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sábado, 14 de junio de 2008

LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACION Y LA I+D

El Círculo de Economía acaba de dirigirse al conjunto de los partidos políticos para que hagan de la educación la gran prioridad del país. Pocos días después la OCDE ha anunciado que para el año en curso China se ha convertido en el segundo país del mundo por su gasto en I+ D (136.000 millones de dólares), desbancando a Japón (130.000 millones) y sólo por detrás de Estados Unidos (330.000 millones). Estas cifras suponen el 6,4% del PIB para China, el 2,7% para Japón y el 2,8% para Estados Unidos. El último año China ha incrementado un 20% el gasto en I+ D. Aunque a primera vista pueda no parecerlo, ambas noticias están estrechamente relacionadas.

La Vanguardia.es

Ya he subrayado en estas páginas la obsesión tecnológica de China. De 1840 (primera guerra del opio) a 1949 China se vio convertida de hecho en colonia de los países occidentales por haber perdido el tren de la revolución industrial. El trauma sigue vivo y China no está dispuesta a perder el tren de la revolución de la información, lo que la dejaría de nuevo en situación de inferioridad.

Al dato sobre el gasto en I+ D, hay que añadir que China tiene 53 zonas de alta tecnología. El Silicon Valley chino, Zhonjguacun, en Pekín, tiene más de medio millón de investigadores. Una cifra similar emplean las cerca de un millar de empresas extranjeras que tienen centros de I+ D en el país. Entre ellas se cuentan varias de las principales multinacionales, como Nokia, Siemens, Alcatel o Hewlett Packard. China ya es la fábrica del mundo y va camino de convertirse en uno de los principales polos en ciencia e ingeniería. La industria de la información pasó de significar el 3,3% del PIB de China en 1999 al 7,6% en el 2001. Las grandes inversiones internacionales en el sector, que unos años atrás iban a Taiwán, ahora van a la República Popular. La exportación china en tecnología de la información y telecomunicaciones superó la de Japón y la UE en el 2003, y la de Estados Unidos en el 2004. Aunque el 60% de la exportación está en manos de empresas extranjeras, cada vez hay más empresas y marcas chinas.

Como base de sustento de su ambición tecnológica, China dedica gran atención y muchos recursos a su sistema educativo. Al año produce 1,3 millones de graduados en ingeniería y ciencias. Cuenta con cerca de medio millón de estudiantes en el extranjero. Tiene en marcha planes para crear cien universidades equiparables a las de alto nivel de otros países, centradas en la ingeniería y la ciencia. Desde hace más de dos mil años los exámenes imperiales, que daban acceso al mandarinato, eran el instrumento básico de promoción social. En consonancia con este rasgo esencial de su cultura, los padres chinos invierten de forma prioritaria en la educación de sus hijos.

China avanza muy deprisa en la producción de bienes de valor añadido cada vez mayor. De la ropa y el calzado (cuya importación está hoy sometida a restricciones en la UE), los azulejos y materiales de la construcción, o los muebles, está pasando a motocicletas, coches (este año exporta 75.000 coches a más de cien países, y en los próximos está previsto que inicie la exportación de utilitarios a Europa y Estados Unidos, a muy bajo precio) y electrónica de consumo (televisores, vídeos, reproductores de DVD, etcétera).

La obsesión por la alta tecnología es una de las claves para entender a fondo el significado del proceso de emergencia económica de China y el impacto que tendrá en la economía y la geopolítica globales. La velocidad a la que China sea capaz de conquistar sectores de mayor valor añadido determinará el ritmo de su desarrollo económico, su penetración en los mercados mundiales y su conversión en una verdadera gran potencia. Su evolución está siendo similar a la de Japón o los cuatro tigres asiáticos, tres de los cuales (Hong Kong, Taiwán, Singapur), no se olvide, son chinos.

Hoy ya no sólo se enfrentan con la competencia china y asiática los países en vías de desarrollo, sino también, y cada vez más, los países desarrollados. Los que más sufrirán son los que están a la cola del pelotón de cabeza, los países industriales con escasa tecnología, como España. Estamos sólo al principio del fenómeno de la irrupción de China y Asia en los mercados mundiales. Pienso que no nos damos cuenta aún de la enorme dimensión del reto. El remedio es conocido. Mayor gasto en I+ D, al que España dedica hoy sólo el 1,1% del PIB (frente al 4,2% de Suecia y el 2,5% de Alemania). Mejora del sistema educativo (el informe Pisa sitúa a España en los últimos puestos de Europa). Desgraciadamente, los objetivos de la agenda de Lisboa, que preveía que Europa estuviera en la vanguardia mundial en estos campos en el 2010, están lejos de ser alcanzados. Si no espabilamos, puede llegar a convertirse en realidad la boutade atribuida al ex primer ministro chino Zhu Rongji: "China, la fábrica del mundo; Estados Unidos, la alta tecnología; Europa, museos y turistas".

Sumo mi voz, en conclusión, a la del Círculo de Economía. Es imprescindible reformar nuestros sistemas educativo y de I+ D para llevarlos a niveles de excelencia, invirtiendo los recursos que sean necesarios. España se juega mucho en el envite. De que hagamos o no nuestros deberes depende que el reto que suponen China y Asia se convierta en una oportunidad o una amenaza.


miércoles, 4 de junio de 2008

"CRISIS PARA RATO", ADVIERTE LA OCDE

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advirtió que la desaceleración económica global podría ser más prolongada de lo esperado.

En su informe semestral sobre perspectivas económicas, el "club" de las 30 economías más desarrollades del mundo señaló que la situación empeoró debido al debilitamiento del mercado inmobiliario, la crisis crediticia global y los altos precios de las materias primas. "Nuestro pronóstico es más negativo que hace seis meses", indicó el economista jefe de la OCDE, Jorgen Elmeskov durante un encuentro del organismo.

Redacción BBC Mundo

Agregó que los elevados costos de los alimentos y el combustible representan una dilema para los bancos centrales del mundo, ya que dificultan la toma de medidas adecuadas para lidiar con el problema.

Poco crecimiento


Según las estimaciones de la OCDE, la economía estadounidense prácticamente se estancará y sólo crecerá un 0,3% en el primer trimestre del año. Por otra parte, señaló que la caída del dólar estadounidense llevará a un mayor crecimiento en 2009. Sin embargo, la OCDE espera que la situación en la zona del euro empeore por las repercusiones de la crisis crediticia. En ese sentido espera que la zona euro crezca 1,7% en 2008 y 1,4% en 2009.

El enviado de la BBC al encuentro de la OCDE en su sede de París, Steve Schifferes, señala que a pesar de sus negativos pronósticos la organización considera que lo peor de la crisis crediticia global ya habría pasado. En ese contexto destacó la intervención de los bancos centrales para rescatar a las entidades Bear Stearns en EE.UU. y Northern Rock en el Reino Unido. Nuestro corresponsal apunta, sin embargo, que la OCDE también resaltó que en esos países la falta de disciplina fiscal acorta el espacio para aumentar el gasto público con el fin de contener la desaceleración.

Más pesimista

En sus pronósticos, la OCDE sugiere que países de los principales mercados emergentes, como Brasil, India y China, serán los motores más importantes de la economía mundial en los próximos dos años. Según la organización, esas economías sólo experimentarán una modesta desaceleración, a pesar de la caída en la demanda en sus principales mercados de Occidente.

El director del centro Kiel para la Economía Mundial, Denis Snower, pinta un cuadro más pesimista. "Creo que la economía mundial se desacelerará más rápido de lo que pronostica la OCDE", señaló. "Puede que ya hayamos visto pasar lo peor de la crisis financiera, pero es probable que sus efectos sobre la economía mundial sean severos".

UNA RECESION DE INCIERTA SALIDA EN USA. Entrevista a J. Stiglitz

La periodista Filipina Carmela Cruz entrevistó al Premio Nóbel de Economía Joseph Stglitz para la revista norteamericana de izquierda Foreogn Policy Focus. Stiglitz contribuyó a crear una nueva rama de la economía: “la economía de la información”, destinada a analizar las consecuencias de las asimetrías informativas. En el año 2001 recibió el Premio Nóbel de economía por sus trabajos sobre mercados con información asimétrica.

Sus libros Globalization and Its Discontents y Making Globalization Work tuvieron una amplia recepción. Su ultimo libro, The Three Trillion Dollar War (La Guerra de los tres billones de dólares), publicado en marzo de 2008, analiza los costos de la Guerra de los EEUU en Irak, pero no sólo para los EEUU sino para el mundo entero, y propone una estrategia para la retirada de las tropas norteamericanas.

En una entrevista con Carmela Cruz, Stiglitz compartió sus ideas sobre la recesión en los EEUU y sus consecuencias globales, los ciclos económicos burbuja/estallido de las últimas tres décadas, las “limitaciones de los mecanismos de mercado”, la necesidad de encontrar formas de medir la calidad de vida de las personas distintas –y mejores— que la métrica del PIB y algunos temas de su último libro.

Carmela Cruz: ¿Los EEUU están actualmente en recesión? ¿Esa recesión podría arrastrar al resto del mundo, o algunos países se salvarían y, posiblemente, se produciría una reestructuración del orden económico global?

Joseph Stiglitz: Todo contado, los EEUU están pasando por una gran ralentización, muy probablemente una recesión. Es factible que se trate del peor bajón del último cuarto de siglo, mucho más serio que unas simples medidas correctivas. La crisis afecta al sistema financiero, que es el corazón de la economía.

Si bien el crecimiento de China e India significa que el mundo podría no ser tan dependiente del crecimiento de los EEUU, Norteamérica es todavía la economía más grande del mundo. Una caída de EEUU afectará a todos los países y, por supuesto, a algunos más que a otros. Los países que, como México, son muy dependientes de EEUU para sus exportaciones serán los más afectados.

La caída será otra de las señales del cambio del orden económico global. El mundo ya se está desplazando desde la dependencia del dólar como moneda de reserva, especialmente desde que el dólar ha revelado ser una forma muy pobre de preservar el valor. Que los íconos de EEUU Merril Lynch y Citibank tengan que acudir a fondos soberanos estatales extranjeros para su rescate es mucho más que un mero símbolo.

Cruz: El Congreso de los EEUU aprobó un paquete de estímulo económico de $152 miles de millones para mitigar el impacto de la recesión. ¿Funcionará? ¿con qué costos? ¿cuánto más podrá la Reserva Federal cortar los tipos de interés?

Stiglitz: El paquete de estímulos fue muy exiguo, llegó tarde y estaba mal diseñado. Sí, estimulará la economía, pero no lo suficiente para impedir una gran ralentización. No se diseñó para maximizar el efecto de la intervención pública, el estímulo por dólar del gasto de déficit. Por ejemplo, hubiera sido mucho mejor aumentar el seguro de desempleo. Tampoco estuvo diseñado para enfrentar los problemas a largo plazo de Norteamérica. Después de todo, el bajo consumo familiar no es un gran problema en los EEUU. Y muchos hogares fuertemente endeudados usarán el dinero para cancelar sus pesadas deudas.

Uno de los problemas es que los excesos de deuda y de déficit dificultan el diseño de un paquete de estímulos adecuado.

Cruz: En los últimos treinta años, al menos 100 crisis financieras han hecho estragos en el mundo, todas ellas precedidas de un ciclo de boom y estallido de burbuja. ¿Tan ineptos han sido los bancos privados, los bancos centrales y las instituciones financieras como para no haber podido evitar unos desastres que habrían podido predecir, en algunos casos, años antes de que ocurrieran? ¿Es posible poner fin a este ciclo sin desafiar seriamente los límites impuestos por el capitalismo?

Stiglitz: Durante años los expertos predijeron este bajón. Todavía hoy, los sistemas de gestión del riesgo que emplean los bancos y las agencias de crédito no alcanzan a reconocer los problemas profundos y esenciales. Esto sugiere que, a pesar de todos los avances en las técnicas de gestión del riesgo, el mecanismo del mercado ciertamente tiene limitaciones que producen booms y estallidos de burbuja a lo largo de la historia del capitalismo

Cruz: En su libro, Making Globalization Work, las soluciones preferidas para problemas como cambio climático, la pobreza, los desequilibrios comerciales y la inestabilidad financiera pasan por un esfuerzo de concertación valiente entre las naciones. Esto incluye un impuesto uniforme para las emisiones de gases tóxicos, y un mayor control de las actuales instituciones internacionales, como el FMI, o la creación de nuevas instituciones, como un Sistema de Reserva Mundial. Sus críticos señalan que esto es utópico e inalcanzable, dadas las actuales asimetrías e injusticias. Ciertamente, para que los gobiernos nacionales y las instituciones internacionales estén preparados para un mundo globalizado más equitativo, es necesario que estén ancladas en una simetría estable entre la libertad individual y la responsabilidad. ¿No entrañaría esto revertir la globalización, más que rediseñarla, que es lo que usted. ha propuesto?

Stiglitz: En mi libro Making Globalization Work, presenté una agenda amplia y no simplemente una idea sobre la orientación que teníamos que tomar; pasos concretos a dar en lo inmediato, que al menos harían que la globalización funcionara mejor. Cuando diseñaba esta agenda programática, yo era perfectamente consciente de las distintas fuerzas que han inhibido el cambio –incluidos quienes se han beneficiado del sistema actual—, y fui particularmente cuidadoso a la hora de identificar aquellas reformas mediante las cuales todos los individuos, o al menos, la gran mayoría, resultarían ganadores.

Cruz: ¿Cómo afectaría un proteccionismo mayor de los EEUU - resultante de los problemas económicos actuales— a la promoción de la globalización?

Stiglitz: Siempre hubo un ingrediente de hipocresía en la política comercial norteamericana y en su retórica. Los acuerdos de libre comercio deberían llamarse con mayor exactitud acuerdos dirigidos de comercio. Los representantes del comercio norteamericano con frecuencia han ignorado los efectos adversos de los acuerdos comerciales en muchos de los países en desarrollo. Hoy se ha comenzado a hablar del descenso del nivel de vida, y no solo de quienes están más abajo sino también en el medio, personas cuyos intereses han sido virtualmente ignorados por la administración Bush. Y esto hace que las reformas en la globalización del comercio del tipo de las que hablo en mi libro resulten imperativas.

Cruz: Usted. ha elogiado el éxito económico del Este Asiático, a pesar de los bajos niveles de reconocimiento de derechos humanos en algunos países. Pero, como economista del Banco Mundial, hablaba de que la lucha contra la corrupción era un ingrediente fundamental para el desarrollo, y en su disertación en la entrega del Premio Novel citó las ideas de John Maynard Keynes sobre las decisivas influencias de la economía y la filosofía política en la estructuración del mundo. ¿Estaba Ud. preparado para reconocer el imperativo moral de no solamente elevar la economía, sino también la vida de las personas?

Stiglitz: Siempre he dicho que el éxito es algo más que el aumento del PIB, y que perseguir de manera implacable el aumento del PIB, de hecho, puede llevar a largo plazo a bajar el nivel de vida. En este momento soy el encargado de la Comisión de Medición del Rendimiento Económico y el Progreso Social que creó el Presidente de Francia con miembros de todo el mundo. Lo que medimos afecta aquello que hacemos. No sólo existe el imperativo moral de aumentar el PIB, sino también de elevar el nivel de vida, y necesitamos mejores métodos para medir nuestro éxito en alcanzar esos objetivos.

Cruz: ¿De qué trata su ultimo libro?

Stiglitz: Mi ultimo libro, The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict, escrito en colaboración con Linda Bilmes de la Kennedy School, Universidad de Harvard, muestra justamente lo costosa que ha sido esta Guerra equivocada. Ahora mismo es la segunda guerra en cuanto a su duración, y la segunda más costosa en la historia de los EEUU. ¡Más costosa incluso que la Primera Guerra mundial, luego de ajustar los costos de acuerdo a la inflación! Hemos calculado los costos para el Presupuesto y para la economía Norteamericana. Pero los costos, tal como los hemos evaluado, van mucho más allá. Hay costos para la economía global, y están los perjuicios generados en Irak. También costos en la seguridad norteamericana. Mientras nos ocupábamos de las armas de destrucción masiva inexistentes en Irak, se sumó otro país al Club nuclear; mientras nos ocupábamos de un país que no tuvo conexión con el 11/9, las cosas empeoraban en Afganistán, un país que sí la tuvo. Norteamérica es hoy menos segura, y nuestras fuerzas armadas –agotadas, luego de cinco años de combate— están en peor situación para enfrentarse a las amenazas que podamos sufrir en un futuro.

El libro concluye con una serie de recomendaciones políticas: cómo prevenir, o al menos hacer menos probables, los problemas que hemos detectado. Por ejemplo, ninguna nación debería depender de apropiaciones de emergencia durante cinco años de guerra. Norteamérica ha engañado a sus tropas y a los veteranos que han retornado: una política miope que no sólo es inmoral, sino que es también costosa. En el libro presentamos reformas concretas para terminar con esos abusos. Y lo que es más importante, hemos diseñado un marco para pensar una estrategia exitosa. La administración Bush reflexionómuy poco antes de embarcarse en esta aventura mal concebida.

martes, 3 de junio de 2008

LA GUERRA DE LOS 3 BILLONES DE DOLARES, J. Stiglitz

LA ECONOMIA DE EE.UU. DESGARRADA POR LA GUERRA, según J. Stiglitz

Algunos dicen que las próximas elecciones estadounidenses se centrarán en dos temas: la guerra de Irak y la economía. En los momentos en los que la guerra parece ir mejor de lo que se esperaba y la economía peor, la segunda eclipsa a la primera. Pero ninguna de las dos cosas va bien. En cierto sentido, no hay más que un solo tema, la guerra, que ha exacerbado los problemas económicos de Estados Unidos. Y, cuando la mayor economía del mundo está enferma -y está muy enferma-, todo el mundo sufre.

Antiguamente, se pensaba que las guerras eran buenas para la economía. Al fin y al cabo, es opinión general que la Segunda Guerra Mundial ayudó a levantar la economía mundial tras la Gran Depresión. Sin embargo, al menos desde Keynes, sabemos cómo estimular la economía por métodos más eficaces y capaces tanto de aumentar la productividad a largo plazo como de mejorar los niveles de vida.

Pero esta guerra, en concreto, no ha sido buena para la economía por tres motivos. En primer lugar, ha contribuido a subir los precios del petróleo. Cuando Estados Unidos emprendió la guerra de Irak, el crudo costaba menos de 25 dólares (16 euros actuales) el barril, y los mercados de futuros esperaban que se mantuviera en ese nivel durante diez años. Los expertos en futuros eran conscientes del crecimiento de China y otros mercados emergentes, pero confiaban en que el suministro -sobre todo, de los proveedores de bajo coste de Oriente Próximo- aumentara de manera paralela a la demanda.

La guerra alteró la ecuación. La subida de los precios del petróleo significa que los estadounidenses (y los europeos, y los japoneses) están pagando cientos de millones de dólares a los dictadores de Oriente Próximo y a los exportadores de crudo en otros países, en vez de gastar ese dinero en casa.

Además, el dinero de Estados Unidos dedicado a la guerra de Irak no estimula la economía de este país tanto como el que podría invertirse en carreteras, hospitales y escuelas, y tampoco contribuye de la misma forma al crecimiento a largo plazo. Los economistas utilizan la expresión "éxito por dólar", es decir, cuánto estímulo económico proporciona cada dólar que se gasta. Y es difícil imaginar menos "éxito por dólar" que el del dinero que se paga a un contratista nepalés que trabaja en Irak.

Con la salida de tantos dólares al extranjero, la economía estadounidense debería haber evidenciado desde hace tiempo una situación mucho más débil de lo que parecía. Sin embargo, al mismo tiempo que el Gobierno de Bush intentaba ocultar los verdaderos costes de la guerra mediante una contabilidad incompleta y confusa, los fallos de la economía permanecieron ocultos gracias a una inyección de liquidez de la Reserva Federaly una normativa fiscal poco estricta.

Se inyectó tanto dinero en la economía y los reguladores fueron tan poco rigurosos que uno de los principales bancos de Estados Unidos hizo publicidad de sus préstamos con el lema "Cualificado desde que nace"; es decir, en la práctica, no había que cumplir ningún requisito para obtener un crédito. En cierto sentido, la estrategia funcionó: la burbuja inmobiliaria alimentó el auge del consumo mientras la tasa de ahorro se desplomaba a cero. Las debilidades económicas quedaron pospuestas hasta fecha posterior; el Gobierno de Bush confiaba en que no habría que rendir cuentas hasta después de noviembre de 2008. Pero la situación empezó a empeorar en agosto de 2007.

El Gobierno de Bush ha reaccionado ahora con un paquete de estímulos que es demasiado escaso, llega demasiado tarde y está mal diseñado. Para ver lo insuficiente que es, no hay más que compararlo con los más de 1.500 billones de dólares que constituyeron los préstamos con garantía hipotecaria en los últimos años, gastados, en su mayor parte, en consumo. Esa apuesta -basada en la convicción de que los precios de la vivienda iban a seguir subiendo sin cesar- ya no puede sostenerse.

Con la caída de los precios de la vivienda (que va a continuar) y con los bancos inseguros sobre su situación financiera, las instituciones de préstamo no prestarán y las familias no pedirán prestado. Por tanto, aunque es posible que la liquidez inyectada en el sistema financiero por la FED haya impedido el desastre, no va a estimular demasiado el consumo ni la inversión. Por el contrario, irá a parar en gran parte al extranjero. En China, por ejemplo, están preocupados por la posibilidad de que el estímulo de la FED contribuya a aumentar su inflación nacional.

Existe un tercer motivo por el que la guerra de Irak es también negativa desde el punto de vista económico para Estados Unidos. No sólo este país se ha gastado ya mucho dinero en ella -12.000 millones de dólares mensuales, y suma y sigue-, sino que queda aún mucho por pagar, como los gastos de compensación y asistencia sanitaria al 40% de veteranos que vuelve con algún tipo de discapacidad, en numerosos casos muy grave.

Además, esta guerra se ha financiado de manera distinta a cualquier otra guerra de la historia de Estados Unidos y, tal vez, de la historia reciente de cualquier país. Lo normal es que los países pidan un sacrificio común, del mismo modo que piden a sus jóvenes, hombres y mujeres, que arriesguen sus vidas. Se suben los impuestos y se produce un debate sobre qué parte de la carga hay que pasar a las generaciones futuras. Pero en esta guerra no ha habido esa discusión. Cuando Estados Unidos la inició había un déficit. Sin embargo, cosa extraordinaria, Bush pidió y obtuvo un insensato recorte fiscal para los ricos. Eso significa que cada dólar que se ha gastado en la guerra se ha pedido prestado.

Por primera vez desde la Guerra de Independencia de Estados Unidos, hace dos siglos, el país ha tenido que recurrir a acreedores extranjeros, porque las familias estadounidenses no han ahorrado nada. Las cifras son difíciles de creer. La deuda nacional ha aumentado un 50% en ocho años, y casi un billón de dólares de ese aumento es debido a la aventura bélica iraquí; una cantidad que seguramente se incrementará a más del doble en los próximos 10 años.

¿Quién iba a pensar que una Administración podía hacer tanto daño en tan poco tiempo? Estados Unidos y el mundo seguirán pagando las consecuencias durante decenios.

Joseph E. Stiglitz es catedrático de Economía en la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001. Su último libro, escrito en colaboración con Linda Bilmes, es The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

lunes, 2 de junio de 2008

CHINA, INDIA: POTENCIAS ECONOMICAS

Estas dos economías, que juntas concentran al 37% de la población mundial, continúan progresando a toda velocidad, creciendo a tasas de 11,2% y 9%.

Estrategia.cl

Chinindia, un nuevo término se creó para encerrar en una palabra el fenómeno que remece al mundo con la fuerza de un volcán, y que obliga a todos a mirar hacia esa zona del globo terrestre, que está siendo el epicentro de una de las transformaciones más relevantes de la historia de la humanidad.

Juntos, estos dos países asiáticos que comparten una frontera, representan -por ahora- el 7,8% del PIB mundial y un 37% de la población del planeta, manteniendo ambos en lo demográfico una considerable distancia con otras naciones. En efecto, China tiene poco más de mil 300 millones de habitantes e India se acerca a mil 200 millones, mientras que Estados Unidos, el país más próximo a estos dos gigantes, apenas se empina por encima de las 300 millones de personas.
Sin desmerecer los alcances de las siderales brechas demográficas que separan a estos dos colosos del resto del mundo, lo verdaderamente relevante es el profundo cambio económico y social que están experimentando ambos países.

En los últimos cinco años China ha venido creciendo a tasas de dos dígitos, con un dinamismo que lejos de desfallecer, parece ir cobrando cada vez más fuerza. Según el FMI, China se expandió 10,4% en 2005, 11,1% en 2006 y crecería 11,2% este año y 10,5% en 2008. India, en tanto, en 2005 y 2006 creció a ritmos de 9% y 9,7% , este año aumentaría el PIB en 9% y el próximo en 8%.

Cambios Sociales

A toda máquina progresan estas megaeconomías, y el factor clave es que están viviendo cambios profundos al interior de sus sociedades. Hasta hace algunos años, China e India eran países muy grandes, pero muy pobres. Pero esto ha cambiado.

La clase media en India, segmento que se define como el formado por personas que ganan entre US$4.545 y US$23.000 al año, se ha triplicado en los últimos 20 años, hasta alcanzar una masa de 300 millones de individuos. Esto equivale a poco menos que el total de la población de Estados Unidos. Pero lo más importante no es lo que se ha avanzado, sino lo que está por venir.
Un ejemplo claro es el mercado de la telefonía móvil. India posee el más dinámico en todo el mundo, y lo asombroso es que apenas un 16% de la población india tiene hoy un celular.

También son cifras que reflejan el potencial de crecimiento de esta nación, las estadísticas que muestran que la mitad de la población india no tiene por ahora acceso a financiamiento bancario o de alguna entidad crediticia. O aquella que muestra que apenas 7 de cada mil personas poseen un auto, frente a los 500 de cada mil que registran los países de Europa. Previendo el explosivo aumento que continuará mostrando la demanda interna en India, las multinacionales asentadas en el país de los elefantes no paran de construir en sus confines, nuevas plantas industriales. General Motors, por ejemplo, está invirtiendo US$300 millones en levantar su segunda fábrica en India, preparándose para al aumento al triple que tendrán en esa nación las ventas de autos en los próximos ocho años.

Y qué decir del mercado de la extrema riqueza, un nicho que se estima hoy está conformado por más de mil hogares indios que tienen activos por encima del millón de dólares, cada uno. Estas transformaciones explican que la inversión extranjera en India haya pasado de US$452 millones en 1995 a US$5.335 millones en 2004, y que más de 200 compañías de las Fortune 500 hayan tercerizado sus servicios y soportes en empresas indias.

China


Si las cifras de India son sorprendentes, las de China provocan más asombro todavía. Este país no sólo es la gran fábrica del mundo, sino que también se está transformando en el gran consumidor del planeta. De aquí a 8 años será el mayor productor de autos del mundo y también el principal comprador, porque las ventas de automóviles ya se duplican año a año en ese mercado.

La población china, que está aumentando su poder adquisitivo al crecer la economía a ritmos de 11%, está viviendo una drástica transformación alentada por procesos como el éxodo desde el campo a la ciudad, migración que entre otros efectos, está provocando cambios en los hábitos de consumo y que llevan a demandar productos que antes no formaban parte de su dieta alimenticia tradicional o de su canasta de productos básicos. A la vez, los analistas están subrayando el fuerte aumento en el consumo que muestra China como una señal de que el país está liberándose de su dependencia de la inversión y las exportaciones, para su crecimiento. Un dato que justifica considerar a China e India como el epicentro económico del mundo, es que estos dos países, más Rusia, darán cuenta de la mitad del crecimiento mundial este año.

Beneficios Para el Mundo

En su última actualización, el FMI elevó su pronóstico de crecimiento para China en 1,2 punto porcentual al prever una expansión de 11,2% este año. De este modo, China, junto con India, otros mercados emergentes, y Alemania y Japón; está proveyendo una compensación todavía más fuerte que la proyectada hace tres meses, al debilitamiento que está experimentado Estados Unidos, permitiendo que la economía del mundo extienda su actual fase de crecimiento más rápido en tres décadas.

Más a largo plazo, el factor estabilizador de las economías de China e India es clave. En los años 90 en Asia había 100 millones de personas de clase media, y hoy ese número ha aumentado a 800 millones, es decir, una cifra mucho mayor a la existente en Europa y América Latina. “Es una masa de consumidores que ya está pensando en el próximo automóvil, en educación de calidad para los hijos, o en la casa propia. Eso proporciona una gran estabilidad”, puntualiza un avezado observador de las economías asiáticas.

domingo, 1 de junio de 2008

DESIGUALDAD Y DESARROLLO HUMANO EN EL MUNDO. CAPITULO DEL INFORME DEL PNUD 2005

NUEVO CAPITALISMO Y RELACIONES SOCIALES. ENTREVISTA A RICHARD SENNETT, por C. del Olmo

En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?

Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.

Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
Madrid, Alianza, 1997
La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
Barcelona, Anagrama, 2003
La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.

MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
Traducción Xohana Bastida Calvo
www.ddooss.org

DATOS SOBRE DESARROLLO HUMANO EN TODOS LOS PAISES DEL MUNDO: ULTIMO INFORME DEL PNUD (2007-2008)

sábado, 31 de mayo de 2008

LA GUERRA RED, SOBRE EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001, por Manuel Castells


M. Castells, Del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Berkeley

La bárbara matanza de miles de personas en Estados Unidos ha socavado los cimientos de nuestras sociedades, al poner en cuestión los principios de coexistencia y civilidad en que se basan. Pero el 11 de septiembre de 2001 tiene un significado aún más dramático: en esa fecha se ha desencadenado la primera guerra mundial del siglo XXI, una guerra en la que, queramos o no, estamos ya inmersos. ¿Cuál es esa guerra? ¿De quién contra quién? ¿Y cómo se prevé que sea su desarrollo? Sólo entendiendo en qué guerra nos hemos metido podremos actuar sobre la misma, desde nuestra pluralidad de valores e intereses.


No es un choque de civilizaciones, una patraña que propagan quienes reducen la multiculturalidad de nuestra especie a la oposición etnocéntrica entre Occidente y “los otros”. No es un choque de religiones, porque la gran mayoría de musulmanes y la casi totalidad de los gobiernos de países islámicos se oponen al terrorismo y, en buena medida, apuestan por integrarse en la economía global y en la comunidad internacional. Ni tampoco es un choque entre los pobres del mundo y el capitalismo mundial, aunque la exclusión social conduzca frecuentemente a la desesperación de la que se alimenta el fanatismo. Es esencial distinguir esta guerra de la oposición al modelo neoliberal que representa el movimiento antiglobalización, porque esa asimilación conduciría a criminalizar dicho movimiento y a sofocar el gran debate democrático sobre los contenidos de la globalización que apenas se ha iniciado. No. Estamos ante una guerra definida en términos más precisos: es la guerra de las redes fundamentalistas islámicas terroristas contra las instituciones políticas y económicas de los países ricos y poderosos, en particular de Estados Unidos, pero también de Europa occidental, países estrechamente vinculados en su economía, en sus formas de democracia y en su alianza militar (artículo 5 del Tratado de la OTAN). En la raíz de esa guerra hay un rechazo a la marginación de los musulmanes y una afirmación de la supremacía de los principios religiosos del islam como sustento de la sociedad (aunque en una interpretación contradictoria con las enseñanzas profundamente humanistas del Corán). La identidad humillada y el menosprecio cultural y religioso del islam por los poderes occidentales conducen a la resistencia, al llamamiento a la guerra santa. Y esta resistencia se concreta en la oposición a la existencia de Israel y se alimenta de la prepotencia israelí en su opresión del pueblo palestino. Por tanto, es en esa identidad islámica (no árabe) exacerbada y en el proyecto de defensa/imposición de estos valores en todo el mundo, empezando por los países musulmanes, en donde se encuentra el quid de la cuestión.

El mundo al que aspira Ben Laden ya existe: es el Afganistán de los talibán. Esas redes de terror (de algunas de las cuales Ben Laden es el símbolo más que el comandante supremo) se alimentan también de la frustración de sectores (¿o gobiernos?) de algunos países musulmanes, humillados por lo que ellos perciben como el neocolonialismo de los países occidentales. Es posible también que redes terroristas de distinto origen, incluidos sectores de la economía criminal, puedan encontrar formas tácticas de colaboración con las redes islámicas (por ejemplo, la economía de los talibán es altamente dependiente del tráfico de opio que alimenta la llamada “senda turca” de la droga hacia Europa occidental, una red protegida por las mafias albanesas que tuvieron un papel importante en la rebelión de los kosovares).

En suma, de un lado se encuentran Estados Unidos, la Unión Europea y todos aquellos países que de una u otra forma participan en el sistema económico y tecnológico dominante, incluidos Rusia (igualmente enfrentada a las redes islámicas, a partir de Chechenia), Japón, China e India. De otro lado, hay un núcleo duro, irreductible, de redes terroristas del fundamentalismo islámico, con posibles complicidades en algunos gobiernos, con alianzas tácticas con otras redes terroristas y con una simpatía difusa entre sectores populares de países musulmanes. Estas redes variopintas buscan imponer sus objetivos utilizando las únicas armas eficaces en su situación de inferioridad tecnológica y militar: el terrorismo de geometría variable, desde el atentado individual a las matanzas masivas, pasando por la desorganización de la compleja infraestructura material en que se basa nuestra vida diaria (agua, electricidad, comunicaciones). Y contando con la transformación de personas en munición inteligente mediante la práctica generalizada de la inmolación.

Así planteada la guerra, Estados Unidos (un país herido y profundamente motivado en este combate) ha iniciado, con el apoyo de sus aliados (incluida España), la más difícil de las guerras: la guerra contra una red global capaz de rearticularse constantemente y de añadir nuevos elementos conforme otros vayan siendo destruidos, porque se alimenta del fanatismo religioso y de la desesperación social de millones de musulmanes. Por eso esta guerra no se parecerá mucho a la del Golfo. Incluso la muerte y el sufrimiento, jinetes sempiternos del aquelarre bélico, serán distintos esta vez, porque afectarán en mucha mayor medida a los norteamericanos y a sus aliados. Será una guerra cruenta, larga, insidiosa, que llegará a todos los confines, con múltiples reacciones violentas de esas redes multiformes y bien pertrechadas, que sabían lo que se les venía encima y que están preparadas para ello —tal vez con armas químicas y bacteriológicas.

Ahora bien, ¿cómo se ataca a una red? En términos asépticos, que son necesarios para la claridad, y basándome en las investigaciones que sobre estos temas han ido desarrollándose en distintos centros estratégicos de Estados Unidos y Europa, parece necesario distinguir entre tres procesos. El primero es la desarticulación de la red. El segundo consiste en prevenir la reconfiguración de la red. Y el tercero es evitar la reproducción de la red. Es sobre este tercer nivel sobre el que versan la mayoría de las discusiones bien intencionadas de estos días: hay que estabilizar el mundo mediante la incorporación al desarrollo de los hoy excluidos, hay que practicar la tolerancia multicultural y hay que forzar a Israel a aceptar un Estado palestino e imponer a judíos y palestinos la convivencia (difícil pero necesario y no necesariamente imposible si tomamos en serio acabar con ese nido de inestabilidad mundial). Pero esa estrategia de largo plazo solo es practicable después de la guerra. La primera tarea, en la que están ahora los gobiernos occidentales, es la de ganar esa guerra, empezando por la desarticulación de la red. Lo cual requiere, por un lado, la identificación y eliminación de sus nodos estratégicos; es decir, de aquellos en los que reside la capacidad de coordinación y toma de decisiones. De ahí el intento de destruir las bases operativas en Afganistán y en otros lugares aún por determinar. También en ese contexto se plantea la captura o muerte de Ben Laden, tanto por su importancia carismática de profeta del movimiento como por el valor simbólico que tendría su captura. La Unión Soviética fue derrotada en Afganistán, pero las cosas han cambiado. Los guerrilleros islámicos tenían con ellos a la CIA, a Pakistán y a Arabia Saudí.

Y los norteamericanos utilizarán probablemente las nuevas tácticas conocidas genéricamente como “swarming” (enjambres), basadas en el despliegue de pequeñas unidades de comando con alto poder de fuego, autonomía propia, coordinación electrónica entre las mismas y acceso constante a información por satélite y a apoyo aéreo instantáneo con armas de precisión. Aun así, sus pérdidas serán enormes, pero no se va a limitar EE.UU. esta vez a bombardear y luego ocupar terreno. Van a combatir a las redes con sus propias redes, utilizando su capacidad tecnológica para compensar su desconocimiento del terreno. En ferocidad y determinación esta vez los contrincantes estarán igualados. El punto débil para los norteamericanos es la mala calidad de la información de que disponen, consecuencia del declive profesional de sus servicios de espionaje en los últimos tiempos. Pero esperan compensarlo con la ayuda israelí, saudí, palestina (Arafat) y, sobre todo, con la colaboración de los paquistaníes, que son los que saben qué pasa en Afganistán: de ahí el papel decisivo que puede jugar Pakistán en esta guerra, en uno u otro sentido. Aliado esencial de los norteamericanos o país dividido por una guerra civil con la posibilidad de acceso a su armamento nuclear por parte de los fundamentalistas. La guerra de Afganistán solo será un elemento, aunque importante, de esa primera fase de desarticulación de las redes. Al mismo tiempo acciones puntuales en Palestina, en Líbano, tal vez en Libia, en Egipto y en Irak (con desarrollos impredecibles), tratarán de neutralizar, destruir y desorganizar los puntos de conexión que se identifiquen.

La segunda fase de la destrucción de las redes, que puede desarrollarse en paralelo a la primera, es evitar su reconfiguración, es decir, que se desplacen los grupos y operativos clave a otros lugares o que reorganicen su actividad a partir de nuevos integrantes. Lo que aquí cuenta son tres tareas: detectar e interceptar los flujos financieros, que constituyen el combustible indispensable de la red; interceptar las comunicaciones electrónicas sobre las que reposan los contactos globales, y confrontar las nuevas acciones de terrorismo con las que las redes van a responder a la ofensiva en su contra. En cierto modo, la forma de detectar a los núcleos operativos de la red terrorista será tan fácil como siniestra: estarán allí donde se produzcan atentados de destrucción masiva.

La guerra contra estas redes será llevada a cabo por una red de Estados y sus Fuerzas Armadas, en una compleja geometría de alianzas e intereses en que los Gobiernos tendrán que manejar la doble dependencia de su lealtad a la red de defensa conjunta y de la sensibilidad diferencial de sus opiniones públicas. Y las alianzas irán variando conforme en algunos países, en particular en países musulmanes, se produzcan reacciones populares en contra de la guerra a las redes terroristas.

La esperanza, la única esperanza de supervivencia de lo que hoy es nuestra sociedad, es que durante el proceso de destrucción de las redes del terror se sienten las bases sociales, económicas, culturales e institucionales para evitar su reproducción.

Nuestra organización económica y social, y nuestras instituciones políticas, han engendrado el fenómeno que hoy tenemos que combatir, incluido Bin Laden, que aprendió con la CIA. En el largo plazo, necesitamos absolutamente reformar en profundidad nuestro mundo, superando la exclusión social y la opresión de las identidades. En el corto plazo, estamos en guerra. Y me pareció que lo más honesto era contarle en qué consiste. Ojalá me equivoque.

Manuel Castells en CyberAnalitica

LA NUEVA ECONOMIA, Manuel Castells


Hay un cambio económico. Estamos en una nueva economía. El término que utilizo no es casual: en los medios de comunicación de todo el mundo se está aceptando la idea de esta "nueva economía" y como no se sabe muy bien lo que es, sólo que es nueva, se la llama así. Esta "nueva economía" está organizada por la interrelación de tres grandes características:

a. Una economía basada en la información y en el conocimiento

La "nueva economía" se caracteriza porque añade valor, genera productividad y consigue competitividad, esencialmente sobre la base de información y de conocimiento. La información y el conocimiento siempre han sido importantes en todas las economías y en todas las sociedades, esto no es nuevo. Sí es nueva la capacidad de procesamiento de esta información, en términos de velocidad y complejidad, gracias a nuevas tecnologías de información y nuevas tecnologías de red. Al aplicarse este poder de procesamiento a la propia información y al conocimiento, somos capaces de utilizar en tiempo real y en cualquier circunstancia la información y el conocimiento.


Tomemos como ejemplo la empresa española Zara. Esta empresa está teniendo un gran éxito comercial en su rama industrial, y es así porque cada vendedor de la firma lleva un pequeño ordenador donde procesa rápidamente las características fundamentales de cada transacción con cada cliente: selección, formas, diseños, colores, precios, etc. Esta información pasa inmediatamente a la base de datos , se procesa y, en dos semanas, Zara rectifica la línea de productos para cada mercado. Es lo mismo que, de forma más simple porque tenían menos tecnología en ese momento, hizo la cadena GAP para desplazar a Benetton de un segmento de mercado. El gran competidor de GAP en Europa es Zara que, en estos momentos, está entrando en Estados Unidos. Zara es una empresa familiar gallega con capacidad de utilización de las nuevas tecnologías de red de información y de incorporación al proceso de producción activo. Información y conocimiento como base de productividad. Información y competitividad constituyen la primera característica de la "nueva economía".

b. Una economía global.

Por global no quiero decir que sea una economía simplemente internacionalizada, pues ésta existe desde hace muchos siglos, sino una economía en la que las actividades centrales, las actividades estratégicas tienen la capacidad de funcionar en tiempo real, como una unidad , en ámbito planetario. Es decir, la nueva economía tiene la capacidad tecnológica necesaria (sin nuevas tecnologías no habría mercado financiero globalizado trabajando en tiempo real), la capacidad organizativa (las unidades económicas están organizadas para acceder directa o indirectamente a mercados globales y consumos globales) y la capacidad institucional (sin la ola de desregulación y liberalización que se ha producido en todo el mundo en los últimos diez o quince años, no habría tampoco esta capacidad de circulación global de dinero, personas, bienes y servicios).


La nueva economía es global en el sentido expuesto aunque , no todo el mundo está en el sistema global. La economía global condíciona todas las economías pero no integra a todo el mundo. La inmensa mayoría del empleo mundial, el 85 ó 90 %, es local y regional, ni siquiera nacional. Son mercados de trabajo muy localizados. La economía es global sólo en aquellas actividades condicionantes: por ejemplo, las grandes empresas multinacionales y sus redes auxiliares (53000 empresas multinacionales y 415000 subsidiarias) sólo emplean unos doscientos millones de trabajadores, cifra muy pequeña si se la comparara con los tres mil millones de fuerza laboral global. Pero esas empresas y sus redes constituyen el 30 % del producto bruto mundial y dos terceras partes del comercio mundial, dél cual el 40 % es comercio intraempresa.

Frecuentemente se confunde la globalización con el desarrollo del comercio internacional. El comercio internacional es la consecuencia de la internacionalización de la producción de bienes y servicios y, por eso, lo fundamental es qué se produce, cómo se produce, quién lo produce y para qué se produce. El mayor porcentaje de comercio exterior, sobre su producto bruto corresponde, sorprendentemente, a Africa subsahariana, un 30 %, muy superior a la media de los países de la OCIDE (20-22 ). Pero Africa subsahariana no está en la producción transnacional, sino en el comercio de café, de cacao y de algodón, es decir, en el comercio de bajo nivel, y no está integrada en los circuitos de producción, de transferencia de tecnología, de inversión de capital productivo, etc. Por tanto, el corazón de la actividad económica sí está globalizado, pero ello no quiere decir que todo el mundo esté integrado en esa economía global. Es una economía altamente segmentada que funciona por conexión y desconexión de aquello que vale y que no vale en cada momento. Es también una economía muy dinámica , que sólo utiliza los recursos necesarios. Por tanto, el segundo elemento de la nueva economía es el cambio de la producción en términos de globalización.

c. Una economía organizada a través de empresas-red


La empresa en la sociedad de la información es una "empresa-red". Esto resulta fundamental en la transformación del proceso de trabajo y, por tanto, del proceso de aprendizaje. PRISA y Santillana son un buen ejemplo de esta organización en red.

- En primer lugar, las grandes empresas se han descentralizado en los últimos años constituyendo unidades cada vez más autónomas e independientes, que trabajan por objetivos y se relacionan entre ellas

- En segundo lugar, las pequeñas y medianas empresas son competitivas, dinámicas y flexibles, pero sólo si articulan sus recursos en redes de colaboración que permitan aunar recursos, porque, si no, serían demasiado pequeñas para entrar en el mercado.

. En tercer lugar, las redes de pequeñas y medianas empresas trabajan para redes descentralizadas de grandes empresas.

Por último, las grandes empresas constituyen alianzas estratégicas, no permanentes sino en productos determinados o para una tarea específica.

Es decir, la organización económica actual se basa en redes de redes de redes, organizadas en torno a proyectos. La unidad ya no es la empresa; la empresa es la unidad de acumulación de capital, es la unidad de gestión general de segmentos de la red, pero hay un proyecto de negocio concreto que reúne elementos de distintas empresas y subempresas y , una vez ejecutado, esa red queda desmantelada para crearse otra en torno a otro proyecto. Esto es lo que caracteriza la nueva economía: la constante movilidad de los factores de producción, de capital. Esta "empresa-red" solamente es capaz de funcionar sobre la base de tecnologías de la información interactivas.

Las redes son una forma muy antigua de organización social. Su gran ventaja es la flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante. Su gran inconveniente es la articulación y coordinación de los distintos componentes de la red en una unidad de propósito. La tecnología de la información y de la comunicación de base microelectránica permite mantener la flexibilidad y, además, asegura la coordinación del proyecto, el cumplimiento del objetivo. Queda claro, por tanto, la "empresa-red" es la forma de organización característica de nuestras sociedades.

Reproducido con autorización de Editorial Santillana de Venezuela

STIGLITZ RELACIONA CRISIS DE ECONOMIA DE EEUU CON GRAN COSTO DE GUERRA DE IRAK

“El caos económico del presente está relacionado en buena medida con la guerra de Iraq”. Así de crítico con la administración Bush se muestra el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz en su nuevo libro, La guerra de los tres billones de dólares, en el que calcula los verdaderos gastos del conflicto y asegura que la invasión ha agravado los problemas económicos que el país padece actualmente.

El laureado economista afirma que los costos trimestrales de la guerra ascienden aproximadamente a 50.000 millones de dólares, cantidad con la que el Gobierno de George W. Bush pretendía, en un principio, sufragar la intervención por completo. “Si situamos esa cantidad en su marco, con una sexta parte de lo que se ha gastado en la guerra los EEUU podrían dotarse de una base económica sólida para su sistema de seguridad social durante más de medio siglo, sin reducir las prestaciones ni aumentar las contribuciones”, afirma.

En su nueva obra, escrita conjuntamente con la profesora de Harvard Linda Bilmes, Stiglitz subraya que el Gobierno de EEUU lanzó la invasión al tiempo que promovía rebajas fiscales para las clases más pudientes, a pesar de que sufría un déficit presupuestario. A consecuencia de ello, Washington ha tenido que recurrir a un exceso de gasto público –financiado en gran parte desde el extranjero- para sufragar la guerra. “Todo el coste se va a legar a las generaciones futuras. Si no cambia la situación, la deuda nacional de los EEUU, que ascendía a 5,7 billones de dólares cuando Bush llegó a la presidencia, será dos billones de dólares mayor por la guerra”, dice.

Cascada de liquidez

Para Stiglitz, la guerra de Iraq –la primera en la historia norteamericana que no ha exigido un sacrificio económico a los ciudadanos mediante un aumento de impuestos- fue parcialmente responsable del enorme aumento de los precios del petróleo. Además, el dinero invertido en la invasión no estimuló la economía en la misma medida que lo habrían hecho los dólares gastados en Estados Unidos. “A fin de encubrir estas debilidades de la economía estadounidense, la Reserva Federal dejó salir una cascada de liquidez; esto, combinado con normas laxas, dio origen a la burbuja de la vivienda y a un auge del consumo”, argumenta.

Desde que el pasado mes de agosto estalló en EEUU la crisis provocada por las hipotecas de alto riesgo todos los focos han apuntado a los mercados financieros. La confianza de los inversores estadounidenses ha ido disminuyendo sin que reguladores ni administración haya podido hacer nada para evitarlo. Los sucesivos recortes de tipos llevados a cabo por la Reserva Federal no han hecho más que generar polémica entre los partidarios de salvar a toda costa el mercado y aquellos que alertan sobre el peligro de un crecimiento desmesurado de la inflación.

Ni siquiera la administración Bush, que al comenzar 2008 solicitó al Congreso una inyección fiscal de 145.000 millones de euros –equivalente al 1% del PIB- ha conseguido contener la escalada. Y en EEUU ya se habla de recesión de costa a costa, la peor desde la II Guerra Mundial según Alan Greenspan, pese a que el secretario del Tesoro, Hank Paulson, y el presidente de la Fed, Ben Bernanke, aseguran que este año no habrá crisis.

Ideología y especulación

“La ideología y la especulación también han desempeñado su papel en el aumento de los costos de la guerra. Los Estados Unidos han contado con contratistas privados que no han resultado baratos. (…) La guerra sólo ha tenido dos vencedores: las compañías petroleras y los contratistas de defensa. El precio de las acciones de Halliburton, la antigua empresa del vicepresidente Dick Cheney, se ha puesto por las nubes, pero incluso cuando el Gobierno recurrió cada vez a más contratistas redujo su supervisión”, concluye Stiglitz.

No obstante, no todos se muestran tan firmes al relacionar la guerra de Iraq con la actual crisis económica. Robert Hormats, vicepresidente de Goldman Sachs International y autor de un libro que analiza cómo los EEUU sufragan sus guerras, argumenta que la intervención es negativa para la economía, pero que es tan sólo un factor menor en la recesión.

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