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domingo, 1 de junio de 2008

NUEVO CAPITALISMO Y RELACIONES SOCIALES. ENTREVISTA A RICHARD SENNETT, por C. del Olmo

En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?

Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.

Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
Madrid, Alianza, 1997
La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
Barcelona, Anagrama, 2003
La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.

MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
Traducción Xohana Bastida Calvo
www.ddooss.org

EXCLUSION SOCIAL, PRODUCTO NECESARIO DEL NEOLIBERALISMO. Entrevista a L. Wacquant

Se presenta como un "sociólogo urbano", estudia la
transformación de las ciudades y la marginalidad social y es considerado el principal discípulo de Pierre Bourdieu, el célebre sociólogo francés con quien escribió uno de sus numerosos libros. Su mundo es el de las fronteras entre "el adentro" y "el afuera", los guetos de Chicago, las periferias de París, los barrios suburbanos de las metrópolis latinoamericanas, el de cómo se trazan las fronteras internas de una sociedad cuando ella queda dominada por la pura lógica del mercado.


Para Loic Wacquant, es un error observar las formas actuales de la marginalidad afuera o detrás nuestro, en el pasado, o en el "atraso": "ellas están dentro de los espacios y relaciones sociales, delante nuestro, y si no empezamos por reconocerlo no podremos cambiarlo", dice. Hiperactivo, 47 años, llegó a Buenos Aires, visitó las cárceles, donde asistió a los cursos universitarios que se dictan allí, dio una conferencia y se fue al día siguiente. Vino invitado por la UBA en el marco del 50 aniversario de la Carrera de Sociología, con el auspicio de la Fundación OSDE , Clacso y el Ministerio de Educación.

Se utilizan muchas metáforas y eufemismos para hablar de la marginalidad social: "excluidos del reparto de la torta", "castigados del modelo", "bomba de tiempo", "sectores en problemas", "condenados de las ciudades", "parias urbanos" ¿cómo se establece hoy esta relación entre pobreza, exclusión e inseguridad en las grandes metrópolis y sus periferias?

Es cierto, cuando se mira desde lejos o desde arriba, se apela a un discurso exotizante, un discurso del miedo, para el cual los barrios pobres se caracterizan por todo lo que falta. Pero cuando uno mira de cerca se observa que hay una similitud, sí, es el sub-proletariado que vive en los barrios en la parte más baja de la jerarquía de la ciudad; pero esa marginalidad urbana no está configurada de la misma manera en todos lados.

Hay situaciones de exclusión social que son comunes

Sí, claro, se da la experiencia del sentimiento de ser rechazado, el desprecio colectivo, la estigmatización de esos barrios es la misma en Estados Unidos con el gueto y los negros; en Francia, con los suburbios obreros y los inmigrantes; en Brasil, con las favelas, en Argentina con las villas miserias, etc.. Pero, yendo al interior, uno puede descubrir que allí viven personas como tú y yo, que tratan de construir una vida, de sostener una familia, pero que enfrentan limitaciones materiales que son extremas y que sobre todo se ven marcadas por la inestabilidad de vida. Es la imposibilidad, justamente, de asentarse en el mundo del trabajo y de proyectarse hacia el futuro.

Los estallidos de violencia en los suburbios de Francia reflejan una "americanización" de estas formas de exclusión social?

Lo que vemos, sobre todo, es que en Estados Unidos el discurso sobre el gueto y en Francia sobre "las banlieues" esconden la aparición de nuevos regímenes de marginalidad cuya característica principal es la inestabilidad de la condición asalariada. Esa inestabilidad no es una característica de los pobres, sino de los empleos y de la nueva relación salarial que se establece. Se atribuye erróneamente a los pobres rasgos que no se deben a ellos sino a la posición socio-económica en la que están y a la degradación de sus condiciones de vida.

¿En qué se diferencia la marginalidad actual de la de otras épocas no tan lejanas?

Básicamente, en que vivimos una transición del "Welfare" como un derecho a estar protegido de la sanción del mercado, a un "Workfare", a una obligación de trabajar, de seguir una formación, de dar a la comunidad como contrapartida de la ayuda social que se recibe. De modo que el trabajo deja de ser un derecho para convertirse en un deber del ciudadano, que empuja a los pobres hacia un mercado laboral precario e inestable. Y entonces, se funden y confunden los barrios obreros estables con la economía callejera informal, dominada por actividades ilícitas o criminales, y la violencia y el miedo que estas generan, con gran circulación de armas de fuego y de drogas, más los enclaves marginales, definidos por la experiencia de un estigma de grupo y una decadencia colectiva.


¿Qué papel juega el Estado en estos cambios?

Es fundamental. Tenemos una política estatal que por dos lados aumenta y difunde la inseguridad social. Por el lado de la desregulación económica y por el lado de la restricción de los programas de protección social. Esa turbulencia y esos desórdenes sociales que son creados por la desregulación económica y el retiro de la ayuda social, hay que contenerlos de alguna manera particular.

¿Se los contiene desplegando el Estado penal?

La paradoja es que el despliegue de la policía, de la justicia criminal y las cárceles, es una respuesta que da el Estado a la inseguridad social que las políticas públicas crearon al des-regular la economía y reducir la protección social. Por eso es algo que se ve en el mundo entero. Como escribió Marx, un fantasma recorre el mundo, sí, pero no es el proletariado; es el fantasma del neoliberalismo y sus resultados.

La marginalidad y la exclusión social ¿serían un "logro" del neoliberalismo?

Es el producto necesario del neoliberalismo. En el caso de los ideólogos del neoliberalismo, se lo presenta de dos formas. Una, como un residuo del pasado: "hay mucha gente pobre, hay que esperar hasta que dejen de serlo y seguir 'neo-liberalizando' para que dejen de serlo. Y si realmente se des-regula, desaparecerán la desocupación y la pobreza". La segunda es que se trata de un fenómeno transitorio. Habría una transición entre las sociedades reguladas keynesiana y fordista, y el Estado futuro del neoliberalismo. O sea que habría un período en el que "sí, es cierto, hay muchos daños, hay muchos costos, hay mucha pobreza, pero hay que esperar" .

¿Qué respuesta da a esos argumentos?

Lo que sostengo es que esta marginalidad no es un residuo del pasado, y tampoco es un fenómeno transitorio o efímero. Es un fenómeno que está ligado al desarrollo mismo de los sectores más avanzados de la economía. Y por lo tanto está delante de nosotros, no detrás. Y está aquí para durar. Y mientras se insista en apostar a lo que se llama el camino de la economía avanzada, sin contemplar el cuadro social completo, se seguirá reproduciendo marginalidad avanzada.

¿Cuál sería la respuesta alternativa en el modo de encarar el problema ?

En América Latina se observa desde hace quince años un aumento de la violencia, de la criminalidad, del miedo en las ciudades y, por lo tanto, en reacción a ese aumento de la inseguridad y el miedo el Estado reacciona diciendo: "vamos a activar la policía, la justicia, la prisión". "Mano dura". "Tolerancia cero". Y esa reacción de utilizar el Estado penal para tratar de contener la violencia fracasa porque no toca la causa que es la inseguridad social y económica. Si se deja que la inseguridad económica siga ahí, forzosamente habrá inseguridad criminal Y se puede aumentar la policía, la justicia y las cárceles, se pueden multiplicar por dos, por tres, por cinco y poco se logrará.

Pero Usted mismo señala que el regreso del pleno empleo y el viejo Estado asistencial no es posible ni deseable.

Hacen falta políticas de largo plazo, a cinco, diez, veinte años. (Los políticos deben tener una mirada a largo plazo. Y pensar no sólo en esta generación sino en la generación que viene). Hay que tener el valor, aunque no haya una caída inmediata de la criminalidad, en sostener el crecimiento económico y el mejoramiento de empleo. Aunque es verdad, las nuevas formas de la marginalidad no se resuelven sólo con crecimiento y empleo.

¿Entonces?

Creo que hay que inventar un nuevo Estado social o prepararse para enfrentar desórdenes e inseguridad crónica. Un componente, por ejemplo, es el principio de una renta universal del ciudadano. Que cada familia tenga acceso a un ingreso mínimo independientemente del trabajo. Que los bienes públicos esenciales, la educación, la salud, la seguridad, la vivienda y el transporte sean provistos en una cuota mínima a todo el mundo. Hay que inventar nuevos programas que permitan distribuir de la manera más igualitaria posible esos bienes fundamentales para tener una sociedad democrática. Se puede empezar con un ingreso universal ciudadano o por el acceso a la educación y la formación profesional para toda la vida. Tener políticas de salud pública y de educación muy activas es la mejor lucha contra la criminalidad.

(ddooss.org)

sábado, 31 de mayo de 2008

LA NUEVA ECONOMIA, Manuel Castells


Hay un cambio económico. Estamos en una nueva economía. El término que utilizo no es casual: en los medios de comunicación de todo el mundo se está aceptando la idea de esta "nueva economía" y como no se sabe muy bien lo que es, sólo que es nueva, se la llama así. Esta "nueva economía" está organizada por la interrelación de tres grandes características:

a. Una economía basada en la información y en el conocimiento

La "nueva economía" se caracteriza porque añade valor, genera productividad y consigue competitividad, esencialmente sobre la base de información y de conocimiento. La información y el conocimiento siempre han sido importantes en todas las economías y en todas las sociedades, esto no es nuevo. Sí es nueva la capacidad de procesamiento de esta información, en términos de velocidad y complejidad, gracias a nuevas tecnologías de información y nuevas tecnologías de red. Al aplicarse este poder de procesamiento a la propia información y al conocimiento, somos capaces de utilizar en tiempo real y en cualquier circunstancia la información y el conocimiento.


Tomemos como ejemplo la empresa española Zara. Esta empresa está teniendo un gran éxito comercial en su rama industrial, y es así porque cada vendedor de la firma lleva un pequeño ordenador donde procesa rápidamente las características fundamentales de cada transacción con cada cliente: selección, formas, diseños, colores, precios, etc. Esta información pasa inmediatamente a la base de datos , se procesa y, en dos semanas, Zara rectifica la línea de productos para cada mercado. Es lo mismo que, de forma más simple porque tenían menos tecnología en ese momento, hizo la cadena GAP para desplazar a Benetton de un segmento de mercado. El gran competidor de GAP en Europa es Zara que, en estos momentos, está entrando en Estados Unidos. Zara es una empresa familiar gallega con capacidad de utilización de las nuevas tecnologías de red de información y de incorporación al proceso de producción activo. Información y conocimiento como base de productividad. Información y competitividad constituyen la primera característica de la "nueva economía".

b. Una economía global.

Por global no quiero decir que sea una economía simplemente internacionalizada, pues ésta existe desde hace muchos siglos, sino una economía en la que las actividades centrales, las actividades estratégicas tienen la capacidad de funcionar en tiempo real, como una unidad , en ámbito planetario. Es decir, la nueva economía tiene la capacidad tecnológica necesaria (sin nuevas tecnologías no habría mercado financiero globalizado trabajando en tiempo real), la capacidad organizativa (las unidades económicas están organizadas para acceder directa o indirectamente a mercados globales y consumos globales) y la capacidad institucional (sin la ola de desregulación y liberalización que se ha producido en todo el mundo en los últimos diez o quince años, no habría tampoco esta capacidad de circulación global de dinero, personas, bienes y servicios).


La nueva economía es global en el sentido expuesto aunque , no todo el mundo está en el sistema global. La economía global condíciona todas las economías pero no integra a todo el mundo. La inmensa mayoría del empleo mundial, el 85 ó 90 %, es local y regional, ni siquiera nacional. Son mercados de trabajo muy localizados. La economía es global sólo en aquellas actividades condicionantes: por ejemplo, las grandes empresas multinacionales y sus redes auxiliares (53000 empresas multinacionales y 415000 subsidiarias) sólo emplean unos doscientos millones de trabajadores, cifra muy pequeña si se la comparara con los tres mil millones de fuerza laboral global. Pero esas empresas y sus redes constituyen el 30 % del producto bruto mundial y dos terceras partes del comercio mundial, dél cual el 40 % es comercio intraempresa.

Frecuentemente se confunde la globalización con el desarrollo del comercio internacional. El comercio internacional es la consecuencia de la internacionalización de la producción de bienes y servicios y, por eso, lo fundamental es qué se produce, cómo se produce, quién lo produce y para qué se produce. El mayor porcentaje de comercio exterior, sobre su producto bruto corresponde, sorprendentemente, a Africa subsahariana, un 30 %, muy superior a la media de los países de la OCIDE (20-22 ). Pero Africa subsahariana no está en la producción transnacional, sino en el comercio de café, de cacao y de algodón, es decir, en el comercio de bajo nivel, y no está integrada en los circuitos de producción, de transferencia de tecnología, de inversión de capital productivo, etc. Por tanto, el corazón de la actividad económica sí está globalizado, pero ello no quiere decir que todo el mundo esté integrado en esa economía global. Es una economía altamente segmentada que funciona por conexión y desconexión de aquello que vale y que no vale en cada momento. Es también una economía muy dinámica , que sólo utiliza los recursos necesarios. Por tanto, el segundo elemento de la nueva economía es el cambio de la producción en términos de globalización.

c. Una economía organizada a través de empresas-red


La empresa en la sociedad de la información es una "empresa-red". Esto resulta fundamental en la transformación del proceso de trabajo y, por tanto, del proceso de aprendizaje. PRISA y Santillana son un buen ejemplo de esta organización en red.

- En primer lugar, las grandes empresas se han descentralizado en los últimos años constituyendo unidades cada vez más autónomas e independientes, que trabajan por objetivos y se relacionan entre ellas

- En segundo lugar, las pequeñas y medianas empresas son competitivas, dinámicas y flexibles, pero sólo si articulan sus recursos en redes de colaboración que permitan aunar recursos, porque, si no, serían demasiado pequeñas para entrar en el mercado.

. En tercer lugar, las redes de pequeñas y medianas empresas trabajan para redes descentralizadas de grandes empresas.

Por último, las grandes empresas constituyen alianzas estratégicas, no permanentes sino en productos determinados o para una tarea específica.

Es decir, la organización económica actual se basa en redes de redes de redes, organizadas en torno a proyectos. La unidad ya no es la empresa; la empresa es la unidad de acumulación de capital, es la unidad de gestión general de segmentos de la red, pero hay un proyecto de negocio concreto que reúne elementos de distintas empresas y subempresas y , una vez ejecutado, esa red queda desmantelada para crearse otra en torno a otro proyecto. Esto es lo que caracteriza la nueva economía: la constante movilidad de los factores de producción, de capital. Esta "empresa-red" solamente es capaz de funcionar sobre la base de tecnologías de la información interactivas.

Las redes son una forma muy antigua de organización social. Su gran ventaja es la flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante. Su gran inconveniente es la articulación y coordinación de los distintos componentes de la red en una unidad de propósito. La tecnología de la información y de la comunicación de base microelectránica permite mantener la flexibilidad y, además, asegura la coordinación del proyecto, el cumplimiento del objetivo. Queda claro, por tanto, la "empresa-red" es la forma de organización característica de nuestras sociedades.

Reproducido con autorización de Editorial Santillana de Venezuela

LA ESENCIA DEL NEOLIBERALISMO, Pierre Bourdieu

Como lo pretende el discurso dominante, el mundo económico es un orden puro y perfecto, que implacablemente desarrolla la lógica de sus consecuencias predecibles y atento a reprimir todas las violaciones mediante las sanciones que inflige, sea automáticamente o —más desusadamente— a través de sus extensiones armadas, el Fondo Monetario Internacional (FMI)Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y las políticas que imponen: reducción de los costos laborales, reducción del gasto público y hacer más flexible el trabajo.

Publicado en Le Monde, diciembre de 1998

¿Tiene razón el discurso dominante? ¿Y qué pasaría si, en realidad, este orden económico no fuera más que la instrumentación de una utopía —la utopía del neoliberalismo— convertida así en un problema político? ¿Un problema que, con la ayuda de la teoría económica que proclama, lograra concebirse como una descripción científica de la realidad?

Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.

Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.

Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios de comprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).

De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto la violencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).

Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.

Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.

Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.

¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no...

La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.

Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.

¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.

Notas

1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.

2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates [Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.

3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.

7 preguntas y respuestas sobre el Chile de Lagos y Bachelet

Nota sobre las nuevas izquierdas en Latinoamérica.

Por José Natanson, Pagina/12.com

1 ¿El modelo chileno es neoliberal?

En 1973, la dictadura de Augusto Pinochet se propuso remodelar de un sablazo la economía chilena mediante un modelo de crecimiento hacia afuera que excluyera cualquier recuerdo del socialismo de Salvador Allende. En poco tiempo, Chile diversificó sus exportaciones, realizó rotundos recortes fiscales y encaró privatizaciones masivas. Tres años antes que Argentina, que inició el giro neoliberal en 1976, y que Estados Unidos y Gran Bretaña, que tuvieron que esperar hasta los ’80 para la revolución conservadora, Chile avanzaba hacia el mundo dorado de la sociedad de mercado.

Sin embargo, pese a sus raíces innegablemente ortodoxas, ciertos rasgos propios marcan una diferencia crucial entre el modelo chileno y el neoliberalismo puro y duro. En principio, ni siquiera Pinochet se atrevió a privatizar Codelco, la empresa nacional de cobre, ni a desarmar la reforma agraria implementada por la Democracia Cristiana en los ’60, que acabó con los latifundios y fue clave para el posterior despegue de los agronegocios. El Estado, además, cumplió un rol importante, garantizando un tipo de cambio competitivo primero, y estableciendo límites al ingreso de capitales después.

En 1990, cuando Pinochet finalmente dejó el poder, algunos especularon con un cambio económico, pero los cuatro presidentes de la Concertación –los democratacristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frei y los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet– decidieron no modificar la esencia del modelo, asentado en un manejo macroeconómico riguroso, sin déficit fiscal ni inflación, una presión impositiva bajísima (18 por ciento) y una estructura fiscal regresiva (los impuestos al consumo afectan incluso a los productos más básicos, como la leche y el pan, mientras que el impuesto a la renta es muy reducido). Todo esto en el marco de leyes laborales hiperflexibles, con una de las tasas de sindicalización más bajas de la región (menos del diez por ciento) y servicios públicos carísimos.

El mercado tiene pocos límites en Chile. El año pasado, por ejemplo, Bachelet impulsó una reforma del sistema de seguridad social, una de las joyas del modelo e inspiración de transformaciones similares en varios países, que en teoría era excelente pero que arrastraba el pequeño detalle de que estaba dejando sin cobertura a... la mitad de la población. El nuevo diseño incluye una “jubilación solidaria” para quienes no aportaron los años suficientes, pero ni los sectores más progresistas de la Concertación se animaron a poner en duda el corazón del sistema, basado en el aporte individual, sin presencia del Estado.

2 ¿Hizo bien la Concertación en mantener el modelo económico?

Durante los 15 años de Pinochet Chile creció, en promedio, apenas 2,9 por ciento, según datos de la Cepal. Pese a ello, la idea del éxito económico de la dictadura se encuentra muy extendida. “Esto se explica por el contraste con el último tiempo de Allende, que fue muy caótico. Además, en los últimos dos años de Pinochet el PBI creció casi 10 por ciento. Muchos se acuerdan de eso, más que del balance general, que no es bueno”, me dijo Ricardo Ffrench Davis, uno de los economistas más reconocidos de Chile, en una entrevista en la sede de la Cepal en Santiago.

Si durante la dictadura el crecimiento fue de 2,9, en los 17 años de la Concertación promedió casi el doble (5,9), con un incremento del salario real del 3 por ciento anual, el desempleo siempre debajo del 10 por ciento y la inflación controlada. Ahí sí puede hablarse de un verdadero éxito económico, una de cuyas claves fue la diversificación de los destinos de las exportaciones, que se dirigen hacia todo el mundo pero cada vez más hacia Asia. Para ello fue fundamental la firma de tratados de libre comercio con veinte países, desde Estados Unidos y China hasta Nueva Zelandia y México, lo cual permitió que algunas empresas chilenas se transformaran en grandes multinacionales, como puede comprobar cualquier argentino que compre en Falabella o viaje por LAN.

Todo esto convirtió a Chile en el país latinoamericano que más crece y, aún más importante, el único que lo hace de manera sostenida. “La diferencia fundamental es que mucho, poco o poquísimo, Chile crece siempre. Siempre. Esa es la clave de su éxito”, me dijo el jefe de Gabinete argentino, Alberto Fernández, durante una pausa de un seminario organizado en el 2005 para debatir las estrategias económicas de los gobiernos del Cono Sur.

3 ¿El modelo económico chileno es perfecto?

Hay dos grietas difíciles de cerrar. La primera es la primarización de la estructura económica. Quienes suelen cuestionar a Venezuela por su petrodependencia deberían prestar atención a este dato: hoy, con el precio de los minerales por las nubes, el cobre representa el 45 por ciento de las exportaciones de Chile. Del resto, un 30 por ciento son otros productos primarios o elaboraciones a partir de ellos. Esta es la base de un modelo que, aunque garantiza alto crecimiento, dificulta la extensión de sus beneficios a todos los sectores sociales, pues la industrias exportadoras son en general enclaves que generan escasos puestos de trabajo.

Pero la crítica también admite matices, como me dijo el ex presidente Ricardo Lagos cuando lo entrevisté en Santiago. “El argumento tiene algo de cierto, pero suele exagerarse. Yo le pregunto a usted: si yo exporto un producto primario, por ejemplo almendras, pero colocadas dentro de una bolsita hermética, que a su vez va dentro de un cajita de cartón especial, diseñada especialmente para un hotel cinco estrellas de Europa, con el nombre y el logo del hotel, que tiene que llegar en determinado momento y en determinado volumen. ¿Qué estoy exportando? ¿Almendras? ¿Qué valor tienen las almendras en ese producto?” Lagos agregó otro ejemplo. “Tengo un amigo que exportaba ostiones congelados, hasta que se dio cuenta de que era más rentable exportarlos enfriados. Eso significa que, desde que los ostiones se sacan del Pacífico hasta que se sirven en un restaurante de París, Nueva York o Berlín, no pueden pasar más de 30 horas. ¿Qué exporta mi amigo? ¿Ostiones? ¿O exporta know how, tiempo, eficiencia?”

Pero aun admitiendo que la primarización de la estructura económica no es para tanto, hay una segunda grieta imposible de ocultar: la desigualdad. En Chile, la distancia entre el 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre de la población es de 14 veces. En sus cuatro gobiernos, la Concertación implementó una serie de programas sociales orientados a combatir la pobreza y, al mismo tiempo, mejorar la distribución del ingreso. Lo primero fue posible; lo segundo no. Cuando le planteé el tema, Lagos me dijo que, si se suman las inversiones en educación y salud, la distancia se reduce de 14 a 8. Es cierto, pero también es verdad que sigue siendo superior a la de Argentina, Venezuela o Perú.

4 ¿Es Chile un modelo para los países de América latina?

El éxito económico de Chile se explica por una serie de características particulares. Es un país de talla intermedia, que contaba con una buena dotación de capital humano antes del golpe de Pinochet, con un Estado relativamente eficiente, donde el cobre funciona como fuente permanente de divisas y que además tiene ciertos rasgos geográficos particulares: por ejemplo, es un país muy limpio desde el punto de vista fitosanitario, casi una isla por la cordillera y el mar. Además, últimamente se ha beneficiado de su ubicación sobre el Pacífico, que le permite aprovechar la creciente demanda asiática, tanto para la exportación de sus productos como para la salida de las exportaciones de Argentina y Brasil. Como Venecia en el siglo XIII, Chile se consolida como puente entre Oriente y Occidente.

Por eso, aunque por supuesto tiene aspectos muy positivos, el modelo chileno no es exportable al resto de la región. “Se ha puesto a Chile como modelo y nosotros hemos dejado que nos utilicen para eso. Yo siempre digo que somos los mejores alumnos de la clase, pero que no somos los mejores compañeros”, me dijo Carlos Ominami, ex ministro de Economía y actual senador socialista, cuando le pregunté por el tema. “A mí me pasa –-continuó Ominami– que vienen de algunos países africanos y nos dicen: ‘Nosotros hicimos lo mismo que ustedes y no funcionó’. Y por supuesto, ¿cómo va a funcionar si son países completamente diferentes? ¿Qué tiene que ver Chile con Africa?”

5 ¿La Concertación es de izquierda?

El tema es resbaladizo, pero si partimos del supuesto de que la principal misión de la izquierda es combatir la pobreza, entonces la respuesta no es tan difícil. En 1989, en el último año de la dictadura de Pinochet, pese al exitoso modelo económico (o como resultado de él), la pobreza había trepado al 45 por ciento. Hoy se ubica en 13,2, el porcentaje más bajo de América latina, con una tasa de indigencia de 3,2, casi casi la de un país desarrollado.

Esto fue posible gracias al crecimiento económico sostenido, la extensión de los servicios sociales desde el inicio de los gobiernos de la Concertación y la implementación del Plan Chile Solidario, creado por Lagos y profundizado luego por Bachelet, que consiste en una transferencia de dinero a las familias más pobres a cambio de una serie de contraprestaciones, desde llevar a los chicos al médico hasta sacar en carnet de identidad.

Los progresos son innegables, pero no deberían ocultar las asignaturas pendientes: las políticas sociales, aunque sirvieron para atacar la pobreza y la indigencia, parecen incapaces de enfrentar otros problemas, más complejos, como la precariedad del trabajo, en general mal pago y sobrexplotado, o las crecientes demandas de una clase media baja que no logra incorporarse a un boom de consumo que ha alcanzado niveles obscenos. “Hay dos agendas sociales: la de la pobreza, en la que hemos sido bastante exitosos, y la de la desigualdad, en la que tenemos que seguir trabajando”, me dijo Luis Maira, embajador de Chile en la Argentina, cuando le pedí una evaluación de los progresos sociales de la Concertación.

6 ¿La izquierda chilena avanzó en otros aspectos?

Caso único en el mundo, Chile no cambió su marco institucional con el fin de la dictadura y siguió rigiéndose por la Constitución de Pinochet, que incluía una serie de cláusulas que limitaban el margen de acción de los presidentes democráticos, que no podían designar a los jefes militares ni intervenir en la política de defensa y que además sufrían un bloqueo legislativo permanente de los “senadores institucionales”, un puñado de carcamanes designados por Pinochet como legisladores vitalicios. Este sistema de democracia atenuada retrasó absurdamente ciertas reformas elementales: Chile, pese a su modernidad económica, fue el último país del Hemisferio Occidental (a excepción de Malta) en aprobar la ley de divorcio.

Esto recién comenzó a cambiar en 1998, cuando Pinochet fue detenido en Londres y se conocieron sus millonarias cuentas secretas, revelación que a un sector de la sociedad chilena escandalizó más que los crímenes cometidos por su gobierno. Se creó así un cierto clima de destape, un poco como el de la España pos-Franco, que permitió el surgimiento de nuevas manifestaciones culturales, como la irreverente revista The Clinic, y hasta el cierre del Comité de Censura, que estaba integrado por policías y militares y que ya no pudo impedir la exhibición de La última tentación de Cristo. Finalmente, tras un larguísimo trámite parlamentario, Lagos logró la aprobación de una serie de reformas que eliminaron los últimos resabios autoritarios de la Constitución.

7 ¿Tiene futuro la izquierda chilena?

Michelle Bachelet asumió el gobierno con la promesa de mezclar continuidad (del modelo económico) y cambio (de los aspectos más negativos del modelo, en especial la desigualdad social). Su condición de mujer le permitió a la Concertación proyectar una imagen renovada sin arriesgar su esencia. Sin embargo, al poco tiempo comenzaron a surgir una serie de problemas imprevistos: las protestas estudiantes, las manifestaciones indígenas y el caos del Transatiago, el fallido intento de reorganización del transporte de la capital.

La popularidad de Bachelet ha caído a menos del 45 por ciento. Pese a ello, sería un error pronosticar el final de la Concertación. En principio, dos de los candidatos más populares para las elecciones presidenciales del 2010 –el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y el mismo Lagos– pertenecen a la coalición. Pero hay un factor más estructural. Desde la recuperación democrática, la sociedad chilena ha estado divida en dos bloques, continuidad del voto por el Sí o por el No a Pinochet en el plebiscito de 1988. Aquella vieja división, pese a los intentos de Sebastián Piñeira de construir una derecha más democrática, prevalece hasta hoy. Tal vez la muerte de Pinochet cambie las cosas, pero mientras la frontera política esencial siga siendo ésa, la Concertación tiene buenas chances de mantenerse en el poder.

7 preguntas y 7 respuestas sobre la Bolivia de Evo Morales

NOTA SOBRE LAS NUEVAS IZQUIERDAS EN LATINOAMERICA

Por José Natanson, Página/12

1 ¿Evo Morales es indigenista?

Con una madre aymara que en español sólo sabía el Padrenuestro, criado en una casa de barro en un pueblito perdido de Oruro, Evo Morales vivió una infancia de una pobreza difícil de imaginar, con cuatro de sus siete hermanos muertos a poco de nacer y el hambre siempre acechando. Su asombrosa trayectoria política sólo se entiende como parte del proceso de reafirmación indígena surgido en los ’70, que tuvo en el katarismo –en referencia a Túpak Katari, el caudillo aymara descuartizado por los españoles durante el cerco a La Paz de 1781– su sector más radical, y que consiguió su primer reconocimiento en 1994, con una reforma constitucional que estableció el carácter “pluricultural y multiétnico” del país e inauguró la educación bilingüe en las escuelas.

Esto sucedió durante la presidencia neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada, algo que a primera vista puede parecer una paradoja pero que quizás no lo sea tanto: el reemplazo de la idea de clase por la de etnia o cultura sintonizaba perfectamente con la espíritu anti-Estado-nación que defendía el pensamiento en boga. Con un problema: los indígenas bolivianos no son minorías a las que hay que proteger, sino amplias mayorías excluidas, cuya discriminación étnica se superpone, retroalimentándose, con la desigualdad social. Una realidad más parecida al apartheid sudafricano que a las imágenes de esos indios posmodernos y coloridos que a veces aparecen en National Geographic.

El fracaso de estas primeras operaciones de apertura en clave neoliberal, que sólo cambiaron cosméticamente la situación, consolidó en el movimiento indígena la idea de que era necesario construir un instrumento político propio para llegar al poder y desde allí cambiar las cosas. El gran acierto de Evo Morales fue lograr la confluencia entre el reclamo indígena y otras corrientes políticas –antineoliberales, nacionalistas– detrás de un único proyecto político. “Si fue Evo Morales y no Felipe Quispe quien accedió al lugar de primer presidente indígena de Bolivia, fue porque logró articular un proyecto nacional frente a la perspectiva aymaracéntrica”, escribió Pablo Stefanoni (Nueva Sociedad 209, mayo-junio del 2007). En otras palabras, supo expresar políticamente a los campesinos de las zonas más atrasadas del interior, pero también a los indígenas y mestizos urbanos incorporados al mercado de consumo, que usan jeans y zapatillas, se conectan a Internet y en muchos casos han abandonado definitivamente el quechua y el aymara.

2 ¿Qué importancia tuvo la coca la carrera de Evo Morales?

Aunque la coca se cultiva desde la invasión de los Incas, el verdadero boom comenzó a mediados de los ’80, cuando el cierre de las minas de estaño y una brutal sequía en el altiplano produjeron una migración masiva hacia el Chapare, una zona fértil del trópico, justo en un momento en que en Estados Unidos se ponía de moda la cocaína, la droga que sintonizaba bien con el acelerado espíritu yuppie de la época.

La coincidencia entre demanda y oferta produjo una expansión geométrica de las plantaciones de coca, cultivo que cuenta con una serie de ventajas que no posee ningún otro producto: emplea gran cantidad de mano obra, no requiere mucho capital ni fertilizantes, ni una infraestructura especial; uno compra o alquila un lote y lo único que precisa, además de brazos bien dispuestos, son los plantines. Además, la coca resulta rentable aún en pequeñas parcelas. Como diría un economista, no requiere economías de escala. Clásico cultivo de minifundio, la coca se parece al café, con la diferencia de que rinde tres cosechas al año en lugar de una.

Mientras la coca se expandía, la guerra contra las drogas desatada por Ronald Reagan forzaba a los sucesivos gobiernos bolivianos a ensayar una serie de estrategias de erradicación que fracasaron una otra tras otra, tanto por la falta de incentivos para los productos sustitutos como por la creciente brutalidad policial. La reacción del movimiento cocalero fue cohesionarse y fortalecerse y luego presentarse a elecciones, ganar primero algunas intendencias, después un diputado nacional y finalmente la presidencia. En este sentido, el ascenso de los cocaleros al poder es resultado de un proceso que combinó triunfos electorales con métodos de acción directa, los bloqueos y piquetes que terminaron anticipadamente con dos gobiernos y que finalmente concluyeron con su llegada al poder.

3 ¿El gobierno de Evo Morales es revolucionario?

Si Hugo Chávez habla en Venezuela de su “revolución bolivariana” y si Rafael Correa define a su proyecto como una “revolución ciudadana”, Evo Morales también apela de tanto en tanto a la vieja palabra, aunque el adjetivo que la acompaña no está del todo claro. Por eso, más allá de las definiciones, tal vez la mejor forma de acercarse a una respuesta sea analizar los motivos y el impacto de la decisión más radical de su gobierno: la nacionalización de los hidrocarburos.

El decreto de nacionalización, sorpresivamente anunciado en enero del 2006 y teatralizado con la ocupación militar de los campos gasíferos, obligó a las empresas privadas a ceder la totalidad de su producción y la mayor parte de sus acciones al Estado. Además, ordenó un incremento de las regalías del 50 al 82 por ciento. Las grandes compañías extranjeras como Petrobras y Repsol, aunque al principio amenazaron con retirarse, aceptaron reformular los contratos bajo las nuevas condiciones, lo que le permitió al gobierno cumplir su objetivo de aumentar la participación estatal sin producir un desplazamiento total de las inversiones extranjeras.

El incremento del porcentaje obtenido por el Estado, junto al aumento de los precios internacionales y la renegociación de los valores de las exportaciones a Argentina y Brasil, le permitieron al gobierno mejorar sus ingresos fiscales. Según la Cepal, aumentaron 47 por ciento desde la firma del decreto. Conviene entonces matizar las críticas sobre el populismo de Evo Morales apuntando que, para envidia de más de un neoliberal, su gobierno es el fiscalmente más sólido del último medio siglo. Con un superávit de 4,5 por ciento, reservas record y una deuda externa en disminución gracias a las condonaciones del Banco Mundial y el BID, la macroeconomía luce estable y ordenada. En Bolivia nadie se preocupa mucho por el ministro de Hacienda, pues la atención permanece en la crisis política, pero no está de más dedicarle dos líneas: Luis Arce Catacora es un funcionario de carrera del Banco Central con un posgrado en Inglaterra, que habla inglés y portugués y no reniega de las medidas rigurosas. Es, de hecho, el responsable de aplicar la ortodoxa política de metas de inflación para controlar la suba de precios.

4 ¿El gobierno apuesta a un sector económico poscapitalista?

Eso, al menos, me dijo Alvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia y referente intelectual de una parte de la izquierda de su país, cuando lo entrevisté en su departamento lleno de libros en La Paz. “Nuestra economía tiene un espacio capitalista que hay que fortalecer. La diferencia con los otros gobiernos es que ya no se trata de un capitalismo de camarilla, endogámico y especulativo, sino de un capitalismo productivo. Pero también hay sector no capitalista, o poscapitalista, que son las fuerzas comunitarias tradicionales. Se encuentran fragmentadas y dispersas, pero tienen en su interior mucho potencial. Es una estructura muy amplia: el 90 por ciento de la economía campesina es de tipo familiar-comunitaria.”

Suena bien. Sin embargo, parece difícil que un sector de estas características –baja productividad, escasísima incorporación de tecnología, escala reducida– pueda utilizarse para algo más que la elemental autosustentación. Para García Linera, sin embargo, hay allí un potencial productivo. “Nuestro gran reto es convertir a la comunidad en una fuerza poscapitalista. ¿Qué de todo esto podremos desarrollar? No sabemos. Pero creemos que lo central es que se están alumbrando cosas que van más allá de una mera readecuación democrática a un capitalismo maduro ya existente.”

5 ¿Evo Morales está logrando avances en la lucha contra la pobreza?

El punto de partida es desolador. Bolivia es, después de Haití, el país más pobre de América latina, con 63, 9 por ciento de pobreza y 34,7 de indigencia, el triple de mortalidad infantil que en Argentina, la segunda esperanza de vida más baja de la región y uno de los peores índices de distribución del ingreso del continente.

Tal vez todavía sea pronto para evaluar el desempeño de Evo Morales en este aspecto. Desde su asunción, la economía creció a un ritmo razonable: 4,6 por ciento en el 2006, 3,9 en el 2007 y se estima un 4 por ciento en el 2008. Aunque no hay datos fehacientes, es probable que la pobreza haya disminuido ligeramente por la extensión de algunos programas sociales, como el Bono Juancito Pinto de apoyo escolar, y el incremento de las pensiones. “Estamos buscando un camino distinto”, me dijo Juan Ramón Quintana, ministro de la Presidencia de Bolivia, cuando conversé con él en la sede de la embajada de su país en Buenos Aires. “Los recursos obtenidos por la nacionalización nos permitieron fortalecer las inversiones sociales, apoyar con créditos los microemprendimientos, la economía familiar, la pequeñas empresas. Pero no es algo que se pueda hacer de un día para el otro.”

El problema que se interpone en estos planes es la dualidad estructural de la economía boliviana: por un lado, el sector minero e hidrocarburífero, más algunos pocos exportadores de soja, joyas y cuero, hiperproductivos y modernos; por otro lado, decenas de miles de pequeños emprendimientos atrasados y de bajísima productividad. La dificultad deriva del hecho de que el primer sector, que genera el 60 por ciento del ingreso, emplea a sólo el 7 por ciento de la población, mientras el segundo, que explica el 40 por ciento del ingreso, emplea al 83 por ciento de la mano de obra. El último informe del PNUD sobre Bolivia sostiene que cambiar este patrón económico es la clave del desarrollo. De otra forma, el país podrá crecer, pero será un crecimiento empobrecedor, tal como explicó Salvador Ric, ex ministro de Obras Públicas de Evo Morales, quien hizo cálculos y llegó a la siguiente conclusión: a este ritmo y con este patrón de crecimiento, Bolivia tardará 20 años en alcanzar los niveles de desarrollo de... Paraguay.

6 ¿Qué falta para la sanción de una nueva Constitución?

Seis meses después de la llega al poder de Evo Morales se realizaron las elecciones constituyentes, en las que el oficialismo se impuso claramente, aunque sin lograr los dos tercios necesarios para poder definir por sí solo las reformas planteadas. El plebiscito acerca de las autonomías departamentales, que se realizó en simultáneo, arrojó un triunfo del No –la postura defendida por el gobierno– en el total nacional. Sin embargo, el Sí se impuso en cuatro departamentos: Santa Cruz, Tarija, Pando y Beni. La asamblea se reunió y, tras un año y medio de sesiones, no logró acordar un solo artículo.

El golpe de timón llegó en noviembre del 2007, cuando los asambleístas alineados con el gobierno se reunieron en un cuartel militar y, con dos tercios de los convencionales presentes (no del total), aprobaron en una sola sesión 400 artículos: entre otros, la recuperación del rol del Estado en la economía y la prohibición de la privatización de los servicios básicos. Al día siguiente, los prefectos de los departamentos rebeldes anunciaron que desconocían la nueva constitución y que convocarían a plebiscitos autonómicos. El gobierno respondió con un anuncio de elecciones, pero fue desautorizado por la Justicia.

Este complicado enredo institucional no debería ocultar el diagnóstico esencial: el empate que paraliza a Bolivia. A diferencia de Chávez, que en los primeros años de gobierno logró el monopolio absoluto de la iniciativa política, Evo Morales enfrenta a una oposición que, si bien cuantitativamente minoritaria, cuenta con poder, dinero y recursos. La lidera Santa Cruz, el departamento más próspero de Bolivia, que origina el 30 por ciento del PIB nacional, genera el 62 por ciento de las divisas y recibe el 47,6 por ciento de la inversión extranjera. Es además la región más integrada al Mercosur y la que ostenta lo más parecido a una industria manufacturera que hay en el país. Basta caminar unas horas por las calles de Santa Cruz, atestadas de 4x4, para hacerse una idea de una prosperidad que allí se lleva como un estandarte de progreso individual en un país acostumbrado al fracaso económico.

Como Cataluña en España, Santa Cruz es un centro de poder económico que reclama para sí margen de maniobra político y una mayor proporción de la renta, que ha conseguido arrastrar en su reclamo a los departamentos contiguos y que hoy es el núcleo de la oposición política al gobierno. Es una pulseada por poder político y recursos económicos que, sin embargo, no debe confundirse con una pretensión separatista, plan inconcretable por una larga serie de motivos, que van desde la seguridad de que ningún país vecino tolerará una secesión hasta el detalle económico de que, pese a todo, el principal mercado de Santa Cruz sigue siendo... Bolivia.

7 ¿Hay una salida para Bolivia?

El cambio político inaugurado por Evo Morales en enero del 2006 es el más profundo y radical de todos los se están produciendo hoy en América latina. Si el proceso refundacionista venezolano se limitó a una rotación de elites con masivas políticas sociales, el boliviano apunta a la incorporación de una enorme mayoría indígena excluida (según el último censo, el 64 por ciento de la población) en un doble sentido: económico y político. Lo primero es difícil en un país que, además de pobrísimo, no ha logrado diversificar su estructura productiva (el 75 por ciento de sus exportaciones son hidrocarburos y alimentos) y cuyo crecimiento, aunque algo mejor, sigue siendo bajo. En cuanto a la incorporación política, más allá de la enorme revolución simbólica que implicó la llegada al poder de Evo Morales, tampoco está cerrada. El gobierno no ha logrado extender su influencia a las regiones rebeldes del Oriente y, en un contexto de creciente polarización, corre el riesgo de perder el apoyo de las clases medias. Transformar su proyecto refundacionista en un mínimo consenso nacional –el ejemplo de Nelson Mandela– implicará tarde o temprano conceder y negociar, sin dejar de lado los reclamos de justicia: un equilibrio complicado en un camino apenas más ancho que una cornisa.

7 preguntas y 7 respuestas sobre el Brasil de Lula

NOTA SOBRE LAS NUEVAS IZQUIERDAS EN LATINOAMERICA

Por José Natanson, Pagina/12.com

1

¿La política económica de Lula es neoliberal?

Desde su llegada al gobierno, en enero del 2003, Lula aplicó una rigurosa política fiscal, medidas antiinflacionarias y el dudoso record de fijar la tasa de interés más alta del mundo (26,5 por ciento). La explicación se encuentra en la profunda crisis económica que golpeó a Brasil en los meses previos al triunfo de Lula, en buena medida consecuencia de los desequilibrios acumulados en los últimos años por Fernando Henrique Cardoso, pero también resultado del temor de los mercados ante el ascenso del primer presidente obrero de la historia de Brasil y, por supuesto, un subproducto previsible de la crisis argentina del 2001. Aunque las diferencias entre el neoliberalismo aplicado en ambos países son importantes (Cardoso devaluó el real a tiempo, implementó una reforma fiscal clave y se cuidó de privatizar empresas estratégicas como Petrobras), el fantasma de un estallido estaba muy presente en Brasil, a punto tal de condicionar las primeras decisiones económicas de Lula. Su ministro de Hacienda, Antonio Palocci, lo dijo claramente en una reunión con un grupo de diputados del PT que, enojados y refunfuñantes, cuestionaban la decisión de mantener las líneas maestras de la macroeconomía de Cardoso. “Nos dejaron el país quebrado. ¿Acaso quieren que terminemos como Argentina?”

2

¿Hizo bien Lula en continuar con las políticas macroeconómicas de Cardoso?

Quienes critican la estrategia continuista exhiben números en apariencia inapelables. Desde que asumió Lula hasta el año pasado, Brasil creció en promedio 2,6 por ciento, muy por debajo de la media latinoamericana. De hecho, por momentos ha ocupado los últimos lugares del ranking junto a países como Haití y Guatemala. Para los más críticos, esta performance decepcionante es consecuencia directa de la ortodoxia fiscal, las altas tasas de interés y el tipo de cambio sobrevaluado. Luiz Carlos Bresser-Pereira, economista y ex ministro de Hacienda, me dijo en una entrevista en San Pablo que los motivos del bajo crecimiento de su país no son muy misteriosos. “Es un típico caso de enfermedad holandesa. Se llama así porque ocurrió en Holanda cuando se descubrió gas, y los recursos y las inversiones, en lugar de destinarse a la industria y la infraestructura, se orientaron a la extracción de hidrocarburos. También puede venir de la abundancia de otros recursos naturales, como soja, carne, trigo. Al tener un costo marginal muy bajo, se genera una sobrevalorización del tipo de cambio. En países como Brasil, esto impide que las industrias sean competitivas y termina aplastando el crecimiento.” Los defensores de Lula reconocen el problema, pero argumentan que Brasil es un país económicamente muy complejo, que ostenta una posición en el mercado mundial que lo obliga a competir con una industria eficiente y tecnificada, por lo cual no puede permitirse una estrategia proteccionista de dólar devaluado como la de Argentina, y mucho menos arriesgar la estabilidad económica. “Cuando recién asumimos –me dijo en Buenos Aires Marco Aurelio García, asesor de Lula en temas internacionales– se había instalado la idea de que un gobierno nuestro traería una inestabilidad política como la de Venezuela y una inestabilidad económica como la de Argentina.” Desde esta perspectiva, era necesario emitir señales tranquilizadoras para controlar la inflación y alejar el fantasma del default, y después sí agregar medidas de orientación desarrollista que, según los defensores de Lula, marcan una diferencia clara con las políticas de Cardoso, como el fortalecimiento del banco nacional de desarrollo, el BNDES, cuyos préstamos hoy superan a los del Banco Mundial y el BID sumados, y el refuerzo de empresas como Petrobras. Además, claro, del Plan de Aceleración del Crecimiento, un megaprograma de incentivos fiscales e inversiones por 240 mil millones de dólares lanzado en enero del 2007, luego de que Lula obtuviera su reelección. Y como las estadísticas son como los sueños, que cada uno interpreta a su modo, también pueden darle la razón a Lula: en el 2006, Brasil creció 3,7, un porcentaje inferior al promedio regional pero superior al de los años anteriores, y el año pasado 5,3 por ciento, su mejor marca en una década, sin desequilibrios en el horizonte, con una deuda externa relativamente baja y –a diferencia de la Argentina– con la inflación totalmente controlada.

3

¿Lula traicionó a la izquierda?

La pregunta puede parecer abstracta, pero viene a cuento de la reacción de intelectuales y políticos que acusan a Lula de haber renegado de sus ideales. En principio, salvo los desinformados o negadores, nadie debería sorprenderse mucho: en el 2002, en plena campaña electoral, el FMI ofreció un paquete de salvataje a Brasil de 30 mil millones de dólares con la condición de que todos los aspirantes a la presidencia –o sea Lula– se comprometieran a aplicar un programa ortodoxo. Y Lula, presionado por la crisis financiera, aceptó firmarlo.

Pero el giro no debería ser visto como un simple intento de adaptación oportunista, sino como el resultado de un largo proceso de aprendizaje, consecuencia de las derrotas presidenciales anteriores y de la experiencia del PT en la gestión de grandes ciudades, incluyendo San Pablo: una cosa es cantar en los fogones del Foro Social Mundial y otra muy distinta gobernar megalópolis con enormes problemas y un presupuesto limitado. Las cosas se aprenden de ese modo. Y también de escuchar a la sociedad, que tras diez años de neoliberalismo comenzaba a desencantarse con Cardoso, pero que no estaba dispuesta a tirar por la borda los avances de modernización y estabilidad que tanto esfuerzo habían costado. En este sentido, el ascenso del PT fue una consecuencia tanto de los fracasos como de los éxitos de Cardoso, por lo que es natural que su estrategia económica haya contemplado este balance.

4

¿Lula está haciendo cosas por los pobres?

Lula asumió el poder con la promesa de que, al cabo de cuatro años de mandato, todos los brasileños tendrían garantizadas sus tres comidas diarias. No lo logró, pero avanzó mucho. Su estrategia consistió en fusionar una serie de programas creados por Cardoso en uno solo, el Bolsa Familia, y luego ampliar la cobertura. En el 2003, antes del triunfo del PT, 3,6 millones de familias recibían el programa; hoy el beneficio llega a 11 millones de familias, 44 millones de personas, lo que equivale a un cuarto de la población brasileña y supera al total de habitantes de la Argentina.

El programa consiste en una transferencia de dinero a los hogares más pobres, que se entrega mensualmente a las madres y que exige como contrapartida mantener a los niños en el sistema escolar y llevarlos periódicamente al médico, lo cual contribuye a prevenir enfermedades, combatir la deserción escolar y atacar el empleo infantil. Cada familia recibe en promedio 34 dólares, lo cual parece poco, pero no tan poco si se tiene en cuenta que en Brasil una familia en situación de extrema pobreza gana 68 dólares mensuales. En muchos casos, es la diferencia entre la vida y la muerte.

La decisión de Lula de focalizar las políticas sociales en la población pobre en lugar de aplicar criterios universalistas suele ser muy criticada, pero conviene tener cuidado con las simplificaciones. En principio, un plan que llega a 44 millones de personas difícilmente pueda definirse como “focalizado”. Pero además no está clara la alternativa, pues la idea de un subsidio universal en un país como Brasil es directamente absurda. El camino elegido por Lula es por supuesto discutible, sobre todo por los límites para cambiar las estructuras profundas de la desigualdad, pero en absoluto ineficaz: el Bolsa Familia, junto a otras medidas como el aumento del salario mínimo, produjo una reducción de la pobreza, que hoy se ubica en el 33 por ciento, contra casi 37, 5 cuando asumió el gobierno.

5

¿La situación institucional de Brasil le pone límites a Lula?

Vicente Palermo, el argentino que mejor conoce la política brasileña, sostiene que, a diferencia de países como Venezuela y la Argentina, en Brasil existen una serie de factores que limitan seriamente el margen de acción de los presidentes. “Uno podría pensar que, al ser un país tan grande y poderoso, el presidente cuenta con mucho poder, pero en realidad no es así”, explica Palermo.

Entre los límites más importantes figura el sistema de partidos, que es tan complicado que hay que estudiar varios años para entenderlo e incluye hasta partidos de aluguel (alquiler), pequeñas agrupaciones con personería jurídica que en vísperas de elecciones se venden al mejor postor y que luego se descartan. También pesan los poderes estaduales, una sociedad civil activa y atenta (aunque poco propensa a la acción directa) y las grandes burocracias intocables, a los que ningún presidente se les anima, como la cancillería de Itamaraty o el Banco Central.

Como todos los presidentes brasileños, Lula carece de mayoría legislativa, por lo que se ha visto obligado a buscar acuerdos parlamentarios con todo tipo de partidos. Esto explica sus dificultades para avanzar en políticas más radicales y permite entender –aunque no justificar– la crisis que estalló en el 2005, cuando se revelaron los pagos de mensualidades a legisladores opositores a cambio de su apoyo al gobierno, en una serie de escándalos que incluyó la detención en un aeropuerto del asesor del PT, José Adalberto Viera da Silva, acusado de llevar 100 mil dólares en sus calzoncillos. “Eso es lo que yo llamo dinero sucio”, escribió José Simao, el filoso humorista del Folha de São Paulo.

6

¿Brasil quiere liderar América latina?

Probablemente no América latina, pero seguramente sí América del Sur. Brasil ocupa el 47 por ciento de la superficie y limita con 10 de los 12 países de Sudamérica, tiene la mitad de la población y un PBI de casi 800 mil millones de dólares, lo que implica la mitad del sudamericano y cuatro veces el de Argentina, siete el de Chile y 80 veces el de Bolivia.

Durante décadas, la singularidad lingüística y cultural de Brasil convenció a sus gobernantes de que lo mejor era imponer una distancia altiva en sus relaciones con el resto de la región, pero la estrategia cambió en 1985, con el fin de las dictadura y la distensión con Argentina, su tradicional competidor regional y actualmente su socio más confiable. Desde aquel momento, Brasil comenzó a impulsar la integración regional, primero a través del Mercosur y luego de la Comunidad Sudamericana. Durante la etapa de Cardoso, el esfuerzo integracionista tuvo un perfil más económico, orientado al intercambio comercial, pero desde la victoria de Lula se ha ido complementado con una serie de medidas políticas: Brasil lideró la misión de Naciones Unidas en Haití, envió comisiones de mediación a las crisis de Ecuador y Bolivia y juega un papel central como gran contenedor regional de Venezuela.

Todas estas iniciativas parten de la idea de que el desarrollo de un país de dimensiones continentales como Brasil nunca será posible en un entorno regional convulsionado, lo cual se traduce en proyectos positivos pero también genera problemas: los socios más pequeños del Mercosur, Uruguay y Paraguay, acusan a Brasil de no entender la importancia de reducir las asimetrías, como demuestra el hecho de que los fondos de compensación –pálida copia de los Fondos Estructurales de la Unión Europea– apenas alcancen los 100 millones de dólares. Además, claro, de las tentaciones subimperialistas, como la agresiva política de Petrobras en Bolivia y el sello arquitectónico de esta inclinación: la embajada brasileña en La Paz, una imponente mole de hormigón y vidrio, no tan fea pero casi tan grande como la embajada de la ex Unión Soviética en Berlín Oriental.

7

¿Tiene futuro la izquierda brasileña?

En el 2010 Lula habrá gobernado dos períodos, sin posibilidad de reelección. El PT, pese a los golpes, conserva su lugar en el escenario político, pero tiene un déficit de candidatos, ya que algunas de sus figuras más fuertes tuvieron que dejar el gobierno tras los escándalos de corrupción, y ninguno de los posibles postulantes tiene el peso político del actual presidente. Pero lo central, más allá de las especulaciones electorales, es que la presidencia de Lula dejará una fuerte impronta en la historia brasileña, al igual que la gestión de Cardoso, dos buenos presidentes no tan diferentes entre sí, aunque el tiempo histórico de cada uno y su lugar en el campo político sí fueron muy distintos. El PT, sin candidatos de peso, se expone a una derrota en el 2010, aunque esto no necesariamente implicará un cambio radical en la política económica, en la estrategia de inserción internacional ni en los programas sociales de Brasil: algunas decisiones de Lula, en particular la extensión de la cobertura social a los sectores más pobres, difícilmente puedan desactivarse sin generar resistencia. Tal vez sea éste, más allá de los resultados electorales, el gran triunfo de la izquierda brasileña.