
martes, 3 de junio de 2008
LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU

sábado, 31 de mayo de 2008
PIERRE BOURDIEU: CONFERENCIA MAGISTRAL SOBRE SU TRAYECTORIA INTELECTUAL.
Primero, quiero decir cuan feliz me sientode tener la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil, volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes. Antes de describir las grandes etapas de mi itinerario, como me lo pidió uno de ustedes, quisiera señalar las intenciones mayores que, desde el principio, inspiraron mi trabajo.
En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera fría, fríamente científica, problemas políticamente candentes, es decir, a la vez importantes y difíciles: ello, contra la idea de "neutralidad axiológica" que siempre me pareció una hipocresía conservadora, y a fin de profesionalizar el pensamiento crítico (contra la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y su radicalismo "chic" y contra el "izquierdismo a lo francés" —gauchisme à la française—). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante la guerra de liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores de la universidad en vísperas del movimiento de mayo del ’68, etc., etc. Las implicaciones políticas de mis investigaciones no eran visibles, especialmente cuando uno estaba encerrado en dicha problemática progresista tradicional (ponía el acento en la dimensión simbólica de las prácticas, pensando —y lo pienso todavía— que éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social, y, por consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras intentaba producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva manera de hacer sociología exigía mucho trabajo, de parte del productor y también del lector... Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una ruptura con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor parte de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores dominados por el modelo americano de la investigación empírica, como Lazarsfeld. Y así, hubo investigadores norteamericanos de inspiración marxista (Erik Olin Wright, Classes, 1985) que combinaron el marxismo a la manera de Poulantzas con el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld para producir estudios empíricos de las clases muy abstractos y poco instructivos. Otra dificultad de la empresa era entrar en una verdadera competencia con la sociología dominante, representada en ese momento por tres nombres: Parsons, Merton y Lazarsfeld; había que reconquistar, si se puede decir así, las armas científicas monopolizadas por la sociología norteamericana, en aquel entonces dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo, aún en el más concreto, más estrictamente empírico, grandes problemas teóricos, sobre los cuales los filósofos, hasta los marxistas, se contentaban sólo con discutir. Por ejemplo, una de las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de hacer empíricamente la distinción, muy importante en aquel entonces, y también ahora, entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el proletariado, la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de aspiraciones milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología, en etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba la filosofía de inspiración fenomenológica, como la de Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en mi trabajo que merece ser imitado (y no sólo discutido) es el esfuerzo para superar la oposición entre teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y la investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he producido o perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia al hecho de que he practicado, como todo científico, un eclecticismo selectivo y acumulativo y he intentado totalizar las conquistas mayores de la ciencia social ignorando oposiciones y divisiones más religiosas que científicas, como entre marxismo y weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo, o entre estructuralismo y fenomenología (o etnometodología).
| Nota bibliográfica Sergio Lorenzo Sandoval Aragón Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons d’agir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000). Referencias bibliográficas citadas por el conferenciante |
La primera fase de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología. Estudié principalmente la lógica de la economía precapitalista (especialmente la postura en relación con el tiempo que pide y que favorece); el rechazo del cálculo, especialmente en los intercambios internos, etc. En una segunda fase, estudié las estructuras del parentesco, problema exaltado por las investigaciones de Lévi-Strauss; y en un tercer momento, los sistemas mítico-rituales. Sobre los problemas de parentesco, las sociedades árabobereberes constituyen un desafío para la teoría levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima paralela, hija del hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol de instrumento de circulación de las mujeres y de los bienes que le es impartido1 en el modelo levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo: 1). Utilizando la estadística —que no se utiliza casi entre los etnólogos—, descubro que la tasa de casamientos conforme a la "regla", es inferior al 5%; 2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular de Wittgenstein, sobre lo que significa "seguir una regla" me ayudan a alejarme de la teoría estructuralista de la acción (de la cual Althusser ha dado la formulación más extrema y más absurda, reduciendo al agente al rol de Träger,2 portador de la estructura); 3). Las investigaciones que llevo sobre el matrimonio en Béarn, provincia del Sur de Francia de la que provengo, lo que me permite dirigir sobre las prácticas una mirada menos alejada que la del etnólogo estructuralista; ello me indujo a descubrir que los agentes pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales, por intereses en el sentido amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar de una explicación del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción del casamiento como una estrategia de reproducción, orientada por intereses materiales y simbólicos, y explicable —en cuanto tal—, por un conjunto de factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que realicé en la misma época, me conducen a cuestionar la visión estructuralista: los sistemas míticos y las prácticas rituales, obedecen a lógicas prácticas que es necesario analizar lógicamente sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente, y esto ha sido sin duda la oportunidad de mi vida, emprendo investigaciones sociológicas más clásicas sobre la estructura social de la sociedad argelina. Descubro en esta ocasión lo absurdo de la división entre etnología y sociología. ¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de los trabajadores lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por el rechazo del cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por la colonización? Empresa tanto más difícil cuanto que la mayor parte de los trabajadores (y, a fortiori, los desempleados o los trabajadores precarios) no disponen de las condiciones económicas y sociales que son necesarias para adaptarse a un cosmos económico dominado por la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios no tienen bastante asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero sobre el futuro por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un proyecto revolucionario colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de un mínimo de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al proyecto revolucionario de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad, se está condenando a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa fácil a las políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado súbitamente toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores a una situación cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos en la imposibilidad de hacer un plan de vida práctico y de comprometerse en una acción colectiva orientada por fines racionales).3
Todavía tendría mucho que decir, pero paso a las investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes, sobre la educación y la cultura. Contrariamente a la ilusión según la cual la escuela cumple una función liberadora, ilusión vehiculizada y antaño defendida por los partidos progresistas, las encuestas empíricas muestran que la institución escolar contribuye a la reproducción de las desigualdades sociales. Digo bien contribuye: la escuela es uno de los lugares donde actúan ciertos mecanismos de reproducción (entre otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré describir el sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e inconscientemente para reproducir su posición en la estructura social y por ello esta estructura misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan por el hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol determinante en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no implica de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión, sino permanencia de una estructura de diferencia y de distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las condiciones de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia cultural sobre las prácticas. Luego de un estudio sobre el público de los museos europeos, realizado en colaboración con Alain Darbel y Dominique Schnapper, y un estudio sobre la práctica fotográfica al cual estaban asociados Luc Boltanski, Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel, publiqué en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto4 un modelo global de las prácticas sociales del cual quisiera expresar el principio, porque ha sido frecuentemente mal comprendido. En primer lugar, por los que tendrían dificultades con la particularidad nacional de las prácticas analizadas, en materia de consumos culturales (los nombres de los cantantes o de los actores o de los actores favoritos son frecuentemente franceses) o de consumos a secas (la petanca5 o el whisky) o aún de prácticas deportivas (el rugby o la equitación) y de opiniones políticas, los remito a Razones prácticas, sobre la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una conferencia destinada a un público japonés, como se puede desprender de este libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis, aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar el menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro: el espacio social es un espacio de diferencias, de distinciones entre posiciones sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se proyecta, en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen que la "sociedad" en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que la topología social, que describe la estructura del espacio, es inseparablemente una semiología social, que describe el mundo social como un sistema de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo prácticamente, sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el análisis sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite relacionar inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria, con una posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto valor, positivo o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas y sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos sociales de distinción (que no son signos distinguidos sino para una pequeña parte de la sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación del habitus: el habitus como sistema de disposiciones es el producto de la incorporación de la estructura social a través de la posición ocupada en esta estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada), y al mismo tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando como estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico que estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera más simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura, en literatura o en música, pero también en cocina o en materia de pareja sexual o aún de opiniones políticas que corresponden a su posición en el espacio social, por consiguiente al sistema de disposiciones, al habitus, que está asociado, por la intermediación de los acondicionamientos sociales, a esta posición. La ilustración más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el fenómeno de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran antaño familias cuidadosas de evitar las mésalliances,6 no puede explicarse sino por la afinidad espontánea de los habitus, de los gustos.
Es necesario detenerse un momento sobre la noción de espacio social. En cuanto sistema de diferencias, de puntos o de posiciones separadas, no confundidas, retiene una de las propiedades esenciales del mundo social que querían afirmar aquellos que hablan de clases sociales o de sociedades divididas en clases, diferenciadas. Pero deja de lado las clases en el sentido de grupos separados y opuestos que existirían en la realidad, incluso independientemente de la intervención del investigador. Si existe algo como clases sociales, en el sentido tradicional (marxista) del término, es en la medida, y solamente en esa medida, de que ellas han sido hechas, construidas por un trabajo histórico del tipo del que describe E. P. Thompson en The making of English Working Class. Ese trabajo a un tiempo teórico y práctico —militante—, que es necesario para transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas a la proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de defender o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por el trabajo de "group making" que se realiza principalmente en los campos de producción cultural y especialmente en el campo político. Esta noción de campo, he sido inducido a construirla con motivo de un conjunto de estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción cultural: la religión, la política, el arte, la literatura, la filosofía, el derecho, la ciencia, etc. Un campo es un subespacio social relativamente autónomo, un microcosmos al interior del macrocosmos social, que puede ser definido como un campo de fuerzas (en el sentido estricto de la física einsteniana) y un campo de luchas para conservar o transformar la relación de fuerzas. Esta definición abstracta trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición práctica pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los diferentes objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc., impide la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta de la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión científica está condenada a permanecer encerrada en la alternativa del análisis interno de las obras y del análisis externo. El análisis interno considera los textos en sí mismos y para sí mismos, sin referencia alguna al contexto, como la tradición semiológica o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente asociado a la tradición marxista o a la sociología (de la religión, del arte, de la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto social, a la situación económica global, o a una clase social particular (por ejemplo, en la historia del arte, la de los comanditarios de las obras), sin tomar en cuenta el campo, es decir el microcosmos social en el interior del cual ellas son producidas, y la lógica específica del funcionamiento de ese campo. Esto quiere decir que para comprender, por ejemplo, las obras sociológicas que se escriben hoy en Argentina, en Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en cuenta: primeramente, la posición de cada autor en el interior del campo de producción sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha mostrado, a propósito de la literatura, en La République mondiale des lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial (por ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos de doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento7, pueden hacer posible estrategias consistentes en jugar de alguna manera una dominación contra otra).
La noción de campo es particularmente potente y fecunda, especialmente en tanto que permite escapar a toda una serie de falsos debates y acumular, como lo he hecho por ejemplo en mi lectura de Heidegger, todo lo que el texto revela sobre el contexto histórico (había mostrado, a partir de los textos que Heidegger había permanecido nazi hasta el fin, lo que ha sido probado después por los historiadores) y todo lo que el contexto revela sobre el texto (por ejemplo el rol de "pensadores" que los historiadores de la filosofía excluyen espontáneamente, como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de Heidegger). Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras entre los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la investigación en cada sector con el producto de la investigación en los otros.
Los campos de producción cultural están asociados a un poder de un tipo particular que llamo el poder simbólico, poder que ejercen los detentores de un capital simbólico. La forma por excelencia de este poder es la que se ejerce, en las relaciones entre los sexos, es decir la dominación masculina. Este poder se ejerce sobre los (o las) que sufren, es decir las mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos, a través de la complicidad arrancada que ellos le acuerdan del hecho de que le aplican a la relación entre los sexos categorías de percepción y de apreciación que son producto de la incorporación de la estructura de esta relación. Sería necesario dar ejemplos como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de lo pequeño es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y mal, cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico que, como lo he mostrado en un artículo aparecido bajo este título en los Annales, en 1977, integra tradiciones teóricas consideradas como incompatibles, kantianas (con la teoría de las formas simbólicas), estructuralistas o, mejor, durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino remitirlos a este artículo, aparecido en inglés en Language and Symbolic Power (en castellano no sé dónde).8 Esta noción es muy necesaria científicamente (y políticamente) porque permite asir y comprender la dimensión de la más invisible de las relaciones de dominación, de las relaciones entre dominantes y dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero también según la étnia (entre blancos y negros especialmente, o entre ladinos y mestizos), o según la posición en el espacio social. Es así que el sistema escolar, a través de las clasificaciones que opera y que se imponen a aquellos mismos que allí son víctimas (se sabe que la ideología del don es cada vez más aceptada a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una función de sociodicea, de justificación del orden establecido, incomparablemente más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de paso, que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital de la sociología política, casi siempre olvidada por la "ciencia política".
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia del mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre, como lo decía al comienzo, el mito conservador de la "neutralidad ética" (los que denuncian la ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad esencial no tener nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del mundo social). Una parte muy importante de la producción sociológica es conservadora, sin tener necesidad de inspirarse en una intención de conservar, porque es mala y porque, por omisión, omitiendo plantear la cuestión o describir el fenómeno pertinente, contribuye a la perpetuación del orden social tal como es. Es el caso hoy en día de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre el mundo social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo titulado "Las astucias de la razón imperialista" ("Les ruses de la raison impérialiste"), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un caso típico de la dominación simbólica), principios de visión y de división, problemáticas, conceptos, etc... Estos principios, aunque sean el producto de una visión (académica) particular de una sociedad particular, los Estados Unidos, se presentan como universales mientras reproducen y vehiculizan categorías particulares, nacionales, de percepción y de apreciación. El reconocimiento mundial de palabras como mundialización, o globalización, flexibilidad (flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad, etc., se acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites sociales e históricos, como consecuencia de la circulación sin control, ligada a los efectos de dominación. La difusión de aquella doxa planetaria, falsamente internacional, es hoy uno de los mayores obstáculos a una verdadera internacionalización del pensamiento sociológico que es, hoy más que nunca, necesaria para pensar los cambios actuales.
La lucha política es, en lo esencial, una lucha para imponer, en el seno de una nación o a escala internacional, el principio de visión y de división dominante, y desconocido (méconnu) como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el caso de hoy de la visión neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo interviene en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de los mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación debilita automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte sobre su ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta, no puede por sí sola contrarrestarlos completamente, menos todavía neutralizarlos o aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la dominación masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento cómplices del orden establecido están inscritos muy profundamente, y desde hace mucho tiempo, en los cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes. Ellos son constantemente reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente sobre el mundo social, en el primer rango, entre los cuales están los periodistas, pero también muchos intelectuales y hombres políticos: esos no tienen sino que dejarse llevar por sus automatismos de pensamiento para contribuir al reforzamiento de las rutinas de pensamiento que fundan el orden simbólico.
Se llega así, inevitablemente, a la cuestión del rol de los intelectuales o, más precisamente, de los sociólogos, y más generalmente, de los especialistas del análisis del mundo social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios de los cuales disponen, para su diseminación?, si están convencidos de haber descubierto verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento del mundo social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al mundo erudito (savant) sería, en más de un caso, una forma de no brindar asistencia a la persona en peligro. Por esta razón, deben superar las prudencias y también las perezas ligadas a la pertenencia al campo científico, dominado por la creencia de que la "neutralidad" es por sí una garantía de objetividad, para trabajar colectivamente (como la asociación internacional Raisons d’agir)9 a difundir los conocimientos y los útiles de conocimiento que la ciencia social produce, y que son necesarios para resistir a los nuevos oscurantismos, que hoy se presentan frecuentemente bajo las apariencias más racionales y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una razón científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y sobre todo sobre ella misma.
Notas
1. Parece ser que quiso decir "asignado" o "atribuido".
2. Träger: vocablo alemán que significa "cargar".
3. Sobre este asunto, se puede leer del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4. Ver bibliografía.
5. Juego también conocido como bolos franceses.
6. Es decir, que no favorece una alianza entre familias.
7. En otras partes se refiere a estos términos como doble constricción.
8. Ver nota bibliográfica (recuadro).
9. Ver la Página web: www.zeg.org/raison-dagir/start.htm
ENTREVISTA A RICHARD SENNETT, por C. del Olmo
En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?
Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.
Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?
En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.
En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?
A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…
Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?
La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.
He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?
No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.
En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?
No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.
Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?
Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.
En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?
Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…
En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?
Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.
Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
Madrid, Alianza, 1997
La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
Barcelona, Anagrama, 2003
La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.
MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
Traducción Xohana Bastida Calvo
www.ddooss.org
domingo, 30 de marzo de 2008
LA CLASE MEDIA EN CHILE Y EN AMERICA LATINA, SEGUN ESTUDIO DE LA CEPAL
Unos 340 millones de personas forman lo que se puede definir como la clase media de América Latina, cuyos ingresos en promedio crecieron 27% desde 2000, según un informe preparado para la Cepal. En ingresos absolutos, Chile tiene la segunda posición tras México y en términos de poder adquisitivo mantiene el mismo lugar, pero tras Argentina.
La Tercera, 18 de noviembre de 2007
“La clase media tiene el gusto de los ricos y el sueldo de los pobres”, dice una consultora en Argentina, mientras que un abogado en Colombia llama a este segmento la “presa del sándwich”, dada su eterna pretensión de mayor bienestar y su temor a ser pobre. Tal aprensión, sin embargo, pasó a un segundo lugar en Latinoamérica en los últimos años y en cambio creció una sensación de boom en las principales economías de la región, que puso en el foco a los dos tercios de los 548 millones de habitantes que forman la clase media.
Desde la creciente incursión de grupos chilenos como Falabella, Ripley y Cencosud en la región, hasta las recomendaciones de los grandes bancos de inversión para comprar acciones de LAN, GOL, banca, retail, salud, construcción, telecomunicaciones, etc. están asociadas al poder de este bloque.
El fenómeno está instalado. El mismo Banco Mundial se propone entenderlo bien, publicando un libro sobre este asunto, que contendrá una caracterización del segmento a cargo de Andrés Solimano, por largo tiempo parte del staff senior del BM y hoy economista de la Cepal.
Entre las varias definiciones que existen de clase media, Solimano prefiere aquella que aúna a las personas cuyo ingreso las ubica entre los deciles tercero y noveno de la distribución. De ese modo, los dos primeros deciles vendrían a definir la pobreza, en tanto que el décimo representa al 10% más próspero de la población.
De acuerdo con esta estructura, hay en América Latina 340 millones de personas con una renta per cápita de US$ 3.800 en promedio, o unos 75 millones de hogares con una renta total anual de hasta US$ 20.000.
Solimano dice que desde 2000 esta estructura no ha variado significativamente. Es decir, en la región esta clase media representa entre 50% y 60% el ingreso. Dada esta distribución y el crecimiento de las economías latinas, entre ese año y 2006 el valor de la renta media de este segmento se incrementó en 27%, lo mismo que la renta de los dos deciles más pobres y menos que el 31% del décimo más rico de la población.
La definición de clase media que usa Solimano es relativa al nivel de ingreso de cada país. Así, hay segmentos en la región necesariamente más prósperos que otros. El mexicano y chileno son los de mayor ingreso por persona –más de US$ 6.000-, el cual casi duplica el promedio regional de US$ 3.800. Mientras que medido según el poder adquisitivo de esos recursos -según la paridad de poder de compra- Chile mantiene su segundo lugar, pero es Argentina quien sube a la primera posición.
La ventaja relativa de la clase media chilena frente a la del resto de la región se incrementa al considerar sólo la clase media alta (deciles siete a nueve). Al medirla así, la de Chile es la más próspera de Latinoamérica, con una renta per cápita de casi US$ 10.000, sobre México. Por eso Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, asegura que “en Chile no hay clase media propiamente tal”, sino sólo una clase media alta a gran distancia de una clase media muy baja, que acaba de emerger desde la pobreza.
Los niveles locales, en todo caso, superan los promedios que exhibe el grueso de los países de la región, donde la renta de la clase media de Bolivia y Paraguay es inferior a aquella de los deciles pobres de Chile.
Patrones diferentes
Así, mientras en Latinoamérica los hogares chilenos lideran el gasto en vestimenta y calzado y los argentinos en comunicaciones, en los países andinos como Perú y Ecuador los énfasis siguen dados por alimentación y transporte, según un estudio de la Cepal sobre el consumo en la región. En Perú, no obstante, en los últimos cuatro años los grupos de ingreso alto y medio han protagonizado una explosión de consumo: la tenencia de cocinas a gas llega a 88% de los hogares, desde 77%; la de celulares se triplicó prácticamente a 59% desde 21%, y la de computadores casi se duplicó a 24% desde 13%.
Un universo diverso
Los datos para América Latina hablan también de un segmento bastante empobrecido respecto del mismo grupo en los países desarrollados. La definición de clase media habla de un rango de ingreso de entre US$ 4.000 y US$ 17.000 anuales. Estados Unidos, cuya clase media controla el 64% del ingreso del país, exhibe una renta per cápita de US$ 40.000.
Una característica de la clase media regional es que pese al buen estado de las economías, las personas a menudo sienten que la plata les falta: “La clase media tiene el gusto de los ricos y el sueldo de los pobres”, repite Nuria Susmel, de la Fundación Fiel, en Buenos Aires. Según la consultora argentina CCR, pese a que una definición más amplia que sólo ingreso indica que el 50% de los transandinos son de clase media, un 91% de ellos se siente parte de este grupo.
El comentario de Susmel no puede ser más cierto en Perú: sólo el nivel A más rico dice tener dinero de sobra para cubrir el costo de su nivel anhelado de vida. La escasez en ese contexto
es común en los grupos B, C, D y E, donde dicen que el presupuesto del hogar debiera ser 17%, 24%, 29% y 33% para cumplir ese anhelo, según Ipsos- Apoyo. La clase media en ese país reúne a parte del segmento A y a todos los hogares B y C.
En Brasil la historia es similar. Un análisis de LatinPanel muestra que los hogares crecientemente se endeudan, siendo el fenómeno particularmente notorio en la clase media o C. Estos gastan 8% más de lo que ganan. La media del país es de 3%. De ahí el auge de la industria de servicios financieros, donde incluso el comercio de barrio puede hacer adelantos de efectivo. Ahí el 53% de las compras de vestuario y el 51% de aquellas de electrodomésticos se realiza a crédito.
En América Latina las ciudades son los polos de desarrollo y el nicho de la clase media. Es el caso de los países nuevos a ojos chilenos: en Colombia las zonas de alto desarrollo industrial son Medellín, Bogotá y Bucaramanga y las destacadas en lo comercial son Barranquilla, Medellín, Bogotá. En Perú es en Lima y Arequipa, más Chiclayo, Huancayo y Trujillo, aquellas donde más se nota el avance de la clase C (media-media).
