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miércoles, 4 de junio de 2008

CONTRA EL FATALISMO ECONOMICO, por P. Bourdieu

Mis más cálidos agradecimientos para la ciudad de Ludwigshafen, su alcalde el Señor Wolfgang Schulte y al Instituto Ernst Bloch, por el honor que se me ha concedido y asocia mi nombre con el de uno de los filósofos a quien más admiro. Mis agradecimientos también para el señor Ulrich Beck por el generoso discurso que acaba de pronunciar. Me hace pensar en que en el futuro próximo podremos asistir al nacimiento de la utopía de un colectivo intelectual europeo, cosa que he apoyado durante mucho tiempo. Mi única crítica a esta eulogia es su excesiva generosidad, especialmente por la forma en que atribuyó a mi persona una cantidad de propiedades y cualidades que sólo son producto de condiciones sociales. No puedo dejar de pensar, cuando se me honra de semejante manera y se me eleva al nivel de gran defensor de la idea utópica -en estos días tan desacreditada, desechada y ridiculizada, en nombre del realismo económico-, que estoy siendo autorizado o más precisamente urgido a intentar definir cual tiene que ser y debe ser el papel del intelectual, en relación a la utopía en general y la utopía europea en particular.

Revolución conservadora

Debemos reconocer que estamos actualmente en un período de restauración neo-conservadora. Pero esta revolución conservadora asume una forma sin precedentes: no hay, como en tiempos anteriores, ningún intento de invocar un pasado idealizado mediante la exaltación de la tierra, la sangre, y los temas de las antiguas mitologías rurales. Es un nuevo tipo de revolución conservadora que, para justificar su restauración reclama una relación con el progreso, la razón y la ciencia -la economía, en verdad-, y a partir de esto intenta relegar el pensamiento y la acción progresiva a un estatus arcaico. Se erige como patrón de normas para todas las prácticas, y por tanto como norma ideal, el orden del mundo económico librado a su propia lógica: la ley del mercado, la ley del más fuerte. Ratifica y jerarquiza la norma de los llamados mercados financieros, el retorno a un tipo de capitalismo radical que no responde a ninguna ley más que a la máxima ganancia; un capitalismo sin tapujos, desenfrenado, que ha sido llevado hasta el límite de su eficiencia económica por medio de las formas modernas de conducción Management y las técnicas manipuladoras como la investigación de mercado y las propagandas de venta y comercialización.

El aspecto engañoso de esta revolución conservadora es que, atrapada por todos los signos de la modernidad, aparentemente no conserva nada de la oscura pastoral de la Selva Negra, tan amada por los revolucionarios de los años 30... Después de todo, viene de Chicago ¿no es así?... Galileo dijo que el mundo natural está escrito en lenguaje matemático. Actualmente, tratan de inventar que el mundo social está escrito en lenguaje económico. Mediante el arma de las matemáticas -y también del poder de los medios- el neoliberalismo se ha transformado en la forma suprema de contraataque conservador, apareciendo durante los últimos treinta años bajo la denominación de "el fin de la ideología" o, mas recientemente, "el fin de la historia".

Fatalismo economicista
Lo que se nos presenta como un horizonte imposible de superar por el pensamiento -el fin de las utopías criticas- no es nada más que un fatalismo economicista, que puede criticarse en los términos empleados por Ernst Bloch en El espíritu de la utopía (1) dirigiéndose al economicismo y fatalismo que pueden encontrarse en el marxismo.

La fechitización de las fuerzas productivas y el fatalismo resultante, se encuentra hoy paradójicamente en los profetas del neoliberalismo y en los sacerdotes del Deutschmark y la estabilidad monetaria. El neoliberalismo es una poderosa teoría económica cuya estricta fuerza simbólica, combinada con el efecto de la teoría, redobla la fuerza de las realidades económicas que supuestamente expresa. Sostiene la filosofía espontanea de los administradores de las grandes multinacionales y de los agentes de la gran finanza, en especial los agentes de Fondos de pensión. Seguida en todo el mundo por políticos nacionales e internacionales, funcionarios oficiales y especialmente por el mundillo de los periodistas tradicionales -todos más o menos igualmente ignorantes de la teología matemática subyacente- se está transformando en una creencia universal, en un nuevo evangelio ecuménico.

Este evangelio, o más bien la vulgarización gradual que se ha hecho a nombre del liberalismo en todos los lugares, está confeccionada con una colección de palabras mal definidas -"globalización", "flexibilidad", "desrregulación" y otras- que, a través de sus connotaciones liberales e incluso libertarias pueden ayudar a dar la apariencia de un mensaje de libertad y liberación a una ideología que se piensa a si misma como opuesta a toda ideología.

De hecho, esta filosofía tiene y reconoce como su único objetivo la permanente creación de riqueza y, más secretamente, su concentración en manos de una minoría privilegiada, y por lo tanto conduce un combate por cualquier medio, incluso la destrucción del medio ambiente y el sacrificio humano, contra cualquier obstáculo a la maximización de las ganancias. Seguidores del laisser-faire, como Thatcher, Reagan y sus sucesores ponen cuidado en la práctica no del laisser-faire sino, al contrario, en dar mano libre a la lógica de los mercados financieros para llevar adelante una guerra total contra los sindicatos, contra las adquisiciones sociales de los últimos siglos, en una palabra, contra todas las formas de civilización asociadas con el estado social.

Juzgar por los resultados
La política neoliberal puede ser ahora juzgada por sus resultados, que son claros para todos, a pesar de los esfuerzos para probar por medio de trucos estadísticos y trampas groseras que Estados Unidos y Gran Bretaña han alcanzado el pleno empleo. Hay desempleo masivo. Los trabajos que hay son precarios, la permanente inseguridad resultante afecta una creciente proporción de la población, aun en las clases medias. Hay una profunda desmoralización ligada al colapso de la solidaridad elemental, especialmente en la familia y todas las consecuencias de este estado de anomia: delincuencia juvenil, crimen, drogas, alcoholismo, la reaparición en Francia y en otros lugares de movimientos políticos de corte fascista. Y hay una destrucción gradual de las adquisiciones sociales y cualquier defensa de estas es denunciada como conservadurismo pasado de moda.

A esto podemos sumar ahora la destrucción de las bases económicas y sociales de las más notables conquistas culturales de la humanidad. La autonomía de la cual gozaban los universos de la producción cultural en relación al mercado, que había crecido continuamente por medio de las luchas de los escritores, artistas y científicos, está cada vez más amenazada. La dominación del "comercio" y de "lo comercial" sobre la literatura aumenta día a día, especialmente por medio de la concentración de la industria de publicidad que está cada vez más sujeta a las restricciones de la ganancia inmediata. Acerca del cine, podemos preguntarnos qué quedará del cine artístico experimental europeo en diez años, a no ser que se haga todo lo posible para proporcionar a los productores de vanguardia los medios de producción y más importante aún, de distribución.

Todo esto, sin mencionar los servicios sociales, condenados o a las órdenes directamente interesadas de las burocracias estatales o empresariales o a ser estrangulados económicamente. Se me preguntará ¿cual fue el papel de los intelectuales en todo esto ? No intentaré hacer un listado -sería muy largo y muy cruel- de todas las formas omisión o, peor aun, de colaboración. No necesito mencionar los argumentos de los así llamados filósofos modernistas y posmodernistas que, no satisfechos con enterrarse a sí mismos en juegos escolásticos, se reducen a la defensa verbal de la razón y el diálogo racional, o peor aun, sugieren una versión supuestamente posmoderna pero realmente radical-chic de la ideología del fin de las ideologías, con toda su condena de las grandes narrativas y una denuncia nihilista de la ciencia.

Utopismo razonado
¿Cómo podremos evitar desmoralizarnos en este entorno más o menos desalentador? ¿Cómo devolveremos la vida y la fortaleza social al "utopismo razonado" del que habla Ernst Bloch refiriéndose a Francis Bacon? (2). Para empezar ¿cómo debemos entender el significado de esta frase? Otorgándole un riguroso significado a la oposición descrita por Marx entre "sociologismo" (la pura y simple sumisión a las leyes sociales) y "utopismo" ( el desafío audaz de estas leyes), Ernst Bloch describe al "utópico razonable" como quien actúa en virtud de "el pleno conocimiento conciente del curso objetivo", la posibilidad objetiva y real de su "época"; a quien, en otras palabras, "anticipa psicológicamente una posible realidad". El utopismo racional se define como opuesto tanto al "pensamiento ilusorio que siempre ha traído descrédito a la utopía" como a "las trivialidades filisteas preocupadas esencialmente por los hechos". Se opone al "derrotismo ultimatista" "la herejía de un automatismo objetivista, según el que las contradicciones objetivas del mundo serían suficientes en sí mismas para revolucionar el mundo en el cual se dan" y, al mismo tiempo, al "activismo por sí mismo" , puro voluntarismo basado en un exceso de optimismo.(3)

Así que contra este "fatalismo de banquero" que pretende hacernos creer que el mundo no puede ser diferente a lo que es -en otras palabras, totalmente sometido a los intereses y deseos de ellos-, los intelectuales y todos aquellos preocupados por el bienestar de la humanidad tendrán que restablecer un pensamiento utópico con respaldo científico, tanto en sus metas, que deben ser compatibles con las tendencias objetivas, como en sus medios, que también deben ser científicamente examinados. Necesitan trabajar colectivamente en estudios que puedan impulsar proyectos y acciones adecuados a los procesos objetivos que se intenta transformar.

El utopismo razonado, como lo he definido, es indiscutiblemente lo más ausente en la Europa actual. La forma de resistir a esta Europa -la que el pensamiento de los banqueros intenta hacernos aceptar a toda costa- no es el rechazo a Europa en sí misma desde una posición nacionalista, como lo hacen algunos, sino levantar un rechazo progresivo a la Europa neoliberal definida por bancos y banqueros. Sirve a sus intereses suponer que cualquier rechazo a la Europa que quieren equivale a un rechazo a cualquier Europa. Pero rechazando a una Europa definida y dominada por los bancos, rechazamos el pensamiento de los banqueros y el proceso que -bajo la cobertura neoliberal- termina haciendo del dinero la medida de todas las cosas, incluido el valor de los hombres y mujeres en el mercado laboral y así en todos los terrenos, en todas las dimensiones de la existencia; un proceso que al establecer la ganancia como criterio único para evaluar la educación, la cultura, el arte, la literatura, nos condena a una prosaica civilización desabrida de "fast food", novelas de aeropuertos y guisos televisivos.

Resistencia europea
La resistencia a la Europa de los banqueros y la previsible restauración conservadora, sólo puede ser europea. Y solamente puede ser europea en el sentido de liberarse de intereses, presunciones, prejuicios y hábitos de pensamiento que son nacionales y aun vagamente nacionalistas, siendo realmente una acción de todos los europeos, en otras palabras, una combinación concertada de intelectuales de todos los países europeos, sindicatos de todos los países europeos, de las más diversas asociaciones de todos los países europeos. Es por esto que la tarea más urgente del momento no es elaborar programas europeos comunes, sino la creación de instituciones -parlamentos, federaciones internacionales, asociaciones europeas de esto y aquello: camioneros, editores, maestros y demás, pero también defensores de árboles, peces, hongos, aire puro, niños y todo lo demás- en el seno de los cuales pueden ser discutidos y elaborados determinados programas europeos.

La gente podrá decir que todo esto ya existe, pero yo estoy plenamente seguro de lo contrario, no es preciso más que mirar la actual situación de la federación europea de sindicatos; la única corporación internacional europea que se está construyendo y que posee cierto nivel de efectividad es la de los tecnócratas, contra la cual no tengo nada que decir, en verdad sería el primero en defenderla contra las dudas generalmente estúpidas, nacionalistas o -peor aún- populistas que se ciernen sobre ella. Finalmente, para no dar una respuesta general y abstracta a la pregunta por la cual comencé -sobre el papel de los intelectuales en la construcción de la utopía europea- quisiera decir que contribución espero hacer personalmente a esta inmensa y urgente tarea.

Convencido como estoy de que los mayores vacíos de la construcción europea pueden ubicarse en cuatro áreas principales -el estado social y sus funciones; la unificación de los sindicatos; la armonía y modernización de el sistema educativo; y la articulación entre la política económica y la política social- estoy trabajando actualmente, en colaboración con investigadores de diversos países europeos, sobre la concepción y construcción de las estructuras organizativas esenciales para llevar a cabo la investigación comparativa y complementaria necesaria para aportar al utopismo en estas cuestiones su carácter razonado, especialmente, por ejemplo, esclareciendo los obstáculos sociales hacia una europeización real de instituciones tales como estado, sistema educativo y sindicatos.

Un proyecto especialmente querido por mí, se refiere a la articulación entre la política económica y lo que llamamos política social, más precisamente, los efectos sociales y los costos de la política económica. Incluye el intento de encontrar las causas primarias de las diversas formas de la miseria social que aflige a hombres y mujeres de las sociedades europeas, lo que casi siempre nos remite a decisiones económicas. Es una oportunidad para que el sociólogo, a quien corrientemente no se consulta excepto para remendar la vajilla que rompen los economistas, aproveche para recordarnos que la sociología puede y debe jugar un papel inicial en las decisiones políticas que son dejadas cada vez más en manos de los economistas o dictadas de acuerdo a consideraciones económicas muy limitadas.

A través de una descripción detallada del sufrimiento causado por las políticas neoliberales -en el mismo sentido que en La Misere du monde (4)- y por medio de sistemáticas referencias cruzadas entre, por un lado, los índices económicos concernientes a la política social de las empresas (ajustes, métodos administrativos, salarios y demás) y, por otro lado, los índices de tipo más evidentemente social (accidentes industriales, enfermedades ocupacionales, alcoholismo, utilización de drogas, suicidio, delincuencia, crimen, violaciones, y demás). Me gustaría plantear la pregunta acerca de los costos sociales de la violencia económica y por lo tanto intentar diseñar las bases para una economía del bienestar que tenga en cuenta todas las cosas que, la gente que dirige la economía y los economistas, excluyen de los cálculos más o menos imaginarios en cuyo nombre pretenden gobernarnos.

Por lo tanto, para concluir, sólo quiero formular la pregunta que debe estar en el centro de cualquier utopía razonada concerniente a Europa: cómo creamos una Europa realmente europea, una que esté libre de toda dependencia de cualquiera de los imperialismos -comenzando por el imperialismo que afecta la producción y la distribución cultural en particular, vía las restricciones comerciales. Liberada también de todos los residuos nacionales y nacionalistas que aun impiden que Europa acumule, aumente y distribuya todo lo que es más universal en la tradición de todas naciones que la componen.

Para terminar con un lugar totalmente concreto del "utopismo" razonado, permítaseme sugerir que esta cuestión, para mí crucial, sea incluida en el programa del Centro Ernst Bloch y el de la organización internacional de "utópicos reflexivos" que en él podría constituirse.

* Texto del discurso pronunciado por Pierre Bourdieu el 22 de noviembre de 1997, en el acto de recepción del Premio Ernst Bloch, concedido por el Instituto Ernst Bloch, en la ciudad alemana de Ludwigshafen. Publicado en New Left Review Nº 227, enero-febrero 1998, Londres. Traducido del inglés por Clara Inés Restrepo.

martes, 3 de junio de 2008

LA SOCIOECONOMIA, E. Aquevedo

¿Qué es la socioeconomía? Se trata de una nueva propuesta y corriente integradora del análisis económico vinculado orgánicamente a la sociología, en particular, pero con importantes puentes hacia la antropología, la ciencia política, la psicología y la historia. Su finalidad es analizar y comprender los hechos económicos esenciales (producción, consumo, distribución, mercado, salarios, empleo, ingresos, crecimiento, desarrollo, etc.) dentro de su contexto pluridimensional, donde las estructuras socio-políticas y culturales juegan roles decisivos.

En este sentido es un enfoque innovador además de integrador, que se sustenta en diversas corrientes de pensamiento dentro de la tradición económica heterodoxa (escuela de la regulación, institucionalismo, convencionalismo, marxismo, etc.), que hasta hace menos de dos décadas existían de modo disperso o diferenciado. Ahora, integrados en el marco de la socioeconomía, no solo cuestionan la visión neoclásica como en el pasado, sino que además buscan generar nuevos análisis y conocimientos sobre la realidad económico-social y elaborar propuestas y soluciones en este mismo ámbito.

En el año de 1989 se funda en la Universidad de Harvard la Sociedad para el Avance de la Socioeconomía, SASE (Society for the Advancement of Socioeconomics). Esta sociedad cuenta entre sus miembros de honor a economistas y sociólogos del más alto prestigio internacional como K.Boulding, A. Hirchman, J. Galbraith, A. Sen, H.Simon, P. Bourdieu, M. Douglas, N. Smelser y Robert Boyer. La sociedad cuenta como órgano de difusión del resultado de las investigación del campo con el The Journal of Socioeconomics. Los propósitos de la SASE son en síntesis los siguientes:

1.- Promover una mayor comprensión del comportamiento económico y sobre todo de los mecanismos de decisión a través de una amplia y variada selección de disciplinas académicas.

2.- Promover el estudio y la investigación de las implicaciones políticas y culturales que se derivan de un entendimiento pluricontextual (social, psicológico, histórico, filosófico y ético) del comportamiento económico dentro de comunidades.3.- Servir de espacio de intercambio de ideas y experiencias a nivel global.

La Sociedad para el Avance de la Socioeconomía (SASE) está presente en más de 30 países. La sede central de la SASE está en los Estados Unidos y en diversos países, en Europa en particular, existen ya cátedras de socioeconomía, tanto a nivel de pregrado y de postgrado. En chile, en la Universidad de Valparaíso, fue creada recientemente la primera Licenciatura en Socioeconomía.

¿Cual es entonces el campo de actividad disciplinaria y las problemáticas que aborda la Socioeconomía? Como se desprende de su desarrollo en otros países, su campo de actividad y preocupación es el conjunto de temáticas económicas clásicas, desde la producción y el consumo, hasta la formación de los salarios y la distribución del ingreso, pasando por la organización y dinámicas del mercado de trabajo, así como la problemática del crecimiento y del desarrollo, integrados y sobredeterminados por sus particulares contextos socio-políticos y culturales, como ya se dijo antes. En esta integración interdisciplinar es posible comprender de manera más real cada uno de esos fenómenos económicos clásicos, interactuando con procesos regulatorios, de convenciones socio-institucionales, o de intereses sociales y políticos subyacentes. Así cobran relevancia especial, por ejemplo, temas como el capital social y cultural en los procesos de desarrollo, las redes y vínculos sociales, así como los conflictos políticos y los intereses y pugnas de las diferentes clases sociales en la formulación e implementación de las políticas socio-económicas.

¿Cual podría ser, en fin, su orientación profesional y perspectivas laborales? De manera sintética, digamos sólo que un socioeconomista es entonces aquel profesional que, armado de una sólida formación teórica interdisciplinaria (económica y sociológica en particular), metodológica e instrumental, puede asumir roles y funciones en un mercado laboral exigente.

LA SOCIOLOGÍA, ¿ES UNA CIENCIA?, ENTREVISTA CON PIERRE BOURDIEU


Entrevista con Pierre Bordieu. La sociología. ¿es una ciencia?
La sociología es en plenitud una ciencia, pero sí una ciencia dífícil. Al contrario de las ciencias consideradas puras, ella es por excelencia la ciencia que se sospecha de no serlo. Hay para ello una buena razón: produce miedo. Porque levanta el velo de cosas ocultas, incluso reprimidas.

La Recherche: Comencemos por las cuestiones más evidentes: las ciencias sociales, y la sociología en particular, ¿son verdaderamente deudas? ¿Por qué siente Ud. la necesidad de reivindicar la cientificidad?
Pierre Bourdieu: La sociología me parece tener todas las propiedades que definen una ciencia. Pero, ¿en qué grado? La respuesta que podemos hacer varía mucho según los sociólogos. Diré solamente que hay mucha gente que se dice o se cree sociólogos y que confieso tener dificultad en reconocerles como tales (es el caso también, en grados diferentes, en todas las ciencias). En todo caso, hace mucho tiempo que la sociología salió de la prehistoria, es decir de la edad de las grandes teorías de la filosofía social con la cual los profanos a menudo la identifican. El conjunto de los sociólogos dignos de ese nombre se ajusta a un capital de logros, de conceptos, de métodos, de procedimientos de verificación. No obstante, por diversas razones sociológicas evidentes, y entre los cuales porque ella juega el rol de disciplina refugio, la sociología es una disciplina muy dispersa (en el sentido estático del término), y esto en diferentes puntos de vista. Así se explica que ella dé la apariencia de una disciplina dividida, más próxima de la filosofía que las otras ciencias. Pero el problema no reside allí: si somos de tal manera detallistas acerca de la cientificidad de la sociología es porque ella perturba.
La Recherche: Los sociólogos entonces, ¿son objeto de una sospechaparticular?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene efectivamente el triste privilegio de encontrarse sin respiro confrontada a la cuestión de su cientificidad. Se es mil veces menos exigente con la historia o la etnología, sin hablar de la geografía, de la filología o de la arqueología. Siempre interrogado, el sociólogo se interroga e interroga siempre. Esto hace creer en un imperialismo sociológico:¿qué es esta ciencia emergente, vacilante, que se permite someter a examen a las otras ciencias? Yo pienso, por supuesto, en la sociología de la ciencia. De hecho, la sociología no hace más que plantear a las otras ciencias preguntasque se plantean a ella de manera particularmente aguda. Si la sociología es una ciencia crítica, es quizás porque ella misma se encuentra en una posición crítica. La sociología crea problemas, como se dice.
La Recherche: ¿La sociología provoca miedo?
Pierre Bourdieu: Si, porque saca el velo que existe sobre cosas escondidas y a veces reprimidas. Ella revela, por ejemplo, la correlación entre el éxito escolar, que se identifica con la inteligencia, y el origen social o, más aún, con el capital cultural heredado de la familia. Son verdades que los tecnócratas, los epistemócratas (es decir buena cantidad de aquellos que leen la sociología y de los que la financian) no quieren oír. Otro ejemplo: la sociología muestra que el mundo científico es el lugar de una competencia que está orientada por la búsqueda de beneficios específicos (premios Nóbel y otros, prioridad del hallazgo, prestigio, etc.) y conducida en nombre de intereses específicos (es decir irreductibles a los intereses económicos en su forma ordinaria y percibidos por lo mismo como "desinteresados"). Esta descripción cuestiona evidentemente una hagiografía científica en la cual participan a menudo los científicos y de la cual éstos tienen necesidad para creer lo que hacen.
La Recherche: De acuerdo: la sociología aparece a menudo como agresiva y perturbadora, Pero, ¿por qué se requiere que el discurso sociológico sea "científico"? Los periodistas también plantean preguntas molestas; ahora bien, ellos no reivindican su pertenencia a la ciencias ¿Por qué es decisivo que haya una frontera entre la sociología y un periodismo crítico?
Pierre Bourdieu: Porque hay una diferencia objetiva. No es una cuestión de vanidad. Hay sistemas coherentes de hipótesis, de conceptos, de métodos de verificación, todo cuanto se adjunta comúnmente a la idea de ciencia. Por consiguiente, ¿por qué no decir que es una ciencia si lo es realmente? Ciertamente es una cuestión muy importante: una de las maneras de zafarse de verdades molestas es decir que ellas no son científicas, lo que quiere decir que ellas son políticas, es decir suscitadas por el interés, la pasión, por lo tanto relativas y relativizables.
La Recherche: Si se plantea a la sociología la cuestión de lacientificidad, ¿no es también porque ella se ha desarrollado con cierto retraso con respecto a las otras deudas?
Pierre Bourdieu: Sin duda, pero ese retraso se debe al hecho de que la sociología es una ciencia especialmente difícil. Una de las dificultades mayores reside en el hecho de que sus objetos son espacios de lucha: cosas que se esconden, que se censuran; por las cuales se está dispuesto a morir. Es verdad también para el investigador mismo que se encuentra en juego en sus propios objetos. Y la dificultad particular que enfrenta la sociología se debe muy a menudo a que las personas tienen miedo de lo que van a encontrar. La sociología confronta sin cesar a aquél que la practica a realidades rudas, ella desencanta. Es el por qué, contrariamente a lo que a menudo se cree, afuera y adentro, ella no ofrece ninguna de las satisfacciones que la adolescencia busca frecuentemente en el compromiso político. De ese punto de vista, ella se sitúa al polo opuesto de las ciencias llamadas puras (o de las artes puras), que son sin duda por una parte, refugios en los cuales tienden a aislarse para olvidar el mundo, universos depurados de todo lo que causa problema, como la sexualidad o la política. Es el por qué los espíritus formajes o formalistas hacen en general una sociología lastimosa.
La Recherche: Ud. muestra que la sociología interviene a propósito de cuestiones socialmente importantes. Eso plantea el problema de su neutralidad, de su objetividad el sociólogo, ¿puede permanecer por encima de las pugnas, en posición de observador imparcial?
Pierre Bourdieu: La sociología tiene como particularidad tener por objeto campos de lucha: no solamente el campo de las luchas de clases sino el campo de las luchas científicas mismo. Y el sociólogo ocupa una posición en esas luchas: de partida, en tanto que detentor de un cierto capital económico y cultural, en el campo de las clases; enseguida, en tanto que investigador dotado de cierto capital específico, en el campo de la producción cultural y, más precisamente, en el sub-campo de la sociología. Esto, él debe tenerlo siempre en mente con el fin de discernir y controlar todos los efectos que su posición soca puede tener sobre su actividad científica. Es la razón por la cual la sociología de la sociología no es, para mí, una especialidad entre otras, sino una de las condiciones primeras de una sociología científica. Me parece en efecto que una de las causas principales del error en sociología reside en una relación incontrolada del objeto. Es entonces capital que el sociólogo tome conciencia de su propia posición. Las posibilidades de contribuir a producir la verdad me parecen en realidad depender de dos factores principales, que están ligados a la posición ocupada: el interés que se tiene en saber y en hacer saber la verdad (o, inversamente, a esconderla o a escondérsela) y la capacidad que se tiene de producirla. Se conoce la expresión de Bachelard: No hay ciencia sino de lo escondido. El sociólogo está mejor armado para descubrir lo escondido por el hecho de estar mejor armado científicamente, de que utiliza mejor el capital de conceptos, de métodos, de técnicas, acumulado por sus predecesores, Marx, Durkheim, Weber, y muchos otros, y que es más crítico; que la intención consciente o inconsciente que le anima es más subversiva, que tiene más interés en sacar a luz lo que está censurado, reprimido en el mundo social. Y si la sociología no avanza más rápido, como la ciencia social en general, es tal vez, en parte, porque esos dos factores tienden a variar en sentido inverso.Si el sociólogo llega a producir, aunque fuere un poco de verdad, no está bien que él tenga interés en producir esa verdad, sino porque existe interés. Lo que es exactamente lo contrario del discurso un poco tonto sobre la neutralidad. Este interés puede consistir, como en todas partes, en el deseo de ser el primero en hacer un hallazgo y de apropiarse de todos los beneficios asociados, o en la indignación moral, o en la rebelión contra ciertas formas de dominación y contra aquellos que las defienden al interior del campo científico, etc. En síntesis, no hay una Inmaculada Concepción. Y no habrían muchas verdades científicas si se debiera condenar tal o cual descubrimiento (basta con pensar en la "doble hélice") so pretexto de que las intenciones o los procedimientos no fueron muy puros.
La Recherche: Pero, en el caso de las ciencias sociales, el "interés", la "pasión", el "compromiso", ¿NO pueden conducir al enceguecimiento?
Pierre Bourdieu: En realidad, y es lo que constituye la dificultad particular de la sociología, esos "intereses", esas "pasiones", nobles o ignominiosas, no conducen a la verdad científica sino en la medida en que están acompañadas de un conocimiento científico de lo que las determina, y de los límites así impuestos al conocimiento. Por ejemplo, todos saben que el resentimiento ligado al fracaso no hace más lúcido acerca del mundo social sino encegueciendo respecto del principio mismo de esa lucidez. Pero eso no es todo. Más una ciencia es avanzada, más el capital de saberes acumulados es importante y más las estrategias de subversión, de crítica, cualesquiera sean las "motivaciones", deben, para ser eficaces, movilizar un saber importante. En física, es difícil triunfar sobre un adversario recurriendo al argumento autoridad o, como sucede todavía en sociología, denunciando el contenido político de su teoría. Las armas -de la crítica deben ser científicas para ser eficaces. En sociología, al contrario, toda proposición que contradice las ideas incorporadas está expuesta a la sospecha de una opción ideológica, de una toma de posición política. Aquélla choca con intereses sociales: los intereses de los dominantes que tienen una opción por el silencio y por el "buen sentido", los intereses de los portavoces, de los altoparlantes, que necesitan ideas simples, simplistas, consignas. Es la razón por la cual se le pide mil veces más pruebas (lo que, de hecho, está muy bien) que a los voceros del "buen sentido". Y cada descubrimiento de la ciencia desencadena un inmenso trabajo de "crítica" retrógrada que acapara todo el orden social (los créditos, los puestos, los honores, por lo tanto la creencia) y que apunta a enterrar lo que había sido descubierto
In: La Recherche N0 331, Mayo de 2000.Traducción: Manuel Antonio Baeza R. Concepción, Diciembre de 2000.

sábado, 31 de mayo de 2008

La transformación de los procesos de trabajo, Manuel Castells

En torno a la transformación de la nueva economía se transforman también los procesos de trabajo. El nuevo trabajo se caracteriza por la autonomía del trabajador en la toma de decisiones y en la relación con otros trabajadores funcionando en la red. Esto exige al trabajador saber qué hacer con la información que necesita, dónde buscarla, cómo relacionarse con otros elementos en red y tomar decisiones en tiempo real.


a. Trabajadores altamente cualficados y flexibles


El trabajo cualificado aparece como la fuente de creación de valor más directa. Por lo tanto, el recurso fundamental que buscan las empresas más dinámicas es el trabajador altamente cualificado. Quien tiene dinero pero no tiene ideas, pierde el dinero; quien tiene ideas, encuentra el dinero. Por tanto, la inversión en profesionales con talento es la inversión fundamental para las empresas.

Pero, además, el trabajador debe tener otra característica: la capacidad de cambiar en su vida activa con respecto al entorno, en proceso de cambio cada vez más acelerado, tanto en lo tecnológico como en lo organizativo. Es el trabajador “autoprogramable”, con capacidad para definir objetivos y fuentes de recursos, y de procesarlos. Se trata de un profesional autónomo, flexible, capaz de definir objetivos y de transformarlos en tareas.

b) Dicotomía entre trabajo cualificado y trabajo genérico.


Seguirá existiendo, una masa de trabajadores poco cualificados, ejecutores de tareas simples, que no son remplazados por máquinas inteligentes simplemente por cuestiones económicas. No se trata de un trabajo generado sobre la base de cualificaciones y proceso de la información, sino sobre la ejecución de las instrucciones. Se trata del trabajo genérico. La optimización de recursos del trabajador “genérico” depende de la combinación más beneficiosa en cada momento.

La dicotomía que se está produciendo entre trabajo autoprogramable y trabajo genérico está en la base de la creación de desigualdad social en todas las sociedades en los últimos diez años. Están los Rivaldos del mundo y los pobres “curritos” que sólo pueden aspirar a algo mejor con el paso del tiempo. En términos de ideal social y de igualdad relativa, habría que acabar con el trabajo genérico, trabajo que podemos automatizar, pero que se conserva como emblema de la frontera de la desigualdad. Por ejemplo, la ocupación que más crece en los trabajos de servicios no cualificados es la de vigilantes (cuando en realidad debería ser una tarea de alta cualificación, ya que no se trata sólo de llevar una pistola y tener puntería), sino que, además, deberían ser licenciados en psicología, para saber tratar situaciones violentas. Lo mismo ocurre con los cocineros, una actividad altamente cualificada, a no ser que se trate simplemente de cocinar hamburguesas.

Se produce, por tanto, una transformación de los procesos de trabajo y del proceso organizativo: el trabajador autoprogramable genera valor y el trabajador genérico simplemente ejecuta tareas. A éste último se le paga poco, en función del excedente de trabajo que se genera en el trabajo cualificado. Con ello se rompen los intereses conjuntos de ambos tipos de trabajadores.


El trabajador autoprogramable entra en un sistema de interrelación con la empresa: se le empieza a pagar en relación con los resultados de la empresa en un intento de integración. Las llamadas stock options que tantas bromas generan en España, es un mecanismo muy serio que integra al trabajador en los resultados de la gestión de la empresa. Como, además, la empresa depende del mercado financiero (ya no hay grandes empresas familiares sino empresas que cotizan en bolsa), el proceso productivo pasa por una serie de accionistas que a su vez son trabajadores. Por otro lado, esos trabajadores autoprogramables tienen sus propias estrategias individuales: obtienen el máximo valor de la empresa, tanto en términos de conocimiento como en términos de capital, para organizar su propio sistema de acumulación individual. Salen de una empresa, crean otra, cambian a otra empresa, y finalmente se rompe el vínculo trabajador-empresa.

Según la encuesta del mercado de trabajo realizada el pasado año en California, un trabajador tradicional es aquel que trabaja a tiempo completo, con contrato indefinido y en una empresa de más de tres años. Sólo un 33% de los trabajadores de California cumplen estos tres criterios. Si a ello añadimos el criterio de tener más de dos años de antigüedad en la empresa, sólo hay un 22% de trabajadores. Es decir, estamos pasando a un mundo de trabajo extremadamente individualizado y cambiante.

LA ESENCIA DEL NEOLIBERALISMO, Pierre Bourdieu

Como lo pretende el discurso dominante, el mundo económico es un orden puro y perfecto, que implacablemente desarrolla la lógica de sus consecuencias predecibles y atento a reprimir todas las violaciones mediante las sanciones que inflige, sea automáticamente o —más desusadamente— a través de sus extensiones armadas, el Fondo Monetario Internacional (FMI)Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y las políticas que imponen: reducción de los costos laborales, reducción del gasto público y hacer más flexible el trabajo.

Publicado en Le Monde, diciembre de 1998

¿Tiene razón el discurso dominante? ¿Y qué pasaría si, en realidad, este orden económico no fuera más que la instrumentación de una utopía —la utopía del neoliberalismo— convertida así en un problema político? ¿Un problema que, con la ayuda de la teoría económica que proclama, lograra concebirse como una descripción científica de la realidad?

Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.

Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.

Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios de comprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).

De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto la violencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).

Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.

Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.

Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.

¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no...

La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.

Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.

¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.

Notas

1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.

2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates [Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.

3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.

ENTREVISTA A RICHARD SENNETT, por C. del Olmo

En su último libro publicado en España, El respeto, habla usted abundantemente de su vida: del compromiso político de sus padres, de su infancia en un bloque de viviendas sociales en Chicago… ¿Contribuye de algún modo esa herencia a explicar la orientación o el enfoque de su trabajo teórico?

Mi padre y mi tío, que eran anarquistas, lucharon en la Guerra Civil española con el POUM, y su relación con España estuvo bastante circunscrita a Cataluña, y a Barcelona en particular. Cuando volvieron a Estados Unidos se encontraron con que allí a nadie le importaba la diferencia entre estalinistas, anarquistas y trotskistas y fueron catalogados, simplemente, como izquierdistas. De ahí parte la larga relación que tiene mi familia con España. Tras la muerte de Franco me quedé asombrado al ver que la mayor parte de los españoles de mi generación que conocía porque estaban exiliados en Nueva York, se convertían de pronto en alcaldes de ciudades como Barcelona. Uno de ellos, Narcís Serra, llegó a ser Ministro de Defensa. Me sorprendió mucho aquella brusca evolución. En cuanto a la relación de mi historia personal con mis libros, lo cierto es que si incluí en El respeto todo este material autobiográfico no fue para intentar explicar de dónde proceden mis teorías o, al menos, no fue exactamente por eso. Pero, ya que estaba escribiendo sobre el respeto, esa relación tan básica para el buen funcionamiento de la sociedad, para el estado de bienestar y los pobres, pensé que sería más ilustrativo describirlo recurriendo a mi propia infancia que limitarme a teorizar. El respeto forma parte de una trilogía cuyo primer libro es La corrosión del carácter y que se completa con un ensayo que aparecerá próximamente en España: La cultura del nuevo capitalismo. Estos tres volúmenes forman una especie de ciclo en el que describo qué es el nuevo capitalismo centrando mi atención en el trabajo en el caso de La corrosión del carácter, en el estado de bienestar en El respeto y en la cultura en el que libro que está a punto de salir.

Resulta habitual que en los estudios sociales de los últimos años se mencione un cambio económico, político y social que habría tenido lugar entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, un cambio que se ha conceptualizado de maneras muy diferentes: capitalismo tardío, sociedad posindustrial, paso a un sistema de producción posfordista o a un régimen de acumulación flexible… En La corrosión del carácter también usted aludía a esta transformación citando algunos fragmentos del clásico libro de Piore y Sabel The Second Industrial Divide. ¿Cree que se trata de un cambio de gran calado o de una modificación superficial?

En mi opinión, se trata de un cambio profundo y estructural: el capitalismo ha entrado en una nueva era, que no se puede describir únicamente en términos de globalización. Se ha producido una transformación profunda en las instituciones y también en las expectativas que tiene la gente acerca de la relación entre la economía política y la cultura. En esta trilogía de la que hablaba he intentado demostrar que no estamos presenciando simplemente un fenómeno pasajero. Y no creo que la izquierda haya comprendido aún el calado de esta mutación, como no ha comprendido las profundas modificaciones que la tecnología está introduciendo en el sistema capitalista ni en qué medida esta tecnología se emplea para incrementar las desigualdades y la dominación. Si no tenemos en cuenta esta transformación nos limitaremos a mirar hacia atrás y a pedir que las cosas no cambien, como esos estudiantes franceses que se están manifestando porque quieren una seguridad que ya no tienen. No creo que ése sea un buen método para combatir este tipo de cambio. Cuando emprendí esta investigación sobre el nuevo capitalismo que me ocupa desde hace prácticamente quince años, casi todo el mundo identificaba lo que estaba ocurriendo con una nueva fase del imperialismo americano. Sin embargo, ahora vemos que los mismos cambios están teniendo lugar en China, en la India… Sería demasiado simplista decir que ya hemos visto antes lo que está ocurriendo allí. Se trata de dos países extremadamente pobres que, de pronto, han alcanzado una posición de poder muy importante y están presenciando cómo en su seno se genera una profunda contradicción entre los nuevos tipos de clase media y la gente que se está quedando rezagada. No cabe duda de que éste es un cambio estructural producido, digamos, por la economía y no el resultado intencionado de las maniobras de Estados Unidos. Son temas importantes sobre los que es preciso reflexionar.

En sus ensayos utiliza abundantemente estudios de caso, historias de vida y transcripciones de conversaciones. Además de manejarse estupendamente con el lenguaje, se aprecia claramente que tiene una especial sensibilidad para este tipo de relatos. No me ha sorprendido, pues, descubrir que también ha escrito usted tres novelas, que no están traducidas al castellano. ¿Qué le llevó a escribir narrativa?

A lo largo de mi formación como sociólogo aprendí a recabar y a utilizar historias de vida en mi investigación. Este método de estudio se basa en una teoría según la cual, para comprender el significado de los hechos políticos o económicos es preciso situarlos en un contexto temporal. Se trata de un enfoque que surge de la tradición etnográfica de la sociología británica, aunque también ha recibido influencias del psicoanálisis. Su objetivo es llegar a comprender la situación dentro de un marco narrativo amplio. En realidad, mi formación como sociólogo estuvo muy próxima a la antropología y dado que la mayor parte de mis investigaciones requerían entrevistas de hasta diez y doce horas, acabé desembocando en la narrativa de una manera muy natural. Para mí, la literatura y la sociología no son cosas tan distintas. Por lo demás, si bien es cierto que no soy un novelista particularmente bueno, mis novelas fueron para mí una especie de extensión de mis estudios, una investigación diferente que también me servía para comprender el lugar de las cosas en el marco de períodos extensos de tiempo, lo cual resulta fundamental en unos momentos en los que el rasgo más relevante de la cultura del nuevo capitalismo es la ruptura del tiempo, su fragmentación en pequeñas porciones, de forma que, como explicaba en La corrosión del carácter, las experiencias resultan muy breves e inconexas. Este tipo de investigación etnológica, que produce un tipo de conocimiento muy específico, no tiene nada que ver con la escuela estadounidense, más orientada a los números y las estadísticas, pero tampoco con la francesa; es totalmente diferente. Aunque es cierto que la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu, que fue buen amigo mío y que también tuvo una formación antropológica, se basa en narraciones de este tipo. Curiosamente, en los últimos años estoy teniendo en la universidad, en Londres, bastantes alumnos franceses; tal vez están cansados de tanta teoría…

Dice usted que sociología y literatura no son cosas tan distintas… Si no me equivoco, hace algún tiempo declaró que su intención era volver a convertir la sociología en un género literario, como lo fue en el siglo xix. ¿Qué opinión le merecen las pretensiones científicas de los sociólogos? Y, una vez que aceptamos la sociología como género literario, ¿a qué tipo de verdad cree que pueden aspirar sus conocimientos?

La primera parte de la respuesta es que no hay por qué pensar que ciencia y arte son excluyentes. Las cosas se puede hacer como las hago yo o de otro modo. En realidad, siento un enorme respeto por los investigadores que trabajan con estadísticas, aunque mi método sea distinto. El trabajo que yo llevo a cabo, y que desarrollan otros muchos estudiosos con los que comparto un enfoque similar, desemboca en un tipo de conocimiento diferente que en alemán se denomina Verstehen; es una labor de reconocimiento y empatía, aunque tal vez «empatía» no sea la palabra adecuada. En cualquier caso, es la capacidad de imaginar una vida diferente de la propia. Naturalmente, este método basado en el Verstehen no es algo que yo haya inventado, procede de una tradición muy respetable en la que destacan figuras como Dilthey o Nietzsche. Los conceptos de «verdadero» y «falso» forman parte de un lenguaje propio de un mundo muy específico. En las investigaciones de este tipo, en cambio, no se trata tanto de producir verdades cuanto de conseguir un entendimiento, una comprensión que constituye también conocimiento objetivo, aunque de un tipo muy peculiar, que permite descubrir qué es lo que hace que otro ser humano sea diferente de uno mismo. Y para lograr que el lector experimente esas diferencias y comprenda ciertos aspectos concretos que están en el interior de otras personas, quien realiza el análisis debe trabajar mucho su escritura. Si yo quiero, por ejemplo, expresar qué hay de extraño en la vida de un señor que trabaja como programador informático, no puedo limitarme a explicarlo, tengo que convertirlo en una experiencia concreta que poder narrar. Si me limito a decir «estas personas son diferentes de ustedes», el lector no captará nada. Por eso le doy tanta importancia a la forma en la que escribo.

He leído que Tony Blair ha citado su libro El respeto en apoyo de su Labour’s Respect Action Plan, un paquete de medidas destinadas a solventar los problemas de convivencia ciudadana –una normativa parecida a la ordenanza cívica que tanta polémica ha desatado en Barcelona–. ¿Comparten usted y Blair el mismo concepto de respeto?

No, en absoluto. La cuestión de los problemas de convivencia que causan los excluidos y los marginales no tiene nada que ver con el tema sobre el que escribí en mi libro. Me sorprendió muchísimo enterarme de lo de Blair; supongo que la confusión se debe a la forma de leer que tienen los políticos. En realidad, mi libro habla precisamente sobre cómo los poderosos –y esto también vale para las instituciones– podrían tratar con más respeto a los que están por debajo de ellos, a los que están en sus manos.

En los últimos años parece como si el discurso acerca de la justicia social, tan común en los estudios urbanos, hubiera sido remplazado por un discurso, muy típico del Nuevo Laborismo, que habla de «sostenibilidad social» y en el que los objetivos de competitividad y cohesión social, antaño considerados contradictorios, aparecen como complementarios. ¿Cree que los gobiernos pueden realmente lograr esta meta conjunta?

No, cohesión y competitividad son conceptos que no pueden ir de la mano. Ése es el problema. En el capitalismo, al menos en su etapa actual, no puede haber conciliación entre las ganancias económicas y la cohesión social. Todo ese discurso del que hablas no es más que palabrería, es imposible producir simultáneamente más desigualdades económicas y más solidaridad. Esta cuestión cobra tintes dramáticos en países como China. Allí el capitalismo está en plena eclosión de una manera que los europeos no podemos ni imaginar. El Partido Comunista ha resultado ser un perfecto motor para llevar a cabo esta revolución capitalista. Pero este desarrollo está separando drásticamente las zonas urbanas de las rurales, violando uno de los principios fundamentales del comunismo chino y provocando una terrible pérdida de cohesión y un conflicto dramático del que sólo se está beneficiando un tercio de la población, mientras las barreras que separan a este grupo de los dos tercios restantes se vuelven cada día más infranqueables. Últimamente están empezando a producirse revueltas en las zonas rurales y se está forjando todo un discurso sobre las desigualdades que el Partido Comunista Chino no está preparado para asumir. Este asunto constituye, por cierto, un buen ejemplo de las razones por las que debemos evitar dirigir la mirada únicamente a Estados Unidos, o hablar sólo del capitalismo anglosajón. Pero volviendo a tu pregunta, creo firmemente que no es realista afirmar que puede haber crecimiento económico y un incremento de la cohesión social al mismo tiempo. Tal vez fuera posible hace un siglo, pero ahora no.

Hace un par de años, Ray Pahl, uno de los padres de los estudios urbanos actuales, autor del clásico Whose city?, declaraba que los investigadores llevaban años culpando a la ciudad de ciertos aspectos de la vida social que tenían bastante más que ver con política fiscal, por ejemplo, y afirmaba que lo que deberían hacer era, precisamente, insistir en la relativa insignificancia de las pautas y procesos específicamente urbanos. ¿Está de acuerdo con esta opinión de Pahl?

Pahl es un buen amigo mío. En mi opinión, lo que quiere decir con estas palabras es que no se puede tomar un fenómeno como el capitalismo flexible, por ejemplo, y tratar de intervenir a pequeña escala, a escala urbana. Si no se cambian, por ejemplo, las normas que rigen las operaciones de los bancos, quien se limite a dirigir la mirada a la sucursal bancaria de su pueblo sólo conseguirá un impacto mínimo. De todas formas, la afirmación de Pahl es realmente rotunda… Yo creo que los cambios económicos y sociales que he estudiado han tenido un efecto claro de homogeneización en las ciudades. Hoy en día, lugares tan dispares como Londres, Nueva York, Madrid, Shanghai o incluso Bombay, resultan enormemente parecidos, lo cual no deja de asombrarme. La principal razón de esta homogeneización es que el entorno urbano es el territorio ideal para que pueda operar este nuevo capitalismo, por tanto, todas las personas y los servicios irrelevantes para esta dinámica económica son expulsados del centro de las ciudades, que queda reservado para turistas y burgueses, con el inevitable componente de exclusión social que ello conlleva.

En sus libros, especialmente en La corrosión del carácter, explica cómo la gente que se siente de un modo u otro amenazada por esta fragilización de las relaciones sociales que conllevan las nuevas condiciones flexibles del trabajo y la economía, tiende a desplazarse a posiciones políticas de derechas. ¿Qué es lo que motiva este giro político?

Me alegro de que hayas tocado este tema, porque es algo que tengo muy presente en estos últimos tiempos. Me intriga sobremanera saber por qué el primer impulso de la gente en momentos de cambio como el actual es desplazarse a posiciones de derechas. Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que generalmente se trata de una derecha particular, tipo Vicente Fox, por ejemplo, o tipo Berlusconi, muy marcada por el individualismo, que viene a decir a la gente: «Tú también puedes alcanzar el éxito. El problema son esos pesados de la izquierda que se interponen en tu camino». Es un discurso que apela a una mentalidad de derechas individualista, desligada, en apariencia, de los intereses de los grandes grupos de poder. La única razón que se me ocurre para explicar este fenómeno es que el nuevo capitalismo pone el énfasis en la responsabilidad de cada persona frente a su propio destino, antes que en la responsabilidad colectiva, y este tipo de movimientos de derechas también refuerzan esa responsabilidad personal: le dicen a la gente que también ellos son importantes como individuos, que no son simplemente parte de la gran masa, aunque las circunstancias les hayan impedido demostrar de lo que son capaces. En la India, por ejemplo, resulta muy interesante observar cómo las personas que más sufren los efectos de este nuevo capitalismo están siendo atraídas en gran medida por este tipo de ideología derechista que les dice: «Sí, vosotros también merecéis tener vuestra oportunidad». De modo que no es un fenómeno únicamente occidental. Y la cuestión es saber por qué los movimientos de izquierdas no conectan con estos sentimientos. Esta es la gran pregunta que la izquierda debe abordar porque, en estos momentos, lo único que parece transmitir a la gente es desesperanza. En el Reino Unido, por ejemplo, los movimientos organizados de izquierdas están totalmente anquilosados y en Francia, la izquierda se ha ganado la etiqueta de auténtico movimiento conservador, con sus reivindicaciones de estabilidad. Tal vez simplemente tengamos que esperar unos años para que la situación evolucione; al fin y al cabo, estas tendencias actuales sólo tienen diez o quince años de vida. Puede que lo único que haga falta sea un cambio generacional para conectar mejor con la gente, que la solución radique simplemente en librarse de los líderes de mi generación que hay en los sindicatos y los partidos de izquierdas. No conozco bien la situación en España, pero no me cabe duda de que en países como Francia o el Reino Unido la vieja izquierda no tiene ninguna idea sobre qué hacer. Por ejemplo, me parece imprescindible reinventar los sindicatos de forma que apoyen a la gente que vive inmersa en esta economía flexible y va cambiando de un trabajo a otro; deberían reconvertirse en una especie de combinación de agrupación comunitaria y servicio de empleo, así podrían aportar a las personas algo de continuidad y estabilidad a pesar de las interrupciones y las rupturas que implica el nuevo capitalismo. En cierta ocasión hablé sobre este tema en un congreso sindical en el Reino Unido, y me asombró oír las respuestas que me dieron: «No podemos hacer eso, perderíamos nuestra identidad. Somos un sindicato que sólo representa a los trabajadores de un ramo determinado, y si uno de ellos cambia de ramo, dejamos de representarlo. Además, lo que nos importa es preservar el salario de nuestros trabajadores, no buscarles empleo». Me parece una actitud absolutamente tradicional: sólo te protegen si ya tienes trabajo. Mi esperanza es que, a medida que se vaya muriendo la gente de mi generación puedan desarrollarse estos nuevos sindicatos que defiendo…

En El respeto utiliza su experiencia como violonchelista para explicar cómo una base de técnica, disciplina y «saber hacer» es necesaria para poder disfrutar de la libertad –en este caso, de un vibrato–. Imagino que es una metáfora válida para todos los ámbitos, desde la práctica artística hasta la vida cotidiana. ¿Cree que la disciplina es un valor en desuso que debiera ser rescatado?

Sí, estoy firmemente convencido. Ahora bien, cuando hablo de disciplina no me refiero al término en el mismo sentido que Foucault y sus seguidores, no es algo impuesto desde arriba. Para mí, la palabra «disciplina» es una especie de símbolo que representa la fuerza psicológica que ha de tener la gente para sobrevivir en este capitalismo tan lleno de injusticias. También me refiero a este concepto con la palabra «oficio» [craft], en el sentido de los oficios artesanos, algo que es necesario dominar. ¿Nunca has tenido la sensación de que tienes la capacidad de realizar una tarea determinada, y de que quieres hacerla bien aunque el sistema económico no te vaya a compensar por ello? Eso quiere decir que crees en ti misma, que te respetas, y eso te proporciona energía. En cambio, si te conviertes en una especie de criatura del momento, en alguien que aborda cualquier tarea aunque sólo tenga un conocimiento superficial de ella, estás perdida. De modo que esta idea de reconstrucción de uno mismo a través de una disciplina u oficio, es crucial. Porque este nuevo capitalismo resulta ser un sistema muy destructivo tanto en el plano social como en el psicológico, dañino de una forma en que no lo era el capitalismo clásico. Y si queremos soportarlo tenemos que empezar por construirnos una personalidad fuerte para enfrentarnos a él.

Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península, 1975
El declive del hombre público, Barcelona, Península, 1978
La autoridad, Madrid, Alianza, 1982
Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental,
Madrid, Alianza, 1997
La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo
en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000
El respeto: sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad,
Barcelona, Anagrama, 2003
La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, en prensa.

MINERVA 02. Revista del Circulo Bellas Artes
Traducción Xohana Bastida Calvo
www.ddooss.org

viernes, 30 de mayo de 2008

ET SI ON REPENSAIT L'ECONOMIE?, Pierre Bourdieu






Le discours économique est la religion du monde moderne, avec ses gourous et ses croyances. Dans deux livres qui paraissent cette semaine les deux sociologues contestent à ces « spécialistes » le droit de régir nos vies.
Il y a un an et demi, Pierre Bourdieu publiait « la Domination masculine ». Depuis lors, on savait qu’il consacrait son cours du Collège de France à Manet, et l’on s’attendait donc à voir paraître un livre sur la peinture. Or voilà qu’il nous donne aujourd’hui un livre sur les HLM, les maisons Phénix et le marché du logement dans les années 70 et 80... Après quelques ouvrages de réflexion théorique, il revient donc à une sociologie pure et dure, qui brasse les statistiques et les données empiriques. Mais le propos n’en est pas moins ambitieux. Il s’agit tout simplement de refonder l’analyse économique et la pensée sur l’économie.
De son côté, Frédéric Lebaron étudie la manière dont est produite la « croyance économique », c’est-à-dire l’idée, aujourd’hui partout répandue, que ce sont les lois de l’économie qui dominent le monde, et que ces lois reposent sur la logique d’une maximalisation des profits. C’est presque un travail d’ethnologue qu’il nous offre, en cherchant à savoir qui sont les économistes, comment ils sont formés, d’où viennent leurs catégories de pensée, comment ils travaillent, comment ils élaborent leurs théories et leurs modèles. Deux livres différents et complémentaires, dont les auteurs entreprennent de faire revivre toute une tradition disparue de la sociologie, qui consistait à refuser qu’on séparât l’économie des autres sciences sociales. Pour montrer que la parole des économistes ne saurait être notre nouvel Évangile.

pointg.gif (57 octets) Le Nouvel Observateur. - À lire vos deux livres, on a l’impression que les sociologues entreprennent aujourd’hui de contester la suprématie de la science économique, mais aussi des économistes comme nouveaux maîtres du monde.

pointg.gif (57 octets) Frédéric Lebaron. - Il y a sans doute, dans nos deux livres, une certaine volonté de remettre en cause l’hégémonie d’un certain mode de pensée économique, et peut-être aussi - il faut bien l’avouer - l’arrogance de certains des représentants de cette corporation. Mais cela en se situant sur le terrain de la critique et de la construction scientifiques. C’est sur ce plan que l’économie aujourd’hui socialement dominante peut et doit être discutée, en particulier par la sociologie et les autres sciences sociales, comme l’anthropologie et l’histoire.

pointg.gif (57 octets) Pierre Bourdieu. - Cette mise en question ne peut cependant rester cantonnée sur le terrain strictement scientifique. Nous sommes en effet confrontés à l’omniprésence de la science économique dans le langage ordinaire et à la force inouïe des croyances et des catégories économiques, qui s’étend, avec leur bénédiction le plus souvent, bien au-delà de l’univers pur des théoriciens.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Oui, par exemple à travers le langage de l’économie, la vision économique (ou économiste) s’est étendue dans les médias - même les plus critiques -, qui ont accoutumé le public à une sorte de soumission ou de résignation aux lois d’airain de l’économie...

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - ...c’est d’ailleurs le fait que le journalisme soit un des grands véhicules de la croyance économique qui explique notre présence ici aujourd’hui.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - L’économie s’impose comme le langage de la vie publique, et impose ses schèmes, ses systèmes argumentatifs, ses modèles cognitifs. Comme par exemple dans le cas de l’avenir des retraites, qui est pensé en termes comptables et non comme un enjeu de solidarité inter et intragénérationnelle, mais aussi entre groupes sociaux.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Votre propos est assez radical puisque, au fond, ce que vous contestez, c’est que l’économie soit vraiment une science ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Plus exactement, je conteste le fait que l’économie puisse être décrite avec assurance comme « la plus scientifique des sciences sociales ». Et j’essaie de montrer, à partir d’une enquête fondée sur des observations de terrain et des méthodes statistiques, que l’économie est peut-être par certains côtés plus proche du champ religieux (ou philosophique) que d’un champ scientifique très autonome.
En fait, je ne fais que réactiver un certains nombre de « doutes existentiels », qui sont aussi vieux que l’économie, et qui ont été exprimés par des économistes parmi les plus prestigieux, à propos de l’économie : elle ne fait pas de découvertes, dit Malinvaud, elle s’appuie sur des faits non observés, dit Leontief, elle est essentiellement normative, dit Sen, elle est le lieu des modes intellectuelles les plus contradictoires et d’une hypersophistication mathématique, dit Allais. Autant de caractéristiques qui, si on les rassemble, portent à ranger l’économie du côté de certaines théories philosophiques plutôt que du côté des sciences physiques ou biologiques, sans même parler des mathématiques.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Mais n’exagérez-vous pas un peu lorsque vous parlez de l’économie comme d’une nouvelle religion ?

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Je pourrais me contenter de répondre que je ne fais que prendre au sérieux, comme révélateurs d’un certain inconscient collectif, les dossiers sur les « nouveaux prêtres de l’économie », le discours sur les « gourous » de Wall Street, ou encore la béatification laïque d’Alan Greenspan (président de la banque centrale américaine). Il ne faut pas tordre la réalité si fortement pour retrouver dans les diverses figures sociales d’économistes celles de l’ordre religieux : le théologien, le prêtre, le missionnaire, l’hérétique, le réformateur...

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Sans oublier les fidèles exaltés et un peu fidéistes. Il y en a pas mal parmi les journalistes frottés de quelques cours d’économie de Sciences-Po.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Mais c’est précisément parce que l’économie se donne les apparences de l’autonomie (notamment à travers l’usage des mathématiques) qu’elle paraît échapper à une réduction totale au religieux. En fait il faudrait dire, en paraphrasant à la fois Durkheim et Weber, qu’elle est en tout cas une forme « complexe » de la vie religieuse, une forme « moderne » et hautement « rationalisée ».

pointg.gif (57 octets) N. O. - Ce qui fait l’originalité de votre travail, c’est que vous vous êtes intéressé à la formation des économistes : qui sont-ils ? dans quelles écoles sont-ils formés ? Votre livre est à la fois une histoire sociale et une psychanalyse sociale.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - J’ai étudié le mode de production d’un ensemble de dispositions sociales particulières, qui sont associées au fait d’être économiste aujourd’hui. En montrant d’abord qu’il était illusoire de penser ces dispositions comme homogènes : l’économie est un champ, structuré par des oppositions sociales et scolaires. En insistant ensuite sur le fait que la formation à l’économie a pour fonction de retraduire dans une langue particulière, et dans certains cas - comme à l’Ensae - très formalisée, les dispositions banales, largement inconscientes, d’un habitus « bourgeois » et masculin, selon les cas « ingénieurial » ou « managérial » : valorisation de la réussite individuelle, propension au calcul, à l’anticipation, à l’accumulation de capital social, économique, propension à l’abstraction déductive, etc. Le goût pour les modèles et l’adhésion à des théories aussi irréalistes que celle des anticipations rationnelles trouvent leur origine, et en tout cas leur caution pratique, dans un certain rapport pratique au monde social.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Votre livre, Pierre Bourdieu, est assez différent car il n’analyse pas les économistes, mais, si j’ai bien compris, il vise tout simplement à enlever aux économistes leur objet. À partir de la description ethnologique d’une scène très concrète, la conversation entre un acheteur d’une maison particulière et le vendeur, vous reconstruisez tout ce qui a été nécessaire pour qu’une telle scène puisse se produire telle qu’elle se produit.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Mon intention n’est pas de prendre aux économistes leur objet, mais de prendre pour objet, avec les instruments ordinaires des sciences historiques, un objet ordinairement considéré comme économique : l’achat d’une maison. Ce qui oblige à découvrir que, pour comprendre une transaction à la fois tout à fait singulière et parfaitement banale, il faut reconstruire l’ensemble des décisions qui ont défini la politique de crédit (aux particuliers, mais aussi aux entreprises de construction), c’est-à-dire, entre autres choses, l’histoire des confrontations, dans le cadre des commissions, entre des banquiers et des hauts fonctionnaires plus ou moins enclins à adopter la vision néolibérale selon leur trajectoire scolaire et leur corps d’appartenance.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Autant de choses que les modèles économiques ignorent au nom du droit à l’abstraction...

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Oui. M. Camdessus, dont il est question, comme de beaucoup d’autres personnages connus, dans mon livre, invoque toujours l’économie (que sans doute il ne lit guère), mais les économistes ne font aucune place dans leurs modèles à M. Camdessus, même quand celui-ci a travaillé très directement à produire l’objet de leurs calculs. L’État, que l’on aime à opposer au marché, est présent, très pratiquement, dans le marché. Le vendeur de maisons Bouygues qui aide le client potentiel à remplir un dossier de demande de crédit agit, sans le savoir complètement, en agent de la banque et aussi de l’État, qui lui délègue tacitement une part de l’autorité qu’il exerce sur le client.

pointg.gif (57 octets) N. O. - À ce propos, je vous ai trouvé un peu audacieux de balayer en un paragraphe la distinction entre État et société civile.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Mais on voit bien que des agents que l’on rangerait sans discuter du côté de la « société civile », comme les vendeurs de telle ou telle entreprise privée, sont en fait habités par la pensée d’État et agissent en mandataires officieux de l’État.

pointg.gif (57 octets) N. O. - En fait, de proche en proche, ce sont tous les dogmes de la doctrine économique que vous cherchez à dynamiter : l’offre et la demande, le choix rationnel des individus...

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Ce que l’on découvre en effet, lorsque l’on s’intéresse aux conditions réelles du fonctionnement des échanges économiques, c’est que l’offre comme la demande telles qu’elles peuvent être appréhendées à un moment donné sont des constructions sociales. La demande, parce qu’elle dépend pour une part très importante de l’aide de l’État sous ses différentes espèces, qui sont associées à des philosophies sociales très différentes (par exemple, l’aide à la personne que les néolibéraux, Valéry Giscard d’Estaing et d’autres, ont substituée à l’aide à la pierre, dans les années 70, avec la complicité d’une fraction de la haute fonction publique dont la conversion au néolibéralisme ne date pas d’aujourd’hui, était censée favoriser l’attachement à la propriété privée, contre le collectivisme des grands immeubles collectifs). L’offre, parce qu’elle dépend aussi des formes de crédit que les banques, avec le soutien de l’État, accordent aux différentes catégories de constructeurs.
Mais ce n’est pas tout : comprendre réellement l’offre, c’est l’appréhender en tant que structure, ou, plus précisément - pardonnez-moi d’être un peu compliqué -, c’est saisir les offreurs, appréhendés dans leur diversité et leur dispersion extrêmes, depuis la grande entreprise de production industrielle de maisons préfabriquées produisant plusieurs milliers de maisons par an jusqu’au petit artisan offrant quelques maisons sur un marché strictement local, comme un champ, c’est-à-dire comme le lieu de rapports de force qui déterminent et délimitent les relations de concurrence entre les différentes entreprises et ceux qui les dirigent.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Au fond, c’est la notion d’ « individu » telle que l’accepte l’économie néoclassique que vous voulez mettre en question.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Ce n’est là qu’un des nombreux cas où l’ignorance des acquis les plus élémentaires des autres sciences sociales conduit les économistes à accepter sans discussion les représentations du sens commun. Pourtant, le terrain des pratiques économiques est sans doute une des meilleures occasions de montrer que ce que nous appelons l’individu, avec ses besoins, ses propensions, ses dispositions, ses aptitudes, est un produit de l’histoire, individuelle et surtout collective. C’est Bergson, pourtant peu suspect de sociologisme, qui disait : « Il faut plusieurs siècles pour produire un utilitariste comme Stuart Mill. » Ce que j’appelle l’habitus économique est ce collectif incorporé en chacun de nous qui fait que nous sommes grosso modo adaptés au monde économique dont nous sommes les produits.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Ne craignez-vous pas qu’on vous accuse de tomber dans une vision déterministe ?

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - Ce reproche serait particulièrement mal venu de la part de ceux qui invoquent sans cesse l’inéluctabilité des lois des marchés financiers.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Vos deux livres se terminent par un élargissement de l’analyse au plan international. Vous analysez, Pierre Bourdieu, le passage du champ national au champ international tandis que vous vous interrogez, Frédéric Lebaron, sur l’apparente légitimation scientifique mondiale que le prix Nobel donne aux théories économiques (on est étonné d’apprendre en vous lisant que le prix Nobel d’économie n’est pas un vrai prix Nobel, mais a été créé par une banque).

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Oui, par la banque centrale suédoise, en 1968. Et ce n’est pas tout à fait un hasard. Ces instances, devenues toujours plus « indépendantes »...

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - ...indépendantes surtout des États et des citoyens, évidemment...

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - ...ont vu leur pouvoir s’accroître considérablement durant les dernières années, en fondant leur légitimité, au moins partiellement, sur le savoir économique. La Banque centrale européenne ne contrôle pas seulement les taux directeurs - ce qui a des répercussions considérables sur la dynamique socio-économique dont nous risquons d’avoir un aperçu dans les mois qui viennent. Elle exige le respect de normes budgétaires strictes qui limitent le recours à la dépense publique, veille à prévenir les « tensions inflationnistes », qu’elle voit plus dans les revendications salariales que dans la spéculation financière...
Quant au prix Nobel, il est valorisé autant en dehors qu’à l’intérieur du monde des économistes, car il accrédite l’idée que cette discipline est bien une science, comme la physique. Mais si l’on regarde les caractéristiques des « élus », on s’aperçoit que ce prix tend à reconnaître les travaux les plus en phase avec les forces économiques dominantes de chaque période. Durant les années 70, il consacre le plus souvent des keynésiens, interventionnistes, qui ont eu leur heure de gloire dans la période 50-60. Ensuite on assiste à un basculement vers le monde des marchés, notamment financiers, très visible dans les années 90. Le centre symbolique de la science économique mondiale se déplace alors vers Chicago, lieu d’expression de la forme la plus absolutiste de la foi dans les mécanismes de marché. L’évolution du prix Nobel n’est que l’indice d’un déplacement plus large du coeur du pouvoir économique.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - C’est ce qu’ont manifesté avec éclat ceux qui ont contesté l’attribution du faux prix Nobel à Milton Friedman, qui s’est fait connaître aussi pour quelques interventions politiques sans équivoque en faveur de régimes politiques sans équivoque.

pointg.gif (57 octets) N. O. - Le sous-titre du livre de Frédéric Lebaron parle des « économistes entre science et politique », et ça doit être compris comme une critique, mais vos livres présentent des analyses scientifiques qui m’ont semblé également très politiques.

pointg.gif (57 octets) F. Lebaron. - Oui, à la différence de l’économie, qui se présente socialement comme une science fondamentale, mais qui est en réalité fondamentalement politique et au service des pouvoirs économiques, nous nous plaçons sur le terrain de la science, en sachant pertinemment que ce choix ne sera pas sans effets politiques et qu’il n’est pas politiquement neutre de vouloir faire œuvre scientifique, puisque cela signifie, notamment, affirmer la nécessité de l’autonomie de la recherche en sciences sociales par rapport aux pouvoirs et courir ainsi le risque d’être disqualifié par les nombreuses forces sociales hostiles à cette autonomie.

pointg.gif (57 octets) P. Bourdieu. - L’économie se veut une science pure et parfaite, comme les modèles mathématiques derrière lesquels elle dissimule ses présupposés, mais, paradoxalement, elle se voit aussi comme une science d’État et de gouvernement. La sociologie s’attire le soupçon, en grande partie parce qu’elle refuse de faire simplement (ou seulement) ce que les pouvoirs demandent le plus volontiers - par exemple, aujourd’hui, de donner les moyens de réparer les pots cassés par l’économie et, indirectement, par les économistes, en étudiant la drogue, la délinquance et toutes les manifestations de désintégration sociale, qui sont pour une grande part l’effet des politiques économiques.

Prendre pour objet l’économie néoclassique ou inviter les spécialistes des sciences historiques (à commencer évidemment par tous les économistes lucides sur les limites de leur orthodoxie) à lui prendre son objet, c’est faire un acte scientifique qui, étant donné le rôle éminent que l’orthodoxie néolibérale joue à la fois dans la « rationalisation » et dans la légitimation des politiques économiques les plus favorables aux détenteurs du pouvoir économique, est aussi, qu’on le veuille ou non - et je crois que nous le voulons -, un acte politique.

Propos recueillis par DIDIER ÉRIBON
Nouvel Observateur - N°1852, Semaine du 04 mai 2000.