento.

Pero lo central es que el gobierno de Chávez no ha logrado cambiar la esencia económica de Venezuela, el único país de América latina que importa dos tercios de los alimentos que consume, el único que concentra el 85 por ciento de sus exportaciones en un mismo producto y el único que, en los hechos, se vincula comercialmente con prácticamente un solo país: Estados Unidos. “La nuestra es una economía rentista petrolera: ésa es su esencia y su maldición. Se parece más a la economía de Nigeria o Arabia Saudita que a la de Argentina o Brasil”, me explicó en Caracas Margarita López Maya, la prestigiosa historiadora venezolana que fue invitada por Chávez a hablar en la Asamblea Legislativa y que, aunque cercana al gobierno, nunca ha dejado de criticar los aspectos más negativos de la gestión.

4

¿El gobierno de Chávez
es revolucionario?

Chávez tiene habla del socialismo del siglo XXI y gusta definir su proyecto como “revolución bolivariana”, pero en el pasado se ha fascinado por los regímenes nacional-populares latinoamericanos, tipo Velazco Alvarado o Perón, y por la Tercera Vía de Tony Blair. Atendiendo a sus ideas, que han ido cambiando a lo largo de los años, es difícil dar una respuesta, pero el argumento contrario –Chávez no es revolucionario porque le vende petróleo a Estados Unidos– tampoco resulta convincente: la dependencia petrolera estadounidense puede ser vista como una debilidad de Goliat tanto como una claudicación de David.

Una forma más interesante de acercarse a una respuesta es analizar la economía social, el aspecto supuestamente no capitalista –o poscapitalista– de la economía venezolana. En efecto, uno de los objetivos de Chávez es utilizar los enormes ingresos petroleros para crear un nuevo sector económico en base a nuevas formas de propiedad empresarial: núcleos de desarrollo endógeno, microproyectos agrícolas y, sobre todo, cooperativas, que últimamente se han multiplicado como hongos: según la Superintendencia de Cooperativas, hoy ya existen unas 100 mil.

El esfuerzo es loable, pero conviene ponerlo en perspectiva. La función social de las cooperativas es innegable, ya que son grandes creadoras de puestos de trabajo, pero una economía moderna no puede funcionar en base a ellas, pues tienden a ser poco competitivas y tecnológicamente atrasadas. En Venezuela, además, prácticamente todas dependen del Estado –es decir del petróleo–, lo cual ha generado todo tipo de distorsiones y corrupción: muchos empresarios disfrazan a sus empresas de cooperativas para beneficiarse de las exoneraciones impositivas y aprovechar los regímenes de contratación flexibilizados. El aspecto no-capitalista del modelo venezolano existe, pero más que un cambio revolucionario parece una política social encubierta.

5

¿Chávez está mejorando
la pobreza?

El núcleo de la política social del gobierno venezolano son las misiones, el término entre religioso y militar elegido por Chávez para definir un sistema moldeado a su imagen y semejanza: enorme, ambicioso y desordenado. El primer paso fue la Misión Barrio Adentro, de la que hoy participan unos 20 mil médicos cubanos, diseñada para resolver el drama de un sistema de salud incapaz de atender la creciente demanda de los sectores más pobres, que muchas veces no iban al médico simplemente porque no tenían el dinero suficiente para trasladarse hasta los hospitales, invariablemente ubicados en el centro de la ciudad. El problema se resolvió mediante el simple procedimiento de instalar los consultorios en las zonas más inhóspitas de las barriadas más castigadas de Venezuela. Luego siguieron las misiones educativas, también implementadas con asistencia cubana, que permitieron alfabetizar a un millón de personas, y la Misión Mercal, gigantescos mercados que venden alimentos a precios subsidiados y que hoy abastecen a un 40 por ciento de los venezolanos más pobres.

Las misiones supusieron una impresionante extensión de la cobertura si se las compara con los raquíticos programas sociales anteriores, pero también tienen sus problemas: un médico cubano en una sala de primeros auxilios ayuda a prevenir enfermedades y resolver cuestiones menores, pero si es necesario realizar una tomografía o practicar una operación, el paciente debe recurrir al viejo sistema de salud, que no ha cambiado mucho. Del mismo modo, las misiones no se articulan con el mercado laboral, no han creado un sector económico eficiente ni han contribuido a potenciar la economía. Y sus resultados no se miden ni controlan, lo que crea un espacio enorme para el clientelismo, la utilización política y la corrupción: sus recursos no salen del presupuesto general del Estado sino de un fondo especial financiado con ingresos petroleros, al que solo el gobierno tiene acceso.

Pese a todos estos déficits, constituyen una política social muy valorada por la población. Sus resultados, en general, fueron positivos, aunque naturalmente es difícil estimar si la reducción de la pobreza es consecuencia de las misiones o del derrame de la prosperidad petrolera. Como sea, tras arañar el 50 por ciento a fines de 2002, hoy la pobreza, según la Cepal, ha bajado al 30 por ciento.

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¿Chávez quiere conquistar
el mundo?

Desde el comienzo mismo de su gobierno, Chávez ha desarrollado una activa política latinoamericana, que luego adquirió proyección mundial, cuyo eje es la diplomacia petrolera. El gobierno venezolano vende petróleo barato a una larga lista de países, en la que figuran casi todos los estados del Caribe y que encabeza, por supuesto, Cuba, que hoy recibe unos 90 mil barriles diarios, la misma cantidad que obtenía de la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Además, Chávez ha comprado bonos de la deuda externa de Argentina y Ecuador e influye políticamente, aunque menos de lo que se piensa, en Bolivia y Nicaragua.

La interminable serie de iniciativas de Chávez mezcla ideas sensatas, como el Banco del Sur, otras más dudosas, como el Gasoducto del Sur, y otras que son pura imagen pública, como el ALBA. Y no todo se limita a mandar petróleo, porque también hay operaciones culturales como el canal de noticias Telesur y hasta propaganda internacional heterodoxa, como el subsidio de Pdvsa a la Escola Vila Isabel, que ganó el Carnaval de Río de 2006 con una comparsa que tomó como motivo la unidad latinoamericana y que estuvo encabezada por un muñeco gigante de Bolívar que llevaba en sus manos un enorme corazón, rojo y palpitante.

Pero lo más discutible de la política internacional de Chávez no es su irremediable hiperkinesia, ni siquiera los shows que suele montar en las cumbres internacionales, sino su objetivo fundamental, que parece menos lograr la integración regional que irritar a Washington. Esto es lo único que explica su relación con Irán o sus reuniones con el presidente de Belarús, definido por la Unión Europea como el último dictador del continente.

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¿Chávez tiene
futuro?

El panorama político venezolano parece más tranquilo. Tras muchos años de enfrentamientos, la oposición asumió que la única forma de derrotar a Chávez es ganándole una elección, y el gobierno se vio obligado a aceptar por primera vez una derrota, lo cual abre expectativas sobre un juego más sosegado y confirma avances en el aspecto más elemental de la democracia: elecciones limpias y competitivas aceptadas por todos. Pero nada está dicho. Chávez anunció el plan de las tres erres –revisión, reformulación y reimpulso– para conseguir su reforma constitucional, e incluso le puso una nueva fecha: el 2010. El futuro, aunque por el momento luce más promisorio, podría incluir tanto un giro autoritario del gobierno como un retroceso antidemocrático de la oposición.

EL NEOLIBERALISMO COMO DESTRUCCION CREATIVA, D.Harvey

PIERRE BOURDIEU: CONFERENCIA MAGISTRAL SOBRE SU TRAYECTORIA INTELECTUAL.

Primero, quiero decir cuan feliz me siento
de tener la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil, volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes. Antes de describir las grandes etapas de mi itinerario, como me lo pidió uno de ustedes, quisiera señalar las intenciones mayores que, desde el principio, inspiraron mi trabajo.

En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera fría, fríamente científica, problemas políticamente candentes, es decir, a la vez importantes y difíciles: ello, contra la idea de "neutralidad axiológica" que siempre me pareció una hipocresía conservadora, y a fin de profesionalizar el pensamiento crítico (contra la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y su radicalismo "chic" y contra el "izquierdismo a lo francés" —gauchisme à la française—). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante la guerra de liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores de la universidad en vísperas del movimiento de mayo del ’68, etc., etc. Las implicaciones políticas de mis investigaciones no eran visibles, especialmente cuando uno estaba encerrado en dicha problemática progresista tradicional (ponía el acento en la dimensión simbólica de las prácticas, pensando —y lo pienso todavía— que éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social, y, por consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras intentaba producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva manera de hacer sociología exigía mucho trabajo, de parte del productor y también del lector... Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una ruptura con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor parte de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores dominados por el modelo americano de la investigación empírica, como Lazarsfeld. Y así, hubo investigadores norteamericanos de inspiración marxista (Erik Olin Wright, Classes, 1985) que combinaron el marxismo a la manera de Poulantzas con el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld para producir estudios empíricos de las clases muy abstractos y poco instructivos. Otra dificultad de la empresa era entrar en una verdadera competencia con la sociología dominante, representada en ese momento por tres nombres: Parsons, Merton y Lazarsfeld; había que reconquistar, si se puede decir así, las armas científicas monopolizadas por la sociología norteamericana, en aquel entonces dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo, aún en el más concreto, más estrictamente empírico, grandes problemas teóricos, sobre los cuales los filósofos, hasta los marxistas, se contentaban sólo con discutir. Por ejemplo, una de las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de hacer empíricamente la distinción, muy importante en aquel entonces, y también ahora, entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el proletariado, la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de aspiraciones milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología, en etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba la filosofía de inspiración fenomenológica, como la de Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en mi trabajo que merece ser imitado (y no sólo discutido) es el esfuerzo para superar la oposición entre teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y la investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he producido o perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia al hecho de que he practicado, como todo científico, un eclecticismo selectivo y acumulativo y he intentado totalizar las conquistas mayores de la ciencia social ignorando oposiciones y divisiones más religiosas que científicas, como entre marxismo y weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo, o entre estructuralismo y fenomenología (o etnometodología).

Nota bibliográfica

Sergio Lorenzo Sandoval Aragón

Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons d’agir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000).

Referencias bibliográficas citadas por el conferenciante
P. Bourdieu, Boltanski, Chamboredon, Castel, Lagneau y Schnapper. La fotografía: un arte intermedio. Nueva Imagen. México, 1989. (Antecedente de La distinción).
P. Bourdieu, Alain Darbel y D. Schnapper. L’amour de l’art, Les musées auropéens et leur public. Minuit. París, 1969. (Antecedente de La distinción).
Bourdieu, Pierre y J-C Passeron. La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Fontamara. México, 1995.
P. Bourdieu. El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991. (Etnología en Argelia).
_________. La distinción, criterios y bases sociales del gusto. Taurus, Madrid, 1998.
_________. Homo Academicus. Les Éditions de Minuit. Paris, 1984. (Hay traducción al inglés: Homo Academicus, Stanford University Press, California, 1988. Accesible en el CIESAS de Occidente, Guadalajara).
_________. Las reglas del arte. Anagrama. Barcelona, 1995.
_________. La ontología política de Martin Heidegger. Paidós. Barcelona, 1991.
_________. "Sur le pouvoir symbolique", en: Annales, núm. 3, mayo-junio de 1977. pp. 405-411. (El conferenciante se refiere a este texto bajo su título inglés y dice desconocer "dónde" está publicado en español; la referencia exacta es: P. Bourdieu, "Sobre el poder simbólico", en: Intelectuales, política y poder. Eudeba/Universidad de Buenos Aires, 2000. pp. 65-73.
_________. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Anagrama. Barcelona, 1999.
La obra más reciente de este autor es: Les structures sociales de l’économie. Seuil. París, mayo de 2000. 289 pp. [Colección Liber]. (Se puede adquirir en el sitio: www.librairieonline.com).

La primera fase de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología. Estudié principalmente la lógica de la economía precapitalista (especialmente la postura en relación con el tiempo que pide y que favorece); el rechazo del cálculo, especialmente en los intercambios internos, etc. En una segunda fase, estudié las estructuras del parentesco, problema exaltado por las investigaciones de Lévi-Strauss; y en un tercer momento, los sistemas mítico-rituales. Sobre los problemas de parentesco, las sociedades árabobereberes constituyen un desafío para la teoría levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima paralela, hija del hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol de instrumento de circulación de las mujeres y de los bienes que le es impartido1 en el modelo levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo: 1). Utilizando la estadística —que no se utiliza casi entre los etnólogos—, descubro que la tasa de casamientos conforme a la "regla", es inferior al 5%; 2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular de Wittgenstein, sobre lo que significa "seguir una regla" me ayudan a alejarme de la teoría estructuralista de la acción (de la cual Althusser ha dado la formulación más extrema y más absurda, reduciendo al agente al rol de Träger,
2 portador de la estructura); 3). Las investigaciones que llevo sobre el matrimonio en Béarn, provincia del Sur de Francia de la que provengo, lo que me permite dirigir sobre las prácticas una mirada menos alejada que la del etnólogo estructuralista; ello me indujo a descubrir que los agentes pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales, por intereses en el sentido amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar de una explicación del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción del casamiento como una estrategia de reproducción, orientada por intereses materiales y simbólicos, y explicable —en cuanto tal—, por un conjunto de factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que realicé en la misma época, me conducen a cuestionar la visión estructuralista: los sistemas míticos y las prácticas rituales, obedecen a lógicas prácticas que es necesario analizar lógicamente sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente, y esto ha sido sin duda la oportunidad de mi vida, emprendo investigaciones sociológicas más clásicas sobre la estructura social de la sociedad argelina. Descubro en esta ocasión lo absurdo de la división entre etnología y sociología. ¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de los trabajadores lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por el rechazo del cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por la colonización? Empresa tanto más difícil cuanto que la mayor parte de los trabajadores (y, a fortiori, los desempleados o los trabajadores precarios) no disponen de las condiciones económicas y sociales que son necesarias para adaptarse a un cosmos económico dominado por la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios no tienen bastante asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero sobre el futuro por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un proyecto revolucionario colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de un mínimo de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al proyecto revolucionario de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad, se está condenando a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa fácil a las políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado súbitamente toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores a una situación cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos en la imposibilidad de hacer un plan de vida práctico y de comprometerse en una acción colectiva orientada por fines racionales).
3
Todavía tendría mucho que decir, pero paso a las investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes, sobre la educación y la cultura. Contrariamente a la ilusión según la cual la escuela cumple una función liberadora, ilusión vehiculizada y antaño defendida por los partidos progresistas, las encuestas empíricas muestran que la institución escolar contribuye a la reproducción de las desigualdades sociales. Digo bien contribuye: la escuela es uno de los lugares donde actúan ciertos mecanismos de reproducción (entre otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré describir el sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e inconscientemente para reproducir su posición en la estructura social y por ello esta estructura misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan por el hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol determinante en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no implica de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión, sino permanencia de una estructura de diferencia y de distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las condiciones de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia cultural sobre las prácticas. Luego de un estudio sobre el público de los museos europeos, realizado en colaboración con Alain Darbel y Dominique Schnapper, y un estudio sobre la práctica fotográfica al cual estaban asociados Luc Boltanski, Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel, publiqué en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto
4 un modelo global de las prácticas sociales del cual quisiera expresar el principio, porque ha sido frecuentemente mal comprendido. En primer lugar, por los que tendrían dificultades con la particularidad nacional de las prácticas analizadas, en materia de consumos culturales (los nombres de los cantantes o de los actores o de los actores favoritos son frecuentemente franceses) o de consumos a secas (la petanca5 o el whisky) o aún de prácticas deportivas (el rugby o la equitación) y de opiniones políticas, los remito a Razones prácticas, sobre la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una conferencia destinada a un público japonés, como se puede desprender de este libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis, aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar el menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro: el espacio social es un espacio de diferencias, de distinciones entre posiciones sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se proyecta, en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen que la "sociedad" en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que la topología social, que describe la estructura del espacio, es inseparablemente una semiología social, que describe el mundo social como un sistema de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo prácticamente, sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el análisis sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite relacionar inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria, con una posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto valor, positivo o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas y sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos sociales de distinción (que no son signos distinguidos sino para una pequeña parte de la sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación del habitus: el habitus como sistema de disposiciones es el producto de la incorporación de la estructura social a través de la posición ocupada en esta estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada), y al mismo tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando como estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico que estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera más simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura, en literatura o en música, pero también en cocina o en materia de pareja sexual o aún de opiniones políticas que corresponden a su posición en el espacio social, por consiguiente al sistema de disposiciones, al habitus, que está asociado, por la intermediación de los acondicionamientos sociales, a esta posición. La ilustración más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el fenómeno de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran antaño familias cuidadosas de evitar las mésalliances,
6 no puede explicarse sino por la afinidad espontánea de los habitus, de los gustos.
Es necesario detenerse un momento sobre la noción de espacio social. En cuanto sistema de diferencias, de puntos o de posiciones separadas, no confundidas, retiene una de las propiedades esenciales del mundo social que querían afirmar aquellos que hablan de clases sociales o de sociedades divididas en clases, diferenciadas. Pero deja de lado las clases en el sentido de grupos separados y opuestos que existirían en la realidad, incluso independientemente de la intervención del investigador. Si existe algo como clases sociales, en el sentido tradicional (marxista) del término, es en la medida, y solamente en esa medida, de que ellas han sido hechas, construidas por un trabajo histórico del tipo del que describe E. P. Thompson en The making of English Working Class. Ese trabajo a un tiempo teórico y práctico —militante—, que es necesario para transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas a la proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de defender o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por el trabajo de "group making" que se realiza principalmente en los campos de producción cultural y especialmente en el campo político. Esta noción de campo, he sido inducido a construirla con motivo de un conjunto de estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción cultural: la religión, la política, el arte, la literatura, la filosofía, el derecho, la ciencia, etc. Un campo es un subespacio social relativamente autónomo, un microcosmos al interior del macrocosmos social, que puede ser definido como un campo de fuerzas (en el sentido estricto de la física einsteniana) y un campo de luchas para conservar o transformar la relación de fuerzas. Esta definición abstracta trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición práctica pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los diferentes objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc., impide la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta de la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión científica está condenada a permanecer encerrada en la alternativa del análisis interno de las obras y del análisis externo. El análisis interno considera los textos en sí mismos y para sí mismos, sin referencia alguna al contexto, como la tradición semiológica o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente asociado a la tradición marxista o a la sociología (de la religión, del arte, de la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto social, a la situación económica global, o a una clase social particular (por ejemplo, en la historia del arte, la de los comanditarios de las obras), sin tomar en cuenta el campo, es decir el microcosmos social en el interior del cual ellas son producidas, y la lógica específica del funcionamiento de ese campo. Esto quiere decir que para comprender, por ejemplo, las obras sociológicas que se escriben hoy en Argentina, en Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en cuenta: primeramente, la posición de cada autor en el interior del campo de producción sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha mostrado, a propósito de la literatura, en La République mondiale des lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial (por ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos de doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento
7, pueden hacer posible estrategias consistentes en jugar de alguna manera una dominación contra otra).
La noción de campo es particularmente potente y fecunda, especialmente en tanto que permite escapar a toda una serie de falsos debates y acumular, como lo he hecho por ejemplo en mi lectura de Heidegger, todo lo que el texto revela sobre el contexto histórico (había mostrado, a partir de los textos que Heidegger había permanecido nazi hasta el fin, lo que ha sido probado después por los historiadores) y todo lo que el contexto revela sobre el texto (por ejemplo el rol de "pensadores" que los historiadores de la filosofía excluyen espontáneamente, como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de Heidegger). Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras entre los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la investigación en cada sector con el producto de la investigación en los otros.
Los campos de producción cultural están asociados a un poder de un tipo particular que llamo el poder simbólico, poder que ejercen los detentores de un capital simbólico. La forma por excelencia de este poder es la que se ejerce, en las relaciones entre los sexos, es decir la dominación masculina. Este poder se ejerce sobre los (o las) que sufren, es decir las mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos, a través de la complicidad arrancada que ellos le acuerdan del hecho de que le aplican a la relación entre los sexos categorías de percepción y de apreciación que son producto de la incorporación de la estructura de esta relación. Sería necesario dar ejemplos como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de lo pequeño es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y mal, cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico que, como lo he mostrado en un artículo aparecido bajo este título en los Annales, en 1977, integra tradiciones teóricas consideradas como incompatibles, kantianas (con la teoría de las formas simbólicas), estructuralistas o, mejor, durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino remitirlos a este artículo, aparecido en inglés en Language and Symbolic Power (en castellano no sé dónde).
8 Esta noción es muy necesaria científicamente (y políticamente) porque permite asir y comprender la dimensión de la más invisible de las relaciones de dominación, de las relaciones entre dominantes y dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero también según la étnia (entre blancos y negros especialmente, o entre ladinos y mestizos), o según la posición en el espacio social. Es así que el sistema escolar, a través de las clasificaciones que opera y que se imponen a aquellos mismos que allí son víctimas (se sabe que la ideología del don es cada vez más aceptada a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una función de sociodicea, de justificación del orden establecido, incomparablemente más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de paso, que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital de la sociología política, casi siempre olvidada por la "ciencia política".
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia del mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre, como lo decía al comienzo, el mito conservador de la "neutralidad ética" (los que denuncian la ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad esencial no tener nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del mundo social). Una parte muy importante de la producción sociológica es conservadora, sin tener necesidad de inspirarse en una intención de conservar, porque es mala y porque, por omisión, omitiendo plantear la cuestión o describir el fenómeno pertinente, contribuye a la perpetuación del orden social tal como es. Es el caso hoy en día de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre el mundo social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo titulado "Las astucias de la razón imperialista" ("Les ruses de la raison impérialiste"), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un caso típico de la dominación simbólica), principios de visión y de división, problemáticas, conceptos, etc... Estos principios, aunque sean el producto de una visión (académica) particular de una sociedad particular, los Estados Unidos, se presentan como universales mientras reproducen y vehiculizan categorías particulares, nacionales, de percepción y de apreciación. El reconocimiento mundial de palabras como mundialización, o globalización, flexibilidad (flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad, etc., se acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites sociales e históricos, como consecuencia de la circulación sin control, ligada a los efectos de dominación. La difusión de aquella doxa planetaria, falsamente internacional, es hoy uno de los mayores obstáculos a una verdadera internacionalización del pensamiento sociológico que es, hoy más que nunca, necesaria para pensar los cambios actuales.
La lucha política es, en lo esencial, una lucha para imponer, en el seno de una nación o a escala internacional, el principio de visión y de división dominante, y desconocido (méconnu) como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el caso de hoy de la visión neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo interviene en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de los mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación debilita automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte sobre su ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta, no puede por sí sola contrarrestarlos completamente, menos todavía neutralizarlos o aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la dominación masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento cómplices del orden establecido están inscritos muy profundamente, y desde hace mucho tiempo, en los cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes. Ellos son constantemente reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente sobre el mundo social, en el primer rango, entre los cuales están los periodistas, pero también muchos intelectuales y hombres políticos: esos no tienen sino que dejarse llevar por sus automatismos de pensamiento para contribuir al reforzamiento de las rutinas de pensamiento que fundan el orden simbólico.
Se llega así, inevitablemente, a la cuestión del rol de los intelectuales o, más precisamente, de los sociólogos, y más generalmente, de los especialistas del análisis del mundo social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios de los cuales disponen, para su diseminación?, si están convencidos de haber descubierto verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento del mundo social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al mundo erudito (savant) sería, en más de un caso, una forma de no brindar asistencia a la persona en peligro. Por esta razón, deben superar las prudencias y también las perezas ligadas a la pertenencia al campo científico, dominado por la creencia de que la "neutralidad" es por sí una garantía de objetividad, para trabajar colectivamente (como la asociación internacional Raisons d’agir)
9 a difundir los conocimientos y los útiles de conocimiento que la ciencia social produce, y que son necesarios para resistir a los nuevos oscurantismos, que hoy se presentan frecuentemente bajo las apariencias más racionales y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una razón científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y sobre todo sobre ella misma.

Notas
1. Parece ser que quiso decir "asignado" o "atribuido".
2. Träger: vocablo alemán que significa "cargar".
3. Sobre este asunto, se puede leer del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4. Ver bibliografía.
5. Juego también conocido como bolos franceses.
6. Es decir, que no favorece una alianza entre familias.
7. En otras partes se refiere a estos términos como doble constricción.
8. Ver nota bibliográfica (recuadro).
9. Ver la Página web: www.zeg.org/raison-dagir/start.htm

(Conferencia magistral para la "Cátedra Michel Foucault" de la Universidad Autónoma Metropolitana (Valle de México), sustentada el martes 22 de junio de 1999. Las aclaraciones y notas contenidas en este texto son de Sergio Lorenzo Sandoval Aragón; también la nota bibliográfica que se intercala como recuadro de este trabajo)

ENTREVISTA A RICHARD SENNETT, por C. del Olmo

En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?

Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.

Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
Madrid, Alianza, 1997
La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
Barcelona, Anagrama, 2003
La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.

MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
Traducción Xohana Bastida Calvo
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